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La Masa Corporal, en Sudán
28 Septiembre 2006

La polémica sobre las modelos preanoréxicas se ha propagado como la pólvora por todo el mundo. El impacto no se limita a países como Italia o Reino Unido. También en Sudán, la constatación de que la mayoría de la población no podría desfilar en Cibeles ha modificado el orden de prioridades. La efervescencia ha cuajado en un movimiento espontáneo de solidaridad sudanesa, marcado por la comprensión absoluta hacia el drama de la anorexia en Occidente. Para Darang Gahab, ministro de Agricultura a tiempo parcial –dado que la gestión de las cosechas puede resolverse con dos horas diarias–, “nuestra comprensión es absoluta. Hace tiempo que en Jartum nos estremecemos ante las imágenes de pasarelas repletas de veinteañeras con los pómulos marcados y las piernas resecas. Es intolerable”.
La concienciación sudanesa contra la anorexia no ha sido homogénea. En los campos de refugiados de Darfur, la adolescente Achan Elham se expresó sin titubeos, “no pienso engordar ni un gramo”. Vestida de Chanel de la cabeza a los pies, esta joven lleva dos semanas a régimen de pan y agua. “Con mis medidas, puedo vestir la colección íntegra de Christian Dior, un modelo encima de otro, algo fuera del alcance de las mujeres occidentales”. De hecho, el domingo notó que le apretaba el cinturón, al incluir el arroz en su menú por vez primera desde junio.
El empecinamiento de Achan Elham, y otras jóvenes de su edad, se interpreta como un acto de resistencia a los hábitos occidentales. El Indice de Masa Corporal –en adelante, Indice de Masa Corporal– de 18 no sólo es abundante en Sudán, sino que se encuentra por encima de la media estatal. Para combatir la denominada dieta sudanesa, el primer canal abrió el telediario con la imagen de una niña comida por las moscas, mientras recorría la pantalla el eslogan “Ella tampoco podrá desfilar en Cibeles”. Según los expertos del Banco Mundial, todo cambiará cuando se inaugure el primer McDonald’s en Sudán, acontecimiento previsto para el año 2027.


Mamá, quiero ser Reina
27 Septiembre 2006

La infanta Leonor, de cinco añitos de edad, llegó a casa enfurruñada. Entre pucheros, le soltó a Felipe de Borbón: “Papá, en el colegio me dicen que yo nunca seré Reina, que mi hermano me quitará la corona”. Y su padre la interrumpió: “No hables tan fuerte, niña, que vas a despertar a tu hermanito Borja Carlos Felipe Alfonso”. Insatisfecha, la pequeña se encaminó hacia la habitación de su madre, que estaba leyendo Le Monde con una mano y el Frankfürter Allgemeine Zeitung con la otra. Le imploró: “Mamá, quiero ser Reina”. Y Letizia le propuso: “Quizás con las influencias de tu padre consigamos que puedas presentar un telediario, y así será más fácil que llegues a reinar”. Todavía descontenta, la criatura se encaminó hacia la Fiscalía de Menores, donde cursó la oportuna denuncia por discriminación sexual paterna.
Finalizada esta introspección monárquica rigurosamente prehistórica, vamos a detenernos en la paradoja de que un varón empeñado en reinar deba pertenecer inexcusablemente a la Familia Real. En cambio, una mujer de ese clan se verá siempre postergada frente a cualquier otro aspirante masculino, aunque esté mejor preparado que ella. Juan Carlos de Borbón tiene una hermana mayor, cuyo acceso al trono jamás ha sido contemplado ni por las feministas más recalcitrantes. En el caso de Felipe de Borbón, sus dos hermanas con cuñado incorporado siluetean el machismo de la sucesión. La situación se hará insostenible si ahora, como está previsto, nace un varón.
No debe infravalorarse la ansiedad generada por la amenaza fraternal. El monarca tailandés llegó al trono tras el oportuno suicidio con un revólver de su hermano mayor, jamás investigado. Dado que la función monárquica es meramente representativa, ¿por qué habría de ser unipersonal? Debería plantearse un reinado colegiado entre hermanos, para que Leonor no pase a la historia como reina por unos días, princesa sin papeles en cayuco. O como mínimo, la reforma constitucional en ciernes debe imponer que el heredero sea hijo único.


Turistas de arte y ensayo
25 Septiembre 2006

Tu casa mallorquina es contemplada por extraños durante más tiempo del que permaneces en ella, y eso se llama turismo de masas. El lema de regusto franquista “Un turista, un amigo” –gocé enormemente la novela de Román Piña, Un turista, un muerto– puede cumplimentarse a plena satisfacción mientras se trate del único visitante a que se refiere el eslogan. Ahora bien, no se me ocurre un método racional de reconvertir en diez millones de amigos al número idéntico de bárbaros del norte que nos invaden anualmente. Ante esa saturación, el estoicismo parece más recomendable que la amistad.
El ocio es el opio de los pueblos –o el éxtasis, en la versión local–. Se carga tradicionalmente contra los descamisados que permanecen borrachos durante la mayor parte de sus vacaciones, cuando esa anestesia los hace inofensivos, salvo si insisten en lanzarse desde el décimo piso a la fuente de la entrada del hotel. Considero mucho más perniciosa a la minoría de visitantes culturales, que nos tienden la mano mientras esbozan una sonrisa condescendiente en alemán, a traducir por “no voy a tratarte como si fueras un aborigen con taparrabos”.
En efecto, son los temibles turistas de arte y ensayo. Quieren distinguirse, por las mismas razones que nos impulsaban a sufrir el ricino de Pasolini. Presa de alguna extraña desviación, imaginan que los indígenas tienen de ellos mejor concepto que de la marabunta acantonada en los ghettos hoteleros. Tras las introducciones de rigor, inquieren con la autoridad de medievalistas, “¿de qué siglo es esta iglesia?” El autóctono no sólo desconoce la datación, ignora también cuál pueda ser la puerta de acceso al templo en cuestión. Entonces, te planteas si el turista cultural tiene catalogada por siglos las 236 iglesias europeas que ha visitado hasta la fecha. Hay algo más sinuoso que el cicloturismo, y es el encicloturismo. Para los enciclopedistas viajeros, nunca somos lo bastante exóticos como para afirmar su complejo de superioridad. Un turista, un examinador. Y quita tus ojos de mi casa.


Indice de Masa Cerebral
21 Septiembre 2006

No sabemos si es más grave verse sorprendido en compañía de una menor de 18 en años, o de una menor de 18 en Indice de Masa Corporal –en adelante, Indice de Masa Corporal–. La discriminación de la minoría de flacas consolida la preponderancia del cuerpo como concepto central de la civilización, aunque sea para denigrarlo. La exaltación cárnica no casa con esta sección, más culterana que cultural. El cerebro es un órgano pequeñoburgués, pero alguien ha de defenderlo. Para equilibrar la balanza, hemos creado el Indice de Masa Cerebral –en adelante, Indice de Masa Cerebral–, y no pararemos hasta que la prensa mundial enarbole el titular “Cinco diseñadores han sido expulsados de Pasarela Cibeles, porque su Indice de Masa Cerebral no está a la altura de Esperanza Aguirre”.
Nuestra aportación a la quinielística gravitatoria ha de redondearse con una definición de alcurnia. El Indice de Masa Cerebral se define como la diferencia entre el coeficiente intelectual de una persona y su número de calzado. Al combinar los dos extremos de la anatomía, se obtiene un parámetro estadísticamente irreprochable. La cifra es negativa en buena parte de los ministerios, y en la selección española de fútbol. La tabulación de los Indices de Masa Cerebral permitirá diagnosticar los casos cada vez más frecuentes de anorexia cerebral –a no confundir con la anoxia–. La mayoría de víctimas ignoran que padecen esta enfermedad, o la consideran una bendición que propulsará su carrera profesional. Otros se disculpan ronroneando que su problema no es el cerebro pequeño, sino los pies grandes. La implantación del Indice de Masa Cerebral se sumará a la puesta en marcha de un control antidoping en el Parlamento, auspiciado por Zapatero y que se medirá los días en que el Gobierno no asista a los plenos. La aplicación conjunta de estas iniciativas se traducirá en un esponjamiento notable de la jerarquía, y en la proclamación de una auténtica meritocracia. (El Indice de Masa Cerebral necesario para escribir este artículo es de 0,000001).


Masa corporal principesca
20 Septiembre 2006

He cotejado las fotos de las modelos expulsadas de la Pasarela Cibeles por su delgadez extrema, colocándolas junto a uno de los infinitos reportajes de la princesa. Ahora que lo sabemos todo sobre el índice de masa corporal –en adelante, índice de masa corporal–, no voy a pronunciarme sobre la capacitación de la segunda para su actual cargo. Sólo precisaré que, si acaso se quedara sin trabajo en el gremio monárquico, ni se le ocurra emplearse como maniquí.
Antes de que me reprochen que el índice de masa corporal principesca no tiene por qué sujetarse a las nuevas normas de la pasarela, les recordaré que las modelos anoréxicas son censuradas precisamente por su rol modélico, de espejo en el que se miran las mujeres que tienen virtudes más espirituales, de iconos que congregan a un país entero a su alrededor. ¿Estamos hablando de las maniquíes o de la princesa, desparramada ubicuamente por el couché? Fue otra aristócrata advenediza, la duquesa de Windsor, quien dijo precisamente que “nunca eres demasiado rica ni demasiado delgada”. Claro que ella se quedó sin trono, y hoy debemos plantearnos si el índice de masa corporal de Wallis Simpson forzó la abdicación de su esposo Eduardo VIII.
La contemplación del mito es una variante del canibalismo. Por tanto, conviene que las adolescentes aprendan que, introduciéndose el dedo hasta la úvula, no alcanzarán jamás la gloria de Elle McPherson, y deberán resignarse a convertirse en princesas de cuento –¿o debiéramos decir vicepresidentas del Gobierno?– Para combatir las armas de corporación masiva, el Zapatero especializado en resolver problemas inexistentes creará una policía dietética, además de un carnet de comer por puntos. Todo antes que reconocer la discriminación de las modelos flacas y que, una vez más, se ejercita la fiebre moralista sobre el eslabón más débil, dejando sin empleo a quienes se exceden en las condiciones para desempeñarlo. Por cierto, la auténtica epidemia es de obesidad, pero quién se atreve con los gigantes del fast food.