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La sorna repetida del Rey sentado
29 Diciembre 2006

El punto de inflexión del mensaje navideño del Rey se produjo al introducir la referencia a la tranquilidad –“soseguemos la vida política”–, en referencia a la entretenida trifulca perpetua de los dos partidos mayoritarios. “Sosiego” es un término que descarta a Acebes, Zaplana y Aznar, cuya falta de sintonía con el jefe del Estado está sobradamente documentada. Desde el punto de vista léxico, está más próximo a Rajoy –que no improvisa ni la comanda en el restaurante– que al desenfado oratorio de Zapatero. Su sosegada supervivencia en un texto almidonado, por encima del cual han pasado demasiadas manos, subraya su importancia. La petición de calma ha sido interpretada masivamente como una reprensión del monarca a los líderes políticos. Sin embargo, en la entonación que Juan Carlos de Borbón dio al “sosiego” había un tono inesperado. Había sorna.
El aire burlón –hasta donde un rey se lo puede permitir– exige una precisión curricular. Juan Carlos de Borbón lleva más años en su cargo que la suma de los presidentes del gobierno, del PP, de Cataluña, de Euskadi, del Tribunal Supremo, de CiU, del PNV y así sucesivamente. Durante sus tres décadas largas en el trono, no hay emoción que no haya recorrido, ni asechanza a la que no se haya enfrentado. Con este bagaje, ha de costarle que el enfrentamiento entre dos pesos pluma como Rajoy y Zapatero le aparte de la indiferencia. La fricción que exige el hechizo de la actualidad obliga a hablar de bronca a los partidos. En realidad, el intérprete del mensaje navideño no se tomaba el choque ideológico demasiado en serio. O sea, lo recogía con la seriedad que merece.
Por mucho que convenga a los enamorados del drama, el Rey no quiso sucumbir a “la cólera de un español sentado”, la monumental definición de todo un pueblo a cargo de Lope de Vega. Ampliando el foco, el escritor señalaba, en su Arte nuevo de hacer comedias, que “la cólera de un español sentado no se templa si no le representan en dos horas hasta el Juicio Final desde el Génesis”. El mensaje navideño, leído con un apunte de sorna por un monarca sentado, quiso aplacar a quienes exigen esa sobredosis emocional cada doce meses.
La mayor prueba de la sorna regia se halla en la reiteración. La alusión al “sosiego” ya figuraba en el mensaje navideño de 2005. Hace un año, el Rey pedía que se superaran “las tensiones y divisiones”, desde “la moderación y el sosiego”. La receta era un espíritu “integrador”. La palabra “integrador” aparece en el mismo párrafo sosegado de 2006, con idéntico sentido. Las repeticiones no se limitan a este fragmento del discurso. La mayor parte del anterior texto ha resistido con entereza el paso del tiempo, por lo que ha reaparecido intacto estas Navidades. Un lector no observaría diferencias apreciables entre ambas intervenciones, si descontamos la mención al “muy feliz nacimiento de la infanta Leonor”.

Para protegerse, el autor encubierto del mensaje de este año incluyó en un caso la cautela “como ya dije hace un año”. Sin embargo, a continuación ha repetido la práctica totalidad de las expresiones que ya había acuñado en 2005. Ahí están “Creciendo por encima de la media europea”, “tráfico de seres humanos”, “España es una gran Nación”, “la reconciliación, la concordia”, “mi entrega y voluntad de servicio”, “el marco de nuestra Constitución”, “armónica convivencia”, “el amplio consenso”, “cercanía y comprensión”, “profunda crueldad”, “tengo plena confianza en España”, “más dependientes del exterior” y muchas otras. Los párrafos se suceden en el mismo orden que en la edición anterior. Sería muy difícil desmentir a quien asegurara que el texto de 2006 se limita a refundir el precedente, sin demasiado esmero.

Cela el del Nobel, que repetía habitualmente sus intervenciones públicas, se justificaba con su habitual aplomo. “Si pienso lo mismo, ¿por qué no habría de repetirlo?”. El mantenimiento de la melodía y la letra del mensaje navideño puede entenderse como un signo de estabilidad institucional. La sorna, finalmente, se extendió a una pésima realización televisiva, que ocultaba las manos cuando el monarca se expresaba con ellas. Tal vez las cámaras también se limitaron a reproducir su automatismo de 2005, sin atender a las mínimas variaciones en el discurso que ya registraron un año atrás.


Lo que se pierde en la traducción

Primera negación: José María Rodríguez –el máximo ejecutivo del PP en Balears– niega tener información alguna sobre la detención de Hidalgo pero, minutos antes de que se produzca, le dice que “la información es que sería hoy”. Segunda negación: Rodríguez reniega en sede parlamentaria, ¿por qué dijo entonces, y quedó grabado, que “ya tengo yo articulada una cosa”? Tercera negación: Rodríguez niega sobre la Biblia o sobre la carta de Los Rafaeles, la más alta, pero dijo que “no te preocupes, está preparado todo”. Cuarta negación: Rodríguez sigue negando de oídas, pero dijo que “voy a hablar con Rafael Perera, me oyes, para preparar, para estar pendiente, para coger el auto en mano”. No sabe nada y ya prevé la resolución judicial, este conseller es un lince. Quinta negación: Rodríguez se niega a sí mismo si es necesario, pero precisa que “tú suponte que todo el material vaya en contra del otro”. Sexta y última negación: Rodríguez niega y presume de ignorancia absoluta, pero sentenció que “si el cargo va contra aquél, nos toca de refilón”. Rodríguez, lo que se pierde en la traducción de la verdad a la mentira.
El pétreo Rodríguez negó la evidencia en menos que canta un gallo y por sextuplicado, responsable a la postre del funcionariado autonómico. Puesto que repitió las mentiras de cada lunes, ¿para qué subió al estrado? No sólo porque “estamos en el mismo paquete” y “en el mismo barco”, como le reitera Hidalgo en un tono de amenazadora complicidad, mientras le exige que cumpla la promesa de una segunda reunión con Matas y Perera en el Consolat. Convivían con más intimidad que un pelotón de marines en Iraq, pero no sabían nada.
No todos los indígenas comparten el descaro y la inventiva de Matas –“me consta que el conseller no sabía”– y Rodríguez, que niegan las frases grabadas sin inmutarse. Por eso, un mallorquín puede creerse víctima de la distorsión de la proximidad, de que la familiaridad con ambos personajes, y con sus desencuentros con la verdad, le impulsa a un juicio temerario sobre su papel creciente en el caso Andratx. En busca de soportes menos maleados, conviene tomar refugio en el puerto de un semanario como Tiempo que, esta misma semana, remataba con un simple interrogante su resumen de la charla telefónica de Hidalgo y el conseller de Policía –si hay alguien capaz de imaginar las hazañas de este hombre con una fuerza armada a sus órdenes–. La revista se preguntaba socrática, “¿De verdad piensan que la gente es tonta?”.
No estaría de más que la oposición se repasara los avatares del caso Andratx, en lugar de cacarear dimisiones que no dependen de ella. En general, las versiones divergentes de un mismo acontecimiento corresponden a testigos distintos –el efecto Rashomon, para los cinéfilos–, pero el conseller de Interior ya ha encadenado una docena de relatos igualmente falsos. La libertad narrativa nos autoriza a esbozar el nuestro. Releyendo los encuentros previos a la conversación telefónica a la luz de ésta, queda claro que el alcalde después encarcelado exige a Matas su solidaridad y su protección –comparten barco y paquete, Rodríguez ni siquiera matiza esas expresiones–. Cuando conversan en vísperas de la detención, ya habían perfilado en el Consolat la línea de actuación. Al teléfono, el conseller intenta apaciguar al irascible alcalde, cuando sólo queda por traducir un último interrogante.
Si Rodríguez puede ser conseller, ¿quién no puede serlo?


Extraña amabilidad
28 Diciembre 2006

Ni uno de ustedes hubiera adivinado que hoy hablaríamos de Tennessee Williams. La estación abona el sentimentalismo truculento, y ha arrastrado hasta nuestra playa una frase del dramaturgo norteamericano, “siempre he dependido de la amabilidad de extraños”. En su vertiente literaria, ese The comfort of strangers inspiró una novela del hoy plagiario Ian McEwan. Nos centraremos sin embargo en su vertiente cotidiana, en los numerosos crímenes o suicidios que ha evitado la sonrisa inesperada de un desconocido, el contacto efímero que reconciliaba graciosamente a su interlocutor con la dignidad humana.
La amabilidad de un amigo siempre es sospechosa, suerte que no son demasiados. La cortesía profesional tampoco funciona, hemos aprendido a desconfiar de los amables falderos, funcionariales, radiofónicos. No crea en las sonrisas inundadas de dientes, carnívoras. En cambio, el extraño autodidacto domina instintivamente el arte de escanciar una palabra –nunca demasiadas– por encima del protocolo. Su bien administrada gentileza nos insinúa que las cosas podrían ser diferentes. Estamos hablando del inglés simpático, si existiera. Para intensificar su efecto, cabe ajustar antes las despedidas que las bienvenidas, porque nuestro estado de ánimo queda definido por la última impresión.
La extraña amabilidad de los extraños viene tan pautada en su duración como en su melodía. La interacción ha de ser breve, en dosis homeopáticas que nos curan al dejarnos con sed. Además, nadie olvida la metamorfosis de fascinante a insoportable, experimentada por un desconocido a quien sostuvimos el trato demasiado tiempo. Por no hablar de los amores de una noche, que creen haber contratado habitación con desayuno. No se debe intimar jamás con los ángeles pasajeros, para no vernos obligados a emborronar la impresión que nos han provocado. Salvo que pensemos casarnos con ellos, a fin de garantizar que continúen siendo unos extraños. Y que su sonrisa se nos haga repugnante.


Análisis políticos
27 Diciembre 2006

Una de las mejores frases del año no pronunciada por Bush lleva la rúbrica de Rafael Nadal. El número dos del mundo –y número uno de Mallorca, si descontamos mi revés sin manos–, se queja amargamente de que “nos tratan como delincuentes, porque no veo que los políticos pasen controles antidopaje. ¿Y por qué los deportistas sí?” La sintaxis es digna de Zapatero, pero se capta el mensaje. En un excelente ejercicio de solidaridad, el tenista denuncia así la discriminación que sufren los políticos, puesto que son tratados como delincuentes sin necesidad de analizarles la sangre, aunque varios episodios recientes demuestren que hay motivos sobrados para saltarse ese trámite.
Cualquiera puede redactar un Estatuto de Autonomía, y así se comprobaría si alguien los leyera, aunque eso le haría inmediatamente sospechoso de actuar bajo el influjo de sustancias prohibidas. Sin embargo, restarle a Federer en condiciones está sólo al alcance de privilegiados como Nadal. Por ello, comparar ambas profesiones es absurdo, pero dado que Jaime Matas –cuyo cuerpo genera espontáneamente grandes dosis de hormona del engreimiento– es la pareja de baile del tenista, puede proponer su idea en el próximo pleno del Parlament. Antes, tendrá que disuadir a quienes creen que ningún aporte químico mejoraría el desempeño de nuestros diputados. O a quienes sostienen que basta escucharlos unos segundos en la tribuna, para acertar con el agente dopante que han ingerido.
No bromeemos con la idea revolucionaria de Nadal. Se empieza por dispensar a los políticos del análisis antidopaje, y se acaba por autorizarles a que invadan Irak, tras haber consumido algún estupefaciente. Por contra, hay que reseñar la predisposición de ese colectivo a donar sangre, lo cual sería interpretado por Freud como una pulsión destinada a purgar su tendencia a succionarla. El tenista sabe además de qué habla, dada la profusión de hombres públicos en su entorno –incluso tiene algún familiar que no es político–. Les imaginamos encantados de dar el primer paso.


Navidad, sola o con religión
23 Diciembre 2006

Este año he salido en defensa de Benedicto XVI y de Burger King, pero todavía me quedan fuerzas para rescatar a la Navidad de su ocaso. Ardua misión para un pagano, pero me desencasilla el puritanismo laico de quienes no soportan que unos átomos de fantasía distraigan a sus idólatras cachorros de los vídeojuegos. No olvidan, porque lo ignoran, que el origen de la fiesta son las saturnales romanas y el día del sol invicto. La religión se acomodó forzada al imaginativo calendario de los gentiles, indispensable para ofrecer un mínimo de emoción a sus creencias.
Ahora, los impíos del todoterreno desean ahogar la fiesta so pretexto de que la religiosidad se les hace engorrosa, arrojan al bebé con el agua del baño. No consentiremos que entierren la Navidad con los honores de Pinochet o de Lady Di, estamos hartos de sospechar de todo lo que suena divertido. Se nos alegará que los fastos navideños promocionan a la segunda religión más verdadera. En realidad, esa festividad se viene conmemorando desde hace dos mil años –1.652, ya que lo preguntan–, y la asistencia de fieles al culto sigue menguando. Correspondería al Vaticano plantearse la vigencia de unas celebraciones simultáneas a su pérdida de clientela.
En cuanto al consumismo pan se lo coman o al intocable Mahoma –por lo visto, las navidades irritan a estos simpáticos personajes que siempre posan junto a un kalashnikov–, exigimos una tregua navideña para sentirnos a solas con el resto del mundo, derrotados por los derrotados. Reivindicamos la única época del año en que la depresión recupera su primitivo nombre de tristeza, y en la que fructifica una nostalgia inasequible a los fármacos. En medio del verano perpetuo del cambio de clímax, la Navidad mantiene en pie los sueños que hemos olvidado. Puede tomarse sola o con religión, jamás se impuso a nadie. Admitamos que su estética es deplorable pero, ¿se ha detenido usted alguna vez a contemplar cómo camina un ser humano? Más ridículo, imposible. Lo difícil no es creer en la Navidad, sino creer en otra cosa.


Inmobiliaria Joan Miró
20 Diciembre 2006

Observo con gozo que la Fundación Miró amplía abnegadamente su negocio, encaminándolo hacia la promoción inmobiliaria. Nada más aburrido y estéril que reunirse para hablar de arte, por mucho que el artista en cuestión haya muerto. En cambio, la adrenalina se dispara al estudiar la cesión de terrenos, para levantar edificios de cuatro plantas. Una vez saldada con éxito esta misión iniciática, se le entregarán al patronato mironiano las competencias urbanísticas de Andratx, tan disputadas. El engendro será oportunamente rebautizado Fundación Inmobiliaria Joan Miró.
Cuando Miró sentenciaba que “los mallorquines son tontos” por destruir su paraíso, no excluía a los encargados de velar por su patrimonio. Podemos esgrimir incluso argumentos de solidaridad, para que también a ellos se les obligue a profanar la tumba del artista, desde la azotea de un bloque de cemento. La memoria mironiana ya ha sido convenientemente pisoteada por el ayuntamiento, en la zona que Rodrigo de Santos ha esponjado según prometió, a golpe de hormigón. Compare el aspecto actual del barrio con su imagen cuando los vándalos invadieron Cort.
A los mironianos se les eriza el moño cuando relativizamos al pintor, pero ahora quedará claro el respeto que les merece en bloque, de cuatro alturas. Igual que en la anécdota de Shaw y la prostituta, ya sólo nos hemos de poner de acuerdo en el precio. Estos seres extremadamente cultos han encontrado un talento a su altura en el concejal Rogelio Araujo, que no distinguiría un Miró de un Toyota. En cuanto a las reuniones de Cirer con la constructora, ¿recibe la alcaldesa de Grande a todos los promotores, al igual que el president recoge las llamadas anónimas? Los astutos patronos son capaces de trocear una tela y venderla en pedacitos, para recaudar más dinero en bien del arte. La Inmobiliaria Joan Miró puede significar un precedente para encontrarle alguna utilidad al Basural, aunque no resolverá ese gran problema, cómo liberar a un genio de sus albaceas.


Ay Madrid
18 Diciembre 2006

Qué sería de los empresarios turísticos mallorquines sin los socialistas. Siempre que tienen un problema, la culpa es de la izquierda, por última vez en el discurso del hotelero de Air Madrid. Acostumbrados a que el Govern les sufrague, enjuague o recubra –en justa correspondencia a sus generosos esfuerzos para mantenerlo en el poder–, nuestro prohombres se quedan estupefactos cuando una administración no sólo se niega a ponerse a sus pies, sino que encima les aplica la ley. Operan con “the insolence of office”, que decía el Hamlet en referencia a los gobernantes. Aquí gobiernan ellos.
Sobresaltos como Air Madrid no sucederían con un servicio de inspección autonómico, que se limitara a comprobar si el avión transoceánico necesita una mano de pintura, o si hay caramelos suficientes a bordo para el pasaje. De ahí también la urgencia por recibir las competencias de Justicia, y demostrar de una vez la inocencia consustancial de la política balear. Mientras, los socios económicos a proteger divagan entre la aventura empresarial y el aventurerismo empresarial. Si el montaje es descubierto, bastará con echar la culpa a Zapatero.
En Air Madrid, y sólo excepcionalmente, pagaremos el trapisondismo a escote con nuestros vecinos españoles. La intervención de Fomento ha destripado el club hermético del negocio aéreo de bajo coste. Claro que, para un hotelero mallorquín, dejar a 120 mil pasajeros anónimos –no todos socialistas– en tierra supone una nimiedad, por comparación con las repercusiones negativas de la ecotasa sobre la imagen de la isla. Si una ministra enfurecida tilda de “chapucero” el funcionamiento, o los clientes hablan más directamente de “ladrones”, el daño es menor que un euro por noche para restañar las heridas del paisaje. El impuesto turístico era más molesto que airear unas condiciones laborales que hacen envidiable el trabajo de policía en Irak. De ahí que acabemos con un doble agradecimiento: Gracias por protegernos de la ecotasa, y por no ponerle a la compañía aérea el nombre de Air Mallorca.


Los bientratadores
14 Diciembre 2006

La película The Holiday carece de mérito alguno para compartir columna con nosotros. Sin embargo, este mazapán navideño describe marginalmente una de las modalidades más insidiosas de la perversidad varonil, el bientratador. La concentración en el maltrato psicológico –que la jueza mallorquina Xesca Ramis condenó por primera vez en España– enmascara los casos de mujeres despreciadas desde el halago, que se sienten imprescindibles mientras el experto zalamero procede a aniquilar su autoestima. Al Doctor House se le reconoce de inmediato, y allá tú si sucumbes a sus sarcasmos. Sin embargo, el Doctor Hyde de esta historia cautiva con mimos y agasajos. Después, el vacío.
El bientratador no deja huellas, todo el peso recae sobre la víctima. En buena ley, habría que condenarla a ella. Dos excelsos actores, Kate Winslet y Rufus Sewell, recrean el bientrato en la película en cuestión. El hombre no necesita a quien es además su compañera de trabajo. Sólo busca su dependencia, y la cultiva con esmero. Hasta el punto de que se deshace en elogios hacia ella, segundos antes de anunciar su matrimonio con una mujer diferente. “No puedo vivir sin ti pero me voy con otra”, el lema del crimen perfecto sentimental.
Nadie dijo que la perfidia fuera cómoda. Con tal de preservar su hegemonía, el bientratador vuela de Londres a Los Angeles en búsqueda de su presa o le dedica íntegramente su teléfono móvil, disfrazando de entrega ejemplar su tortura refinada. En contra de las apariencias, no duda, jamás ha pensado seriamente en ella. Sin embargo, tampoco es un hipócrita, necesita infligir daño para sentirse superior. A diferencia de la película, el rol corresponde habitualmente a un hombre casado. Lo curioso no es que cada día anuncie el divorcio de su esposa, sino que una mujer que no se merece dé crédito a esas promesas vanas. En ocasiones, la bientratada es la esposa, salvo que esté protegida por un divorcio pantagruélico. Piénsalo, la próxima vez que te inspire compasión un bientratador.


El exhibicionista
13 Diciembre 2006

El fiscal general confirmó a Jaime Matas que de momento no necesita convocar a más alcaldes al Consolat de la Mar, en el engorroso horario de las siete de la tarde de un sábado. El ministerio público absolvió en juicio rápido a los ayuntamientos que el propio president había tildado de corruptos, amparándose en una presunta llamada anónima. Mediante su confesión ante el complaciente Conde-Pumpido, el político del PP no ha querido lanzar un mensaje tranquilizador a los alcaldes de su partido, sino apaciguar a Eugenio Hidalgo, cuya mudez es fundamental para sus intereses. Así quedó demostrado cuando se vio obligado a renovarlo.
La corrupción puede esperar, porque palidece frente al deslumbrante exhibicionismo de Matas. Amanece un caso Bitel, y el president presume en el Parlament de que tiene espías. Surge Operación Mapau, y el dilecto diseña la trama en un diagrama de su puño y letra. El PP cuenta con medio centenar de alcaldes, y él tenía que recibir y aconsejar al único que iba a ser encarcelado día y medio después. Cuando el fiscal general asegura que en Mallorca no habrá más actividad de la justicia, solidifica las sospechas sobre los extraños criterios de Matas, a la hora de seleccionar a los munícipes con los que se entrevista.
En el colmo de las casualidades, el cargo de fiscal general se le ha reservado al único español que cree que la corrupción mallorquina se circunscribe a Andratx. Sin embargo, en la provincia nos centraremos en los protagonistas provincianos, en el presidente que siempre comete los errores equivocados. Está acostumbrado a que los jueces aplaudan su exhibicionismo, sólo declara fuera de programa. Matas debe pensar que la corrupción “puntual” –en veinte puntos, para ser exactos, salvo que se refiera a que funciona con ejemplar puntualidad– también promociona Mallorca, con el mismo impacto que Kournikova. A cambio de que modere su expansividad, muy poco autóctona, le declaramos con gusto tan inocente como en Bitel o Mapau. Como en la suma de ambos, si es necesario.


Odiar más allá de la muerte
11 Diciembre 2006

La fuga de Pinochet confirma que también se puede odiar más allá de la muerte, a falta tan sólo de comprobar si se puede empezar a aborrecer a alguien después de su desaparición. La confusión entre la disolución y la absolución del tirano conlleva la presunción de que la muerte no es lo peor que podría sucederle. Además de exagerar el influjo de nuestra repulsión, la decepción ante un cadáver insuficiente omite un triunfo mayor que cualquier ajusticiamiento. En el fogonazo previo a su extinción, nadie eximió al general de la sensación de que había fracasado. De que le sobrevivían.
La muerte no puede ser juzgada, pero hay enemigos de Pinochet que, en otra variante de la nostalgia, la interpretan como una liberación del reo. Olvidan que ninguna condena judicial alterará la proporción entre quienes lo consideramos un tirano y quienes lo adoran como un salvador. A propósito, y aunque sea impropio de un periodista, me apetece confesar un error. Condené la persecución judicial del dictador anciano como una distracción de males más acuciantes. Sin embargo, la presión y la prisión de Garzón sirvieron para que un general israelí no se apee del avión en Londres, por miedo. O para que Thatcher y Kissinger soliciten informes jurídicos antes de volar al extranjero. O para que Donald Rumsfeld acabe su vida sin salir del perímetro de Estados Unidos y sus colonias.
El fallecimiento de Pinochet me parece castigo sobrado, frente a los abolicionistas que en este caso tachan la pena de muerte de insuficiente. Chile pudo hacer la transición a la democracia con el dictador incordiando. España tuvo que aguardar a la defunción de Franco, en la misma cama y con la misma postración que el dictador chileno. Lamentar que sólo hayan muerto equivale a concederles una última victoria –“me seguiréis odiando, nunca os curaréis de mi obsesión”–. Cuando se hace demasiado absorbente, la memoria histórica es sólo un mecanismo para desentenderse del presente, el único espacio en que puede incubarse un nuevo Pinochet.


Cándido ejerce de tal
7 Diciembre 2006

Para una vez que la fiscalía de Balears actúa como verdadero ministerio público, y encuentra además a un juez con el coraje bastante para encabezar una iniciativa contra la corrupción, se interpone de nuevo Cándido Conde-Pumpido. El nombramiento más nefasto de Zapatero, en una competición en la que figura la ministra de la Vivienda,
tranquiliza a Rajoy con un “no volverá a pasar”. Al fiscal general sólo le faltó pedir perdón por la intervención en Andratx. Además de desautorizar implícitamente a sus subordinados, según viene haciendo sistemáticamente, avaló también las llamadas de ultratumba que recibe Matas. Todo ello, en un ceremonial de compadreo con el líder de la oposición. Contra la separación de poderes, el vodevilesco besuqueo constitucional.
Matas se toma Andratx como algo personal, por motivos ajenos a la política. En lugar de investigarle por propalar falsedades –o peor, por divulgar operaciones policiales en curso–, el fiscal general le pide perdón. Si no estuviera desconectado de la realidad, comprendería que la ciudadanía no se ha escandalizado por las andanzas de Hidalgo, sino porque sabe que son norma en otros municipios. Algo debería haber oído Conde-Pumpido, que ha navegado por aguas de Cabrera gratis total.
No hay que tomarse demasiado en serio las previsiones jurídicas de Cándido. Ya pidió el archivo de la muerte de José Couso, que el Supremo ha obligado a reabrir. También se burló de la denuncia de los ciudadanos mallorquines que denunciaron a los aviones de la CIA, con resultados de sobra conocidos. Es el mismo que pidió el archivo de Bitel y Mapau, cuyo auténtico desarrollo es notorio para cualquier mallorquín. No descarten que un día desenganche a sus fiscales desmoralizados de Andratx –Carrau ya vivió esa peripecia en el Túnel de Sóller–. Con la de papeles que habían quemado los ayuntamientos, y ahora les dicen que sigan como antes. Seamos más cándidos que el ídem: ¿Cualquier ciudadano puede dirigirse al fiscal general y lograr un salvoconducto de que no será intervenido, o se necesitan los requisitos de costumbre?


Anónimos Anónimos
6 Diciembre 2006

Viernes 1 de diciembre, nueve de la mañana. Suena el teléfono en la centralita del Consolat de la Mar:
–Govern balear, dígame.
–Tengo un mensaje importante, pero no puedo revelar mi identidad.
–Le pongo con el president.
–No hace falta, sólo es una llamada anónima.
–El president atiende personalmente las llamadas anónimas, no tiene otra cosa que hacer. Le paso.
–Hola, Eugenio, ¿ya te han soltado y quieres que negociemos tu reelección?
–No soy Eugenio, soy el director de Anónimos Anónimos, una institución para rehabilitar a los propagadores de bulos. He recaído, y quiero transmitirle una noticia fundamental.
–(Se oyen voces en ruso). Calla, Kournikova, ya recalificaremos eso luego, que ahora tengo trabajo. Siga, siga, pero no me mienta. Todos lo hacen, para ponerse a mi altura.
–El martes tendrá lugar el fin del mundo.
–El fin del mundo no resuelve el problema que tengo en Andratx.
–Pues entonces, Rajoy ganará las próximas elecciones.
–Tampoco me sirve, ¿o quiere que me tomen por loco?
–A ver qué más puedo ofrecerle. Ya sé, la Guardia Civil intervendrá el martes los ayuntamientos de Ciutadella,…
–¿Ciutadella?, ¿dónde queda eso?
–En Menorca.
–Tendré que preguntarle a Rosa si Menorca cae dentro de nuestra jurisdicción, o si acaba en Berlín. Preferiría que me anunciara que el caso Andratx va a pasar al Tribunal Superior, pero puede valerme.
–Espero que la aprecie, porque mi confidencia va a salirles muy cara.
–¿Muy cara? José María, pillín, sabía que eras tú.
–Si llevo algodones en la boca, ¿cómo me has conocido la voz?
–No te he conocido la voz, te he conocido el precio. Si no era nuestro amigo Eugenio, tenías que ser tú. Qué gran idea acabas de darme.


¿Ha dicho Matas alguna verdad?

Lecturas es la única ídem de Jaime Matas, a la espera de ascender a ¡Hola! Desvinculado de la realidad circundante, sólo acierta con la verdad esporádicamente, pero esta semana –la más crucial y vergonzosa para Mallorca desde la muerte de Franco– el president ha estado a punto de batir su marca de incumplimientos verbales:
Primera mentira. El lunes a mediodía, sólo un par de horas después de que Eugenio Hidalgo abandone su despacho con esposas, Matas anuncia que el alcalde de Andratx encarcelado “ha renunciado a su acta de regidor” en una “dimisión inmediata”. Una falsedad hilarante, que Rafael Perera ha de parchear días después con una renuncia a medias, que no ha acabado de formalizarse a fecha de hoy. Por innecesaria, la patraña se hace más grave, y bastaría para descalificar el discurso entero del president en torno al escándalo. Pero hay mucho más.
Segunda mentira. Un par de horas después de convertirse en el primer presidente autonómico con un alto cargo detenido en su propio despacho, Matas anuncia también el “cese inmediato” de Jaime Massot. Ni en el Boletín Oficial del sábado dos de diciembre –el último publicado–, ni en los previos aparecidos el martes y el jueves de esta semana, se da cuenta de tan acuciante decisión, que se concreta en el consell de Govern del viernes.
Tercera mentira. Tendremos que prohibir a la envidiada y envidiable Mònica Terribas que entreviste a Matas porque, cada vez que lo hace, nos deja en ridículo ante media España. En la madrugada del lunes al martes, el inocentísimo president le aseguró que la actuación contra su alcalde fue una sorpresa absoluta. El viernes, desaparece la amnesia y el líder del PP habla de la “intuición o información” que le transmitió Hidalgo, de que “iba a ocurrir algo” y de que se sentía “presionado” por el “desplazamiento de policías llegados días antes”. Tras una reunión, el munícipe se fue a destruir documentación, según consta en auto judicial. El encuentro clave tiene lugar en sábado, pasadas las seis de la tarde. ¿Cuántos sábados de la presente legislatura ha estado Matas en su despacho a esa hora?
Cuarta mentira. Matas asegura el lunes que “los responsables de que la ley se cumpla tendrán toda nuestra colaboración”. A continuación, se convierte en la vedette del escándalo, exigiendo entrevistas intempestivas con el fiscal general del Estado –¿para someterle al tratamiento que dispensó al fiscal Antonio de Vicente Tutor, a quien asaltó en el supermercado de unos grandes almacenes a fin de convencerle de su inocencia en Operación Mapau, con el funcionario destituido con posterioridad por no doblegarse?–, denunciando la posible intervención de alienígenas en el escándalo, acusando a Francesc Antich de disponer de información de la que él carece. Un ejemplo de respeto a la Justicia.
Quinta mentira. Al día siguiente de que Matas reclame entrevistarse con todos los fiscales que en el mundo han sido, se le pregunta a José María Rodríguez si él y su jefe temen declarar ante el ministerio público.
Respuesta. “El fiscal no podrá llamar a cualquier porque sí”. Aquí hemos de reconocer, en aras de la equidad, que el conseller es muy mal mentiroso, véase su estrepitosa réplica –”nadie lo preguntó”–, al ocultamiento de su reunión con Hidalgo en vísperas de la detención.
Sexta mentira. Matas, como Marcel Duchamp, es un artista en la confusión de realidad y ficción, pero en la misteriosa “llamada anónima” recibida el viernes se ha superado a sí mismo. En lugar de informar a la policía de una comunicación que, caso de existir –y llevamos ya demasiadas mentiras para no ser muy cautelosos–, posee una seriedad indiscutible, el president se erige en guionista de CSI y expande la anécdota urbi et orbi. Frustra así cualquier posible investigación al respecto. Claro que igual no había nada que investigar.
Séptima mentira. Si usted telefonea ahora mismo al Consolat, y comunica anónimamente que “el próximo martes serán aniquilados todos los mallorquines apellidados XXXX”, Matas comparecerá ante los medios poco después, para difundir –y dar por tanto validez– a ese augurio. Investido de su rango de presidente de una Comunidad, el mayor fantasioso de Balears se convierte en autor del bulo que propaga sin ninguna base. Por supuesto, el Govern se apresura a aclarar que no dispone de sistema de registro de llamadas, aunque esa aseveración tampoco coincide con la experiencia personal de otros comunicantes. Hasta Rodríguez sabe que ya no hay llamadas anónimas, y que la justicia dispone de medios tecnológicos para desentrañarlas. Mejor nos libran de este nuevo ridículo, aparte de que Matas ya ha manoseado las pruebas.
Octava mentira. Matas y Rodríguez también le mintieron a Hidalgo, en la versión que ellos –y sólo ellos– consideran fiable del encuentro sabatino. Según el conseller, le aseguraron que los estatutos del partido le obligaban a dimitir si recaía sobre él una nueva imputación, además de las tres ya en marcha. Es decir, el reglamento del PP establece que “un alto cargo deberá dimitir al acumular cuatro imputaciones”.
Novena mentira. El lunes, el presidente declara la “suspensión de militancia” de Hidalgo. A continuación, Perera –el abogado que muchos querríamos en ese trance– se hace cargo de la defensa del alcalde. Es el jurista propuesto por el PP de Matas como magistrado del Tribunal Superior, el que defendió a Matas en Bitel, el que defendió a Matas en Mapau, el que fue nombrado miembro del Consell Consultiu por Matas, el que se reúne con Matas en el Consolat el pasado viernes, después de asistir al alcalde encarcelado y en vísperas de que empiecen a llover las “llamadas anónimas”. Como se ve, la desvinculación entre Hidalgo y Matas es absoluta.
Décima mentira. Matas acusa a una periodista de invadir su intimidad al interrogarle sobre su cuñado, Fernando Areal. El presidente omite –sin que quepa alegar ignorancia– que el susodicho ocupa los cargos bastante públicos de gerente del PP balear y de la Fundación Antonio Maura.
Undécima mentira. Matas aseguró que Eugenio Hidalgo tenía armas de destrucción masiva, lo cual obligaba a desactivarlo. Es broma. O no tanto.
Reflexión dominical igualitaria: “No todos los políticos son iguales, pero todos los políticos se han empeñado en demostrar lo contrario”.


Nacer engorda

Dos meses atrás, tuvimos que salvar a la civilización occidental de la inanición contagiosa de las maniquíes anoréxicas. Ahora, hemos de predicar el ayuno, porque comer las megahamburguesas
de Burger King nos roba mucho tiempo, que podríamos aprovechar viendo televisión basura y cotilleando en la Internet basura –¿a qué suena atrevido reconocerlo?–. O comiendo helado porque, después de engullir trescientos gramos de bovino, no hay quien pueda con la stracciatella. Ya no sabemos si toca engordar o adelgazar, pero les aseguro que tanto vaivén da mucha hambre.
Hace unos años, se nos obligó a criticar ferozmente la nouvelle cuisine, como subgénero chico del diseño. Propugnamos que el cociente cantidad/precio sustituyera al calidad/precio. Ahora, y aprovechando que ya sólo comen los pobres, nos conminan a satanizar a establecimientos que
se desviven por alimentar al cliente a precios razonables. Se trata de obligar a la población a desfilar por restaurantes de lujo, donde se pagan cincuenta euros por menús que al KGB le avergonzaría utilizar para envenenar a sus disidentes. Esta dieta yo-yo es más peligrosa que un sobrepeso
aceptado con elegancia.
Burger King lo tiene muy fácil, le basta con reducir el tamaño de su hiperhamburguesa, y ofrecer a continuación tres por una. Navegamos en el limbo de una epidemia de obesidad sin gordos, donde lo importante es encontrar culpables, en los márgenes de La tiranía de la penitencia de Pascal Bruckner. Sin embargo, la desaparición de todos los reservorios de fast food no mejoraría el desequilibrio adiposo de la población. La venta de grasa no se concentra en estancos, y una campaña en condiciones exige prohibir los frigoríficos –o adaptarlos para propinar descargas eléctricas a quienes los abren de madrugada–, además de ilegalizar el almacenamiento de alimentos a domicilio. La solución será la misma que frente a la escasez de agua o el calentamiento global, subir el precio de las cosas. Aparte de imprimir en la piel de cada ser humano la advertencia “Nacer engorda y daña seriamente su salud”.


Hay que salvar a Constantino
4 Diciembre 2006

Hay que criticar sin misericordia a quienes pretenden vivir como reyes, salvo que lo sean. En tal caso, la opulencia es un avatar profesional y, si el monarca en cuestión no puede mantener su tren de vida, se impone la misma solidaridad que cacareamos hacia otros laboreos. ¿O propugnamos acaso una discriminación que puede acarrear lesiones psicológicas irreversibles? Ahora mismo, mientras usted retoza inconscientemente en un sofá de Ikea, el incomparable Constantino de Grecia tiene que sacar a subasta la plata de la familia. Las exquisitas piezas pueden acabar encima del televisor de un rey del ladrillo, o medio solapadas por las cerámicas de Lladró en una estantería. No lo consentiremos.
Hallábame una tarde agosteña de guardia en Son Sant Joan, por si aparecía inesperadamente Ana Obregón y se conmovían las esencias de la isla. Vagaba por la sala de autoridades, cuando apareció Juan Carlos de Borbón. No sólo estaba preocupado por una mancha minúscula en su pantalón albo –es el nombre que recibe ese color cuando se habla de reyes–, sino por la llegada de su cuñado:
–Vengo a buscar a Constantino. Marivent parece un hotel.
Aquella anécdota disparó una corriente de simpatía con el monarca heleno, que durante años fue el veraneante que más días pasaba en Mallorca –combatiendo así esforzadamente el acortamiento de las estancias turísticas–. El primero en llegar, el último en marcharse. Me lo imaginaba durmiendo en una litera con el jardinero de palacio, mientras le refería circunstancias de su excelente amistad con Lady Di.
El Govern debe interrumpir momentáneamente la subvención a Kournikova, y sufragar un torneo de golf que no sólo sea benéfico para sus promotores, redondeado con una cuestación popular. Ahí van mis primeros diez euros para comprar la plata de Constantino, obligado a las estrecheces de su casa londinense, por la que pagó sólo mil millones de pesetas. Advierto también de la excepcionalidad de esta iniciativa. No quiero tener a Carlos Gustavo, Isabel II, Harald y demás monarcas reclamando mi munificencia.