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Insaculación precoz
30 Octubre 2006

En respuesta a las críticas por la contratación como directivos hospitalarios de eminencias que no han acabado sus estudios, el Govern ha decidido implementar ese programa, que en el seno del PP se denomina Insaculación Precoz. De ese saco han extraído recientemente a Jaimito Vivamatas, primogénito del director general de Destrucción del Medioambiente y Ocupación del Territorio. Vivamatas tiene tres años de edad, y acaba de ser designado jefe de Cirugía Cardiaca del nuevo hospital de Inca. En su currículum figura como profesión “Médico cirujano”.
Al ser preguntada por la aparente contradicción entre la edad del nuevo cirujano jefe y su titulación, la responsable de Insaculación Precoz del Govern asegura que “la proyección de Jaimito es espectacular. Ya ha destripado a media docena de gatos del vecindario, y extrajo el hígado de una rana sin utilizar más que un berbiquí. Es un consumado artista del quirófano, como podrán comprobar en sus carnes los habitantes de la comarca de Inca”. Además, aludió a los efectos nocivos, para el equilibrio psicológico de Jaimito, si se le comunica que sólo puede acceder a la titulación tras ímprobos estudios. También increpó a la oposición por manirrota. “¿O acaso pretenden que paguemos cien mil euros anuales a un niño de tres años, y después no le permitamos efectuar el quíntuple by-pass con trisección de aorta cateterizada que justifica ese sueldo?”
Por su parte, la consellera de Insanidad recordó que “Jaimito se afilió al PP con un año y medio, por lo que la cirugía cardiaca es pan comido para él. Ayer mismo me hizo estallar una espinilla sin anestesia, así que puedo tranquilizar a los enfermos: Tiene muy buena mano”. La miembro del Govern agregó off the record que “por otra parte, ya se sabe que todo el trabajo del hospital lo hacen los ATS. El médico es una figura decorativa”. Gracias al programa de Insaculación Precoz, en los partos de cargos autonómicos se repite el diálogo:
–¿Es niña o niño?
–Es director general, cariño.


Alonso es un ejemplo, pero malo
26 Octubre 2006

Me he paseado solemnemente por las páginas dedicadas a la última gesta de Fernando Alonso. Como un cazador, aguardaba el momento en que un político sin imaginación descerrajara el tópico inevitable. El clisé llegó de la mano del inefable Zapatero, convencido de que “Fernando es un ejemplo para la juventud española”. Admitamos que es casi el único de su generación que puede pagar los plazos de la hipoteca sin angustia, y el único con licencia para triplicar al volante la velocidad máxima autorizada. Ahora bien, a juzgar por su discurso cuando es desenlatado, el piloto no sólo es un pésimo modelo para los jóvenes, sino también para edades menos encallecidas.
Dejemos en paz a Zapatero –ETA, ¿se coge?–. El presidente se ha limitado a repetir la frase que le hubiera asignado hace veinte años a Maradona, cuando jugaba partidos contra la droga. Hasta los fanáticos de la Fórmula 1, que es la distancia más peligrosa entre el mismo punto, la llaman circo, y ni siquiera este país puede permitirse la proliferación de monstruos circenses. Un Alonso es un campeón, cien mil alonsos es una guerra civil. Sin ir más lejos, el ascenso de ZP a La Moncloa se basa en haberse alejado al máximo del estilo bronco y áspero del mejor chófer del mundo.
Ni el arrogante Alonso, ni Nadal llamando “estúpido” al rival que ha tenido la desfachatez de ganarle, ni el ludópata Michael Jordan. Son todos figurines de museo de cera, donde se disimulan las rugosidades. Habría que poner como seres modélicos a personas más curtidas en la derrota. En general, los premios Príncipe de Asturias son un pésimo espejo, en cuanto que fueron concedidos a Ballesteros y al propio piloto. Siempre que quiero ser malo, pienso en Alonso, y funciona. De hecho, ningún ser humano consagrado mediáticamente sirve de ejemplo para sus congéneres. Y eso también descarta a la santa ultraderechista Teresa de Calcuta. O a Stephen Hawking, un déspota con su entorno. Y así sucesivamente. Somos tan parecidos que singularizar es un atropello. (¿Se coge?).


Vaya a Londres, ya
25 Octubre 2006

Shelley dejó escrito que “El infierno es una ciudad muy parecida a Londres”. Por eso mismo, siempre que quiero ver mundo viajo a esa megaurbe. Y si no puedo desplazarme, dispongo de alguien a mano que lo hace por mí. Ustedes, por ejemplo. Voy a empujarles desde aquí, bajo la convicción de que ningún elogio puede describirte una situación, sólo impulsarte hacia ella. Mi argumento es imbatible. A lo largo de la historia, en ningún otro foco se ha amontonado la efervescencia cultural de la que disfruta ahora mismo la capital británica. Velázquez, por supuesto, pero también Modigliani, Cézanne, Da Vinci –deprimente, pero éste es un artículo publicitario–, Holbein, Rodin y un David Hockney que a menudo trata de igual a igual a los anteriores.
No olvido la colección de Charles Saatchi, ni los toboganes de Carsten Holler en la Tate –el museo más feo del planeta, desoiga a sus expertos de guardia–, ni comparto la ingenuidad de confundir a las artes plásticas con una actividad cultural. Por eso les añado que pueden ver en escena a Kevin Spacey, o a Patrick Swayze si son ustedes unos depravados. Una ruleta de inauguraciones, el vértigo de haber convocado el fin del mundo, estéticamente hablando. Para sufrir el síndrome de Stendhal no hace falta viajar a Londres, basta con consultar la guía de actividades que propone actualmente.
Además, esa ciudad infernal sobrevive por tradición a los impactos visuales que suscita. Ir a Londres, ver Londres, son gestos deficientes frente a la inconmensurabilidad de estar en Londres, la perfección del asentamiento sobre el planeta. Es la única ciudad que no ha sucumbido al bombardeo de los arquitectos. Sus museos son visitados por más de veinte millones de personas al año, y admitamos que a menudo parece que todas ellas han elegido el mismo momento que nosotros. Ni sol ni playa, el antiturismo que no surge de la necesidad de ser más cultos, sino de la urgencia por parecerlo. En un entorno donde todo cuesta el triple que en casa, que es lo único que comentaremos al regreso.


Pólvora del Rey
23 Octubre 2006

Sólo un Español dispara con pólvora del Rey, y supongo que las mayúsculas lo dicen todo. A raíz de una exhibición de su regia puntería –en el cuerpo de un oso que pasaba por ahí, el cual quedó irreversiblemente muerto–, se han reforzado los tradicionales lazos de enemistad entre la Rusia estalinista y la católica España. Un periodista soviético y seguramente ebrio, difundió la especie de que el animal también estaba borracho. Los comunistas olvidan que esta circunstancia no iría en detrimento de la infalibilidad del tirador, sino que la sustanciaría. Cualquier cazador de osos borrachos conoce las dificultades de abatir a un objetivo que, en vez de mantenerse protocolariamente quieto –como haría cualquier presa digna de ese nombre delante de un monarca–, se bambolea etílicamente.
La conflagración con los comunistas estaba ganada, hasta que se entrometieron los ridículos franceses. Su arma más temible del siglo XX, Brigitte Bardot, decidió en un momento de su biografía que los animales son más respetables que las personas, quizás en defensa propia. A continuación se afilió a Le Pen, por si necesitábamos más pruebas de las secuelas de una dieta vegetal –Hitler era vegetariano y no fumador–. Con este uniforme, le exigió “deponga las armas” al Jefe del Estado, un enunciado de claro tufo sexual que nadie ha proferido ante un español sin atenerse a las consecuencias.
Recalentemos la Guerra Fría, y desoigamos a los plebeyos que pretenden que su Rey se solace en su tiempo libre haciendo Sudokus. El monarca entrena su puntería en Mallorca, donde es imposible mirar a cien metros de distancia en ninguna dirección sin cruzarse con un ser humano. El hecho de que no conste que el Jefe del Estado haya abatido a algún mallorquín –ebrio o no–, obliga a concluir que su puntería suprema sortea los obstáculos intermedios, o aconseja un mayor rigor en el recuento de bajas. En el bien entendido de que encajaremos todo sacrificio con orgullo, satisfechos de que haya al menos un Español que sabe tratar a los leninistas como se merecen.


Encarna Kennedy
20 Octubre 2006

Todo el mundo ha leído la entrevista de Marisa Goñi a Encarna Pastor -sólo igualada por la ejecución de Sala i Martín a Montilla en La Vanguardia-, por lo que ahorraremos en prolegómenos. La tentación compasiva nos llevaría a disculpar la elevación a consellera de una persona que reúne todos los méritos para no serlo, a admitir que su presencia resulta excesiva incluso en un Govern de Matas. Habría que reducirla a un error, Plutón en un sistema solar radiante. O, por pecar de reiterativos, Montilla en un gobierno cualquiera.

Sin embargo, Pastor no es la excepción, sino un perfecto exponente del Govern que alinea a Rasputín Flaquer, Autotasa Ramis d´Ayreflor, Rosa Puig -de utilidad ignota-, José María Rodríguez -de función sobradamente conocida- o Rosa Estarás, a quien sus palmeros hacían poco menos que ministra, antes de que Madrid le diera la proverbial patada a segundona de un ejecutivo regional. Con ese reparto, la consellera de Votos debió sentirse como en casa, por lo que no sorprende que contratara como jefa de gabinete a la mujer que vivía con ella, además de incorporar a su sobrina para que el nepotismo fuera literal. No ha ido más allá que sus compañeros de gabinete -¿de dónde sale Mabel Cabrer?-, pese a que suelen tomar la precaución de emplear a familiares y cónyuges en instituciones paralelas.

No hablamos de titulación académica, aunque redactar podría ser un requisito para dirigir IB3. Al fin y al cabo, Matas tiene una carrera, Cañellas tenía dos, y nadie discute la incultura de ambos. Acuciada por sus nombramientos íntimos, Pastor debió recordar que John Kennedy nombró ministro de Justicia a su hermano Robert, sin que se cuestione por ello el pedigrí democrático de JFK. De hecho, no dudamos de que la consellera hubiera evocado este precedente histórico, si supiera quiénes son sus protagonistas. Y sobre todo, Encarna Kennedy debió esgrimir el gobierno consanguíneo de Raúl y Fidel Castro, el dictador favorito de los hoteleros mallorquines, que saben ser marxistas cuando les conviene.


El síndrome de Oslo
18 Octubre 2006

El periodismo incuba una variante del síndrome de Estocolmo. Cuando yo tenía poder en este periódico, y no era un mero escribano, enviaba a mis tropas femeninas –quién trabajaría con hombres, pudiendo hacerlo con mujeres– a entrevistar a los seres más deplorables. Artistas ególatras, celebridades de la prensa ginecológica, el lote habitual. Cuando estas periodistas ultrahippies, desenvueltas y corrosivas regresaban a la redacción, pronunciaban invariablemente un extraño oráculo: “No es tan tonto como pensaba. Me cae simpático, en el fondo dice cosas sensatas”. ¡Y venían de hablar con un político! Habían contraído el síndrome de Oslo.
Esta enfermedad degenerativa se manifiesta cuando el verdugo –periodista, en nuestro microcosmos– empieza por disculpar a su víctima –el entrevistado, mayoritariamente papanatas–, cae prendado y acaba por mimetizarse con ella en una unidad caliginosa. Con el tiempo, el inquisidor y el reo muestran un comportamiento asintótico, convergen. Y no sólo, como deseaba el perverso Cioran, por la degradación del sufrimiento –tránsito de mal a peor obligatorio en ese pensador–, sino por la dulcificación del ejecutor, inconcebible para el rumano.
Clinton se maravillaba de que Nelson Mandela no despreciara infinitamente a sus carceleros, y el líder sudafricano le replicó que “si continuara odiando a esa gente, sería como seguir en prisión”. En realidad, padecía una versión amortiguada del síndrome de Oslo. El mundo no es una historia de buenos y malos, sino un equilibrio burbujeante entre ambos polos. Nadie puede ser diferente de alguien con quien convive, por mucho que haya países que crean que han conquistado la democracia, sin entrar a considerar que sólo el desfallecimiento del dictador le franqueó el paso. Las enfermedades también se cansan, los virus comparten esa cualidad con los humanos que parasitan. Una vez asimilado el verdugo, no brota la paz, porque las víctimas se enzarzan con saña en una nueva pelea sobre quién ha sufrido más, hasta que el síndrome de Oslo vuelve a actuar.


Cuántos inmigrantes
16 Octubre 2006

Si no sabemos cuántos inmigrantes hay, por qué proliferan los informes en que se nos comunica cuántos habrá o, en una expresión esclavista, “cuántos necesitamos”. Un estudio de la Generalitat, que asigna 150.000 futuros trabajadores extranjeros a Balears, ha logrado un eco notable. Ahora bien, su éxito sólo demuestra la preocupación por la inmigración, no su fiabilidad. Sus autores pertenecen al gremio que vaticinó que invadir Irak estabilizaría el precio del barril de petróleo –el cual se disparó por encima de los setenta dólares–, que el pasado agosto elucubraba sobre los cien dólares por barril –bajó hasta sesenta–, y que ahora agrega que ese descenso resulta pernicioso, porque refleja una ralentización de la economía mundial. Siempre se pierde contra quienes tienen la razón garantizada.
Las proyecciones demográficas deben analizarse con suma atención, empleando esta palabra como sinónimo de cautela. Merecen el mismo crédito que las evaluaciones epidemiológicas. Hace veinte años, se daban como incontestables las predicciones según las cuales el porcentaje de infectados por el sida estaría hoy en dobles dígitos, en toda Europa. Ustedes mismos, pero se logró el objetivo perseguido, infundir pánico hasta los niveles que exige el ciudadano occidental para mantener un mínimo de interés por su existencia.
Las prospecciones económicas reseñadas sólo contienen una verdad irrefutable: Necesitamos predecir 150 mil inmigrantes, para que el estudio que contiene esa cifra sea portada universal. Los economistas confían excesivamente en sus números. Aquí prescindiremos de la cuantificación, y reseñaremos tan sólo que, mantener el ritmo de destrucción de Mallorca, exigirá incorporaciones innumerables. Ya habrán adivinado que nos referimos a la inmigración de lujo, procedente de la Unión Europea. Para frenar la invasión alemana, hemos puesto la vivienda al mismo precio que en Alemania. El Gobierno nos amonesta que pertenecemos a la UE, por lo que no puede intervenir. Igualito que en E.On/Endesa.


Duda a gusto
12 Octubre 2006

No tengo un cuerpo, soy un cuerpo. Por tanto, todas mis reacciones son viscerales. Cuanto mejor acotamos el problema, en este caso en la bolsa de nuestra piel, más nos alejamos de la solución. Por ejemplo, a la hora de definir mi gusto, tengo que elegir entre asignarlo a mi dotación genética natural o a la tradición de que me nutro –el topicazo nature contra nurture, tranquilos que no vamos por ahí–. En cuanto nos acogemos al “legado de nuestros mayores”, estamos despreciando implícitamente unos usos que sólo respetamos por el chantaje emocional que conllevan. En cambio, en los cromosomas hallamos los códigos de las pulsiones fundamentales –hambre, sexo, sueño–, pero nunca se descubrirá un gen de la voluptuosidad.
Para entender el gusto, hemos de recurrir pues a mediciones indirectas. Así, en cuanto una persona ha de explicarte su entusiasmo por algo, la fascinación que siente se diluye. De ahí que todos los creyentes –ya sean políticos o del cante jondo– encajen pésimamente la crítica. Una vez más, la tradición es la mejor policía, vigila el afán de conquista individual. Entonces, ¿por qué me emociona Bob Dylan, o eso creo? Ningún mallorquín está preparado cultural o cromosómicamente para ser impresionado por ese artista –que, rizando el rizo, en Estados Unidos es tradicional–. Y todavía estoy más seguro de que el judío norteamericano no haría el mínimo esfuerzo por agradar a un nativo de esta isla.
Puesto del revés, ¿podría no gustarme Blade Runner, y me gusta tanto como pretendo? Se atribuirá el éxito a su índice de repetición, pero nadie vio esa película cuando se estrenó –Internet le dedica hoy ocho millones de páginas–. Con todo, nuestro drama consiste en la pérdida de sabor por exceso de oferta. Nada llega a agradarnos tanto como necesitaríamos que nos gustara. Ahí radica nuestra ansiedad. Remitiéndonos al mayor filósofo del siglo XX, el gran Snoopy –¿por qué me entusiasma?– dice: “Cada noche sueño con ella. Bueno, estoy casi seguro de que es ella”. Duda a gusto.


El ácido bónico
11 Octubre 2006

Boro y Bono, dos elementos químicamente inofensivos, pero sólo en apariencia. Acidificados, el ácido bórico y el ácido bónico muestran propiedades insospechadas en sus átomos fundacionales. Por ejemplo, el insulso ácido bórico ha neutralizado la capacidad de cualquier magistrado español para juzgar el 11-M. Ha demostrado que los jueces están más alineados políticamente que los políticos. Lo ocurrido es corroído al ácido, para desgracia de la ciudadanía que aspiraba a desentrañarlo. Por cierto, el boro fue utilizado en cantidades masivas contra las fugas radiactivas de Chernobil, lo cual avalaría mi sugerencia de que Putin no puede ser ajeno al 11-M. También hay boro en los chalecos antibalas del ejército estadounidense, otra conexión terrorista a no desdeñar.
Deslumbrados por la mordiente del ácido bórico, no imaginábamos que el ácido bónico sería más destructivo para Madrid que la acción conjunta de Florentino Pérez y de un artefacto de Kim Jong Il. Sin necesidad de presentarse, es muy posible que Bono haya perdido las elecciones municipales para el PSOE, con lo cual culmina su venganza contra Zapatero. Los socialistas han confeccionado la mejor lista, de ex candidatos a la alcaldía de Madrid, que pudo soñar partido alguno. Las renuncias encadenadas no cuestionan la capacidad de seducción del presidente del Gobierno, sino que demuestran que el PSOE carece de militantes a la izquierda de Ruiz Gallardón.
Con el auxilio del ácido bónico que secreta, Bono ha abrillantado su imagen por si algún día se plantea la sucesión de Zapatero. El martirio sólo triunfa como carrera profesional en el Islam, y cuesta encontrar un equivalente socialista a Rajoy, que ha decidido sacrificarse y volver a perder con ZP. Frente a este duelo neutro, por no hablar del básico Mas/Montilla, el Bono/Gallardón superaba el pH mínimo europeo. Tras la espantada del rival que no llegó a ser proclamado, gana el actual alcalde. O sea, pierde la ultraderecha asilvestrada que en su día fue domesticada por el PP, y que hoy amenaza con devorarlo.


Corrupción homosexual
9 Octubre 2006

Si te duermes en El color púrpura, eres racista, si Brokeback Mountain te parece abominable –y vaya si lo es–, pecas de homófobo. Por no entrar en los nacionalismos, la identidad como blindaje. Volvamos al sexo, siempre más sugerente. Aparte de que homosexual es un adjetivo y no un sustantivo, y por extraño que parezca, la corrupción no respeta a la homosexualidad. De los numerosos casos de ese noble arte en que se envuelve el PP para enriquecer la legislatura, por dos veces en lo que llevamos de Govern nos hemos encontrado con un favoritismo repugnante y muy bien remunerado de una alto cargo hacia la compañera del mismo sexo. Entonces, retorcemos el argumento y miramos a otro lado, porque hay un bien superior a proteger, que en ocasiones es la religión verdadera –el Islam– y aquí la opción sexual inviolable.
En el lado positivo, cabe celebrar la modernidad del PP balear, su habilidad vanguardista para refugiar la corrupción bajo las cubiertas más atrevidas. Compartimos el axioma de que no debe hablarse de la vida privada de los políticos, porque es demasiado aburrida, pero tampoco deberíamos pagarla a precios tan inflados, una flagrante discriminación de los célibes homosexuales o incluso heterosexuales. En una traslación de quienes se acuestan con una celebridad para contagiarse de su fama, asistimos al espejismo de que un espabilado puede redimirse, sin más que acostarse con la persona adecuada de su propio sexo. Por no hablar de que favorecer a un amante es más grave que privilegiar a una esposa –sólo un auténtico pervertido incurriría en esa hipocresía–. Y si no hemos conseguido perturbar su fe inconmovible en la pureza de las minorías, piense que su conmiseración daña a los relegados. Hay personas estudiando y formándose para ocupar puestos a los que accederían mucho más fácilmente, si tuvieran las tragaderas suficientes para encamarse con el alto cargo adecuado, dado que ésa es la única acreditación reconocida en los dos casos aquí planteados. O no planteados, a ver si me entienden.


Una imagen no vale nada
7 Octubre 2006

Han pasado 1.900 días desde el 11-S, y me gustaría abusar de su memoria visual. ¿Cuántas veces ha contemplado usted las imágenes de los aviones estrellándose contra las torres neoyorquinas, y cómo éstas volaban por los suelos? Si tiene usted un televisor en casa, una media de trescientas veces. En cualquier caso, en más ocasiones de las que ha mirado fijamente a su mujer en ese lapso. Dado que una imagen vale por mil palabras, equivale a que usted hubiera leído millones de palabras sobre los atentados. Con esta sabiduría, no le costará demasiado responder a las siguientes preguntas:
¿Cuál fue la primera torre golpeada por los aviones misil?
¿Cuál fue la primera torre en derrumbarse?
¿A qué altura fue golpeada cada una de las torres?
¿En qué dirección (norte-sur, sur-norte, este-oeste, oeste-este) viajaban los aviones que colisionaron deliberadamente con las torres?
¿Se estrellaron contra una de las caras del paralelepípedo, o contra las esquinas de las torres?
¿El cielo estaba completamente encapotado, o sólo con nubes y claros?
¿A qué hora (con 30 minutos de margen) se produjo el atentado?
¿Cuánto tiempo (en intervalos de cinco minutos) transcurrió entre los impactos y la caída?
Seguro que alguno de ustedes no ha sido capaz de recordar imágenes que ha contemplado centenares de veces. A cambio, plantéese cuántas veces ha leído usted la caída detallada de las torres, los hechos en bruto. Como máximo, cinco veces, y reconocerán que los lectores están en mejores condiciones para responder a cualquiera de los interrogantes planteados. Por tanto, una imagen no vale nada, y mil imágenes valen lo mismo. Se resumen en “ha pasado algo muy gordo, porque la televisión lleva todo el día repitiéndolo”. Y si todavía no me cree, vayamos con el atentado de Kennedy:
¿Cuántas personas viajaban en el coche presidencial?


Las ‘femitenistas’
4 Octubre 2006

Ha sido un septiembre tranquilo, sin el aguijón irracional de nuestra centinela de la yihad feminista, firmante del segundo artículo de esta página por orden de importancia. Al leerla de reojo –única atención que le dispenso–, de repente observo que sus congéneres ya no quieren integración, igualdad ni paridad. Se han hecho opusdeístas. Pueden ser campeonas de tenis, pero el humilde trabajo de recogepelotas queda reservado a los varones. No quieren empatar, desean ver al hombre arrastrándose por los suelos.
Cómo explicarle a una femitenista que el tenis es lo suficientemente aburrido para requerir de un aditamento picante. Además, la imbatible Sharapova ha denunciado que los recogepelotas se agachan en exceso, para examinarles la lencería con disimulo. La adjudicación de esta tarea a mujeres eliminaría suspicacias, pues a ver qué estrella masculina se atreve a acusar a una recogepelotas de fijación genital. En su versión viril, ese gremio asistencial genera esporádicamente un Cursach o un Santana. Por lo tanto, no podemos descartar que entre las arrecogidas surja una Ana García Obregón – “busco la calidad, no la audiencia”– o una Margaret Thatcher, de indiscutibles credenciales femeninas.
Ni las llevan a punta de pistola, ni nadie tiene la culpa de que haya más candidatas a recoger las pelotas de Nadal y Moyá que a catedráticas de Física Nuclear. Y hasta donde sabemos, ninguna catedrática de Física Nuclear ha sido discriminada para actuar como recogepelotas, por mor de su titulación. Si ni así convencemos a nuestra compañera de página, postularemos que se acabe con los recogepelotas de cualquier sexo, para que los tenistas hagan algo de ejercicio en los escasos ratos en que no están sentados. Las recogepelotas demuestran que el feminismo nunca caló entre las mujeres, aunque entusiasma a los varones progresistas, tan palestinos. Admiremos a estas jóvenes pegadizas, comprobemos que se llevan las caras anchas de mandíbula cincelada, y confesemos que todo lo hacemos por o contra una mujer.


El Papa gana esta batalla
2 Octubre 2006

Le ha repetido hasta la saciedad que las verdades de Benedicto XVI sobre Mahoma constituían el segundo asalto de la crisis de las caricaturas del mismo personaje. Sin embargo, aquí vamos a anticipar que, de momento, el Papa está ganando la batalla. Las instituciones occidentales se habían especializado en las mil formas de no decir lo que piensan, en torno a la dictadura de lo islámicamente correcto. Por un efecto que escapa a los paganos, el sumo sacerdote católico infunde respeto a sus rivales. Ahí está por ejemplo la sobria respuesta del iraní Ahmadinejad, tradicionalmente tan encabritado.
Una vez lanzada la bomba con la aparente inconsciencia de un nihilista, Ratzinger ha seguido el consejo de Nietzsche. Se ha situado por encima de su crimen, al asumir un castigo voluntario y simbólico. Además, ejerciendo de perfecto demócrata cristiano, se reiteraba en sus argumentos bajo la apariencia de reprochárselos. Esta tozudez ha sido un antídoto para los islamistas, que han sustituido el ejemplo por la ejemplaridad, que promulgan la esclavitud como ley fundamental y tienen claro que “si me llamas asesino, te mato”.
Se critica a Benedicto XVI –Biendicho XVI, cabe recordar– por hacer gala de una intelectualidad desgajada de la realidad. Antes al contrario, ha actuado como consejero delegado del Vaticano, y con su discurso de Ratisbona ha devuelto a su religión al mercado espiritual. El histriónico Juan Pablo II había perdido cuota, generaba mucha fe y pocos creyentes. En el fondo, se le tomaba a broma, y ni los islamistas se permiten esa ligereza con el actual Papa. Se le ha menospreciado, como a un ingenuo que hubiera rastreado la cita polémica en Google. Ratzinger –el único ser humano que sabe si Dios existe– nunca fue inocente, y es demasiado mayor para contraer esa enfermedad. Sabía perfectamente el terremoto que estaba provocando. Le alumbraba la certeza de que no le costaría impresionar al planeta arrebatado desde hace cinco años por Bin Laden. Y así ha sido.