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Los palmesanos recaen
28 Febrero 2007

El palmesano es el único animal que tropieza dos veces en distintas piedras, y le saca una pasta a esa perversión. En cuanto se levanta, corre a buscar una indemnización de su ayuntamiento, porque la cultura de la subvención le lleva a pensar que hasta una caída tonta ha de ser pagada con fondos públicos. Aun admitiendo que la ciudad da vértigo, Cort destina 250 mil pesetas diarias –según propia confesión– a sufragar los accidentes provocados por las ruinas urbanas. La citada cantidad supera el presupuesto ingresado por Andratx en comisiones, y ni siquiera puede satisfacer a quienes recorren las calles buscando un socavón donde pegarse la gran costalada.
En cuanto lo bajas del coche, el palmesano se bambolea como un ser inestable y descompensado, propicio a desplomarse. La partida municipal destinada a costear sus morrazos se ha triplicado en los últimos años. Ergo, Palma ha multiplicado por tres los baches y demás trampolines utilizados para garantizarse una vejez holgada, indemnización mediante. “Cort paga” es un eufemismo, porque el pago corresponde a quienes carecen de la habilidad suficiente para forjarse un esguince callejero.
Con lo que Cort invierte en resarcir a sus caídos, podría contratarse a una brigada de cuarenta personas que adecentaran los baches, pero a cambio de que Palma perdiera su encanto de campo minado. Al cruzarse con un ciudadano por los suelos, ni se le ocurra ayudarle a incorporarse. El civismo consiste en increparle con severidad, por esquilmar nuestras arcas –haciendo doblete a través del Insalud, si además ha decidido partirse una pierna para aportar mayores dosis de verismo a su caída–. Habitamos una ciudad floja de remos. Por el bien de los allegados de nuestros concejales, esperemos que mantengan sus casas en mejores condiciones de habitabilidad que nuestras calles. En esta urbe vacilante, hasta las esculturas sufren la tentación de caerse, dadas las sumas en juego. Ahí está el bou chantajista, que amenaza con desplomarse para cazar otra indemnización.


Scorsese sale de rebajas
26 Febrero 2007

Por si no repararon, Infiltrados era la única candidata netamente estadounidense al Oscar a la mejor película –las comedias como Pequeña Miss Sunshine no ganan estatuillas–. Y dado que Clint Eastwood fue nominado por una pésima historia japonesa, Scorsese era también el único director norteamericano a concurso. Su doble victoria entra en lo imperativo pero, por si acaso, el cineasta rebajó su producción a la altura de los votantes. Si ruedas Taxi driver o Toro salvaje, y la Academia finge no enterarse, el mensaje es claro. La degradación sigue siendo el camino más imparable hacia la gloria.
La edad de la inocencia es la última gran película de Scorsese. Cierra la espléndida racha cimentada por Uno de los nuestros y El cabo del miedo, pero ya tiene catorce años. Gangs of New York es tan confusa que admite cualquier veredicto. El aviador va aviada, o por lo menos la porción que soporté despierto. Sólo hemos citado a las nominadas porque, sí, Kundun también salió de manos del ítaloamericano. En cuanto a la ahora premiada, es una aceptable secuela de una producción de Hong-Kong, traducida al western y en la que sólo se ha introducido la figura de la psicóloga.
Si Scorsese hubiera empezado por Infiltrados, habría sido premiado antes. A cambio, a saber en qué simas se hubiera hundido su carrera. La todopoderosa América copia a los asiáticos o incluso a los españoles, porque el abaratamiento del hoy oscarizado arrastra a sus colegas. También es posible que ya no nos enamoremos como antes, pero Washington necesita un proyecto Apolo para recuperar su liderazgo cinematográfico. Perder la guerra de Irak es apenas un contratiempo, por comparación con el desastre que implicaría la derrota de Hollywood. (Y en memoria de los indignados por Dolce&Gabbana, ¿son sospechosos de albergar instintos genocidas los espectadores de la recomendable pero no excepcional El último rey de Escocia, donde el respetuoso retrato de Idi Amin recuerda a un futbolista enfurruñado por el desprecio de su entrenador?).


D&G viste de escándalo
22 Febrero 2007

La Constitución consagra la igualdad de sexos. En el Tribunal Constitucional, sumo intérprete del texto, la proporción femenina es ridícula, por lo que se trata de un organismo anticonstitucional. Los Institutos de la Mujer cumplirían una tarea heroica, si exigieran una presencia equilibrada en las instituciones –empezando por las inservibles, como las Reales Academias–. Por desgracia, están demasiado ocupados haciéndole publicidad, so capa de ultimátum, a dos seres tan repelentes como Dolce y Gabbana, diseñadores de la línea “no eres un auténtico hortera si no has pagado lo suficiente”.
Las inocuas fotografías de la campaña de D&G –no eres un auténtico hortera si no has abreviado tu nombre lo suficiente– han sido abundantemente exhibidas en Italia, sin haber provocado siquiera un aumento en las ventas de la marca tan citada. La sensibilidad diferencial enorgullece por fuerza a quienes siempre hemos estado enamorados de alguna mujer italiana. También nos permite adivinar un cambio de tendencia en la provocación transalpina. Las campañas de Oliviero Toscani para Benetton pretendían escandalizar a las mentes conservadoras. En cambio, hoy se rasgan las vestiduras los progresistas. La Inquisición no se crea ni se destruye, sólo se transforma.
En el álbum fotográfico a prohibir, Dolce y Gabbana no sólo han simulado un abuso a la mujer, también se han dejado maltratar por señoras que ni siquiera tenían la excusa de haber comprado alguno de sus artículos. Nos felicitamos de que la información y la publicidad se gobiernen por principios distintos. De lo contrario, ya no habría medios de comunicación. Como en el caso de Burger King, se quiere imponer la mentira en los anuncios, para igualarlos con el resto de contenidos mediáticos. Nuestra repulsa no llega al extremo de impulsarnos a comprar un D&G, pero sí a obligar a los censores a que retiren la mayoría de películas en cartelera y al Dr.House, ampliamente más machistas que las fotos del escándalo. No eres un auténtico hortera si no te ha criticado un Instituto de la Mujer.


El ‘boudrio’ asesino
21 Febrero 2007

Dalí se burlaba de los móviles de Calder, proclamando que “lo mínimo que se le puede exigir a una escultura es que no se mueva”. En el Baluard no han tomado esa mínima precaución con el boudrio de Calatrava, rodeado ahora por la policía para que no dé rienda suelta a su instinto asesino. Nuestros benefactores se han tomado demasiado en serio su deseo de acercar el arte al ciudadano. Singularizando, hay que felicitar a Rogelio Araújo por la performance con la que debuta como presidente, tan coherente con la anterior etapa del museastro. En honor a la verdad, estaba previsto que el concejal se encaramara al boudrio desenganchado y se precipitara al vacío sobre él, arrastrando en su caída un lienzo de la muralla.
Cualquier ciudadano que sólo conozca la ley de la gravedad por propia experiencia, habría intuido que el desplome era el único destino posible del boudrio. Esta eventualidad escapó sin embargo a quienes se lo compraron con nuestro dinero, dado que se hallaban abstraídos en sus incontables virtudes estéticas. Sobre todo, eviten hablar de imprevisión. El boudrio no es una casa en peligro, fue levantado a esa altura con el objetivo ahora consumado. No pretende desplomarse, sino trasladarse al suelo en una memorable cita con el arte cinético.
El desmonte del boudrio saldrá más caro que su torpe instalación, otros setenta millones del ala. Sustituirlo por la manaza de Lorenzo Quinn no resolverá el problema de su ubicación futura. En una rotonda, sólo puede disparar las cifras de siniestralidad en carretera. Proponemos por tanto que el boudrio sea aproximado a sus culpables. Colóquenlo sobre el palacete de Matas en San Felio, sobre el piso de Munar en el Paseo Marítimo o sobre la vivienda de Cirer en el Triquet –y no me olvido del chalet de Antich en Algaida–. Todos ellos estarían dispuestos a afrontar el riesgo de que se precipite sobre sus cabezas, con tal de no pedir explicaciones al cacique. Sólo les rogamos que minimicen el número de víctimas, a seleccionar entre quienes loaron la belleza ingrávida del mamotreto.


Me llaman Ellos
19 Febrero 2007

En nuestra conversación con Zapatero, me sorprendió especialmente su desoladora conclusión. “No podremos con Ellos, porque Ellos son más que nosotros”. El presidente se refería grosso modo a la CIA, pero incluía en ese lote amenazador a los demonios difusos de la izquierda radical que él profesa. Seguramente, las petroleras, el Banco Mundial, Bill Gates, el elenco habitual. La mención abstracta a Ellos bordea la esquizofrenia. Máxime cuando nos damos cuenta de que Ellos también podemos ser Nosotros. Por ejemplo, al compararnos con Sudán.
Siempre tienen la culpa Ellos, pero no había forma de echarles el lazo, porque el pronominal difumina sus culpas. Hasta que un ingeniero e inventor norteamericano, nacido Andrew Wilson, decidió cambiar de nombre. Hoy se le conoce simplemente como Ellos. Ha incluido el They en toda su documentación oficial. Alguien debía aceptar la responsabilidad de lo que está ocurriendo, y Ellos –antes Wilson– se ha convertido en nuestro héroe. Tampoco hemos de descartar un punto de vanidad, pues nos hallamos ante el primer ser humano que puede afirmar “Yo soy Ellos”.
Dotado de un peculiar sentido del humor, Wilson –perdón, Ellos– insiste en que también se sintió inspirado por la posibilidad de desatar un caos gramatical, gracias a expresiones como “Ellos dice”.
La carnalidad debe propagarse a conceptos paralelos en castellano. Nuestra obsesión denominativa corresponde al ubicuo “la gente”, la abstracción en que descargamos los tópicos que no nos atrevemos a enarbolar individualmente. Necesitamos a un valiente que se rebautice Romualdo Lagente. Y, sin voluntad de abusar, que su segundo apellido sea Cadavezmás. Así se podría singularizar el hoy genérico“Lagente vota”. El sacrificio de un solo particular permitiría obtener una predicción exacta, con el subsiguiente ahorro en sondeos electorales. Para los académicos, sería óptimo localizar y encuestar a Alberto Lasociedad, un individuo, o colectivo, más elaborado que el señor Lagente.


Kate Winslet la fea
15 Febrero 2007

Kate Winslet es una mujer fea. No lo digo yo –por recurrir a la muletilla favorita de Rajoy–, lo dice de ella el guionista de Juegos secretos, mientras la cámara se desploma en picado sobre la actriz. Incluso las abundantes cejas son utilizadas para despellejarla. En estos casos, nos refugiamos en el clisé condescendiente de la “excelente profesional”. Sin embargo, conforme avanza una película que supone la continuación de American Beauty por otros medios, y a la par que ella disfruta de abundante sexo con un garañón de irrisorias dotes histriónicas, percibo un magnetismo que me cuesta describir. La única superviviente de Titanic me subyuga porque no me enamoraría de ella.
Si nos dieran a elegir, no preferiríamos a Kate Winslet, pero ser abandonado por ella se me antoja un importante descalabro sentimental. La enfrentan a Cameron Diaz en The holiday, y a los diez minutos hemos olvidado a la insípida rubia norteamericana. En la pantalla, baraja una gama de pasiones humanas que sólo puede replicar Cate Blanchett. Y tampoco me olvido de Naomi Watts, pero ambas cuentan con la coartada de la belleza, donde la inteligencia adicional suena a estorbo que el maquillaje no siempre logra disimular.
Kate Winslet nos obliga a replantearnos los cánones femeninos, o la importancia que les consignamos. No hablamos de una asimetría a lo Barbra Streisand, a quien no se le podían mencionar sus irregularidades. Los mestizos solidarios interculturales nos predican una insultante tolerancia hacia los cuerpos menos agraciados, mientras torturan a las maniquíes. Nuestra actriz inglesa de hoy no busca esa piedad, sino que ofrece una alternativa. Nos invade su riqueza de gestos, está llena de expresión. No dejamos de amar a alguien porque cambie, sino porque no cambia lo suficiente. Winslet no es deseada a primera vista, pero sabe desear mejor que nadie. Su poder de fascinación arrastra el desasosiego anejo a una belleza descodificada, a la que no estamos acostumbrados. La belleza con rostro humano, tal vez.


La fama de ser famoso
14 Febrero 2007

Si pronuncio “Angelina Jolie”, el cien por cien de ustedes no sólo saben a qué me refiero, sino que comparten la relevancia global de la persona que encarna esas dos palabras. Algun@s estarían incluso dispuest@s, en determinadas condiciones, a responder a sus requiebros. Si les pregunto cuáles son las tres últimas películas protagonizadas por ese mito, en cambio, sólo un veinte por ciento de ustedes dará con la relación exacta. Y si rematamos averiguando quiénes entre los presentes vieron esas producciones en los cines de estreno –qué menos, como signo de devoción–, la proporción se hunde a menos de un diez por ciento. Es aquí donde interviene uno de los aforismos de Andy Warhol, “una celebridad es alguien famoso por ser famoso”. A nadie le importa a qué se dedica exactamente.
Pasemos al Barça-Santander del último domingo. Los centenares de miles de aficionados en el estadio, oyentes de la transmisión radiofónica o telespectadores darían un año de vida por ver cumplido su sueño de saltar al césped con la camiseta de su equipo, y experimentar las vibraciones de la gloria. Aunque fuera para corretear durante los cinco últimos minutos del encuentro. Sólo un ser humano en todo el planeta tenía acceso a plasmar esa ilusión colectiva, Samuel Etoo. Astuto como todos los famosos, pensó que si tantas personas suspiraban por tener un hueco en el equipo, el deseo en cuestión era una vulgaridad. Para singularizarse, eligió lo contrario que cualquier barcelonista, y se negó a jugar.
Según se comprobó poco después, el gesto de Etoo le garantizó la preservación de su celebridad. Mucha gente se emplea a fondo para ser famosa. Nuestra consigna de hoy es “relájate. No importa lo que hagas, la notoriedad te dará alcance si estás predestinado a ella”. En adelante, el camerunés ha de optar entre prolongar una carrera que le obligará a sacrificarse en el campo –con el consiguiente deterioro de su salud–, o negarse a volver a jugar, para cimentar definitivamente su condición de leyenda. Que consulte a Angelina Jolie.


Sobre todo, no informéis
12 Febrero 2007

Cuando muere en extrañas circunstancias una treintañera bella y famosa, tal que ocurrió la semana pasada con el fallecimiento de Anna Nicole Smith, la brigada de lo periodísticamente correcto exige prudencia, contención y demás zarandajas. No se reclama el respeto a la verdad –que permite sacar en portada un cadáver africano despanzurrado–, sino la sumisión a los privilegios de una casta. Y ya que extendemos el manto protector sobre las celebridades simbólicas, ¿por qué no extenderlo a los poderes efectivos, a la guerra de Irak o a cualquier asunto que afecte a la inseguridad nacional, la lista de los cuales será suministrada por las autoridades competentes?
“No informen a la ciudadanía de lo que saben sobre los poderosos”, qué bello mensaje para inscribirlo en el frontispicio de las instituciones periodísticas. Lo cual no me molesta en mi calidad de intruso en ese gremio, sino precisamente por mi condición de lector. Puedo sobrevivir a los pecados de cobardía que cometo en mi oficio, pero qué sentido tiene consumir una información edulcorada y graduada por sus protagonistas, erigidos en jueces. Por remitirse a otro caso que ha pasado desapercibido, respeto enormemente que una hermana de la esposa y madre de los dos futuros Jefes del Estado concediera una entrevista de varias páginas reproducida en ¡Hola!, donde posaba con trazas de modelo y promocionaba a la empresa en la que trabajaba, todo ello apoyado en la condición de Letizia Ortiz como novia de un señor a quien la entrevistada llamaba “Felipe”. A partir de ahí, deseo saber en qué momento se decide limitar la información sobre esa persona, y quién arbitra esa censura. Todo ello, desde la convicción de que fue importante que nuestros antepasados ilustraran a sus contemporáneos sobre las actividades de María Antonieta. Además, y al igual que ya ocurriera con la desolada boda del Príncipe, las aguas no se han desbordado debido al escaso interés mediático del asunto a debate. Claro que esto también debe ofender a los profesionales de la prudencia.


Amor de gravedad cero

Un estudio de la NASA demostraba que, los problemas técnicos de enviar una misión tripulada a Marte, palidecían frente a los conflictos derivados de la convivencia de los viajeros en tan reducido espacio, durante el tiempo necesario para completar el recorrido. La astronauta que ha perseguido y agredido a otra astronauta, celosa del afecto que compartían por un tercer astronauta, supone la mejor verificación empírica de las conclusiones del citado informe. En condiciones adecuadas de presión y temperatura, cualquier colectivo humano tiende al exterminio. O al enamoramiento, en el supuesto de que alguien pudiera distinguirlos.
Para un astronauta, el seductor “te llevaré a las estrellas” supone una vulgaridad, a la que responder con un cortante “sólo piensas en el trabajo”. La noticia, y este artículo, se deben a que dábamos por sentado que los astronautas se declararían a sus amadas en Power Point, pero nos choca que, en tocando la tecla amorosa, también los campeones de la sangre fría se comporten como adultos. Siempre dispuestas a ser engañadas, las personas se enamoran para lograr la felicidad, un sentimiento anejo a la levedad. En cambio, contraen con su nuevo estado un peso insoportable. Entre los profesionales de la gravedad cero, el amor debería ser un ejemplo de ligereza evanescente. Imaginen nuestro asombro, al ver que actúan con la torpeza que tenemos tan próxima. Satisface aprender que uno tiene madera de astronauta.
El amor ensucia todo lo que toca. La capitán de la NASA que intentó secuestrar, o algo peor, a otra capitán de la NASA, cuenta con esposo y tres hijos. Desde el pragmatismo anejo a los ingenieros, la rival a la que persiguió con saña sólo podía aliviar su sobrecarga sentimental. Por una vez, los varones desempeñan papeles secundarios y pasivos, en esta versión espacial de Otelo. Sí, ya sabemos que eso no mengua su sordidez viril, y que algo habrán hecho el marido y el astronauta más deseado del Universo. Amor, es la única disciplina donde nadie es inocente porque todos son víctimas.


La venganza del canódromo
8 Febrero 2007

No todo el mundo ha reparado en que la detención del alcalde de Andratx se produjo al lunes siguiente de que Cort anunciara la construcción de pisos en el canódromo. Parque inmobiliario tiene en Palma un significado literal, pero los promotores políticos del desaguisado no imaginaron que caería sobre ellos una maldición fulminante por esa fechoría. Siempre he pensado que una persona, una ciudad y mucho más un país, poseen la diversidad suficiente para no generar un rechazo o un afecto absolutos. Un sentimiento rotundo sólo puede ser inspirado por un triángulo o una esfera. Pese a ello, afirmo categóricamente que Cirer desprecia a Palma sin fisuras.
La única preocupación de un alcalde mallorquín consiste en cubrir de cemento su término municipal. Borrachos de destrucción, no contaron con la venganza del canódromo palmesano, sanctasanctórum iniciático para decenas de miles de alumnos de los institutos adyacentes. Han violado un cementerio indio –igual que hace una década ocurriera con el carnaval funerario de Bon Sosec–, soliviantando innecesariamente a los espíritus dormidos. En justa venganza animista, los afrentados han precipitado el desenmascaramiento de las tropelías urbanísticas. En efecto, parece traído por los pelos, salvo que usted consulte a quienes se forjaron en aquellos andurriales pletóricos de simbolismo.
Mezclilla de forma y fondo, Cirer parece ajena a las aviesas intenciones, dado que está vestida siempre de árbol de Navidad dispuesto a invadir Irak. Bajo ese uniforme, destruye con estilo burocrático o machacón, frente a la destrucción impulsiva de Matas y con el mismo resultado en ambos casos. El candor suicida de la alcaldesa no iba a detenerse en el canódromo, cuyos signos sería incapaz de interpretar. Tampoco ha conseguido doblegarlos. Sobre los profanadores se abatirán plagas sin cuento. Deberían dar marcha atrás, pero siempre fueron demasiado soberbios para enmendarse. En cuanto a usted, imagine la Mallorca de 2030, y se sentirá en el paraíso.


ETA, en el centro
5 Febrero 2007

El codiciado centro político tiene un ocupante inesperado, ETA. Se nos ha predicado hasta la saciedad que no podíamos ser equidistantes respecto del terrorismo, pero ahora son los terroristas quienes se han convertido en una realidad interpuesta y a la misma distancia de los partidos mayoritarios, empeñados en resucitar las dos Españas para liarlas o reconciliarlas a trancazos. ETA no es el enemigo común, sino el referente compartido por una izquierda que desea apacentarla, y por una derecha que la necesita intacta para seguirla empleando como proyectil contra sus adversarios.
Al combinarse dos actitudes irresponsables con un denominador común, es obligatorio condescender a que el punto de equilibrio, el centro fugaz, corresponde a los terroristas. La equidistancia de ETA respecto de la sociedad española ha ocupado la calle. La manifestación del pasado sábado no era contra el terrorismo, sino contra Zapatero. Perfectamente legítimo, lo mismo ocurría cuando la derecha organizó manifestaciones homófobas –antes de que buena parte de sus alcaldes oficiaran bodas gays– o contra Cataluña, antes de que el PP aprobara el sentimiento nacional en comunidades de Andalucía a Navalcarnero. En cuanto a la anterior manifestación del Gobierno, ni siquiera empleaba a los etarras como subterfugio.
Desde el punto de vista contable, ETA sólo sirve de referencia central para saber si la derecha puede conseguir más manifestantes contra la izquierda que viceversa, con los ecuatorianos de fulcro a granel del disparate. La imposibilidad ontológica de que PP y PSOE se expresen conjuntamente contra la banda, no es sólo un incidente. A ambos les preocupa más el partido rival que el terrorismo, lo cual no sólo nos obliga a confirmarle el centrismo que ellos le otorgan, sino a replantearnos su importancia. Son más inteligentes quienes se preocupan por su hipoteca. (Con una humilde dedicatoria a Javier Marías, querellado por la asociación política AVT, y a Pepe Rubianes, querellado por la España equidistante).


Imbecilidad emocional
2 Febrero 2007

No sólo leo libros de autoayuda, sino que me los creo aunque, para cumplir con uno solo de sus preceptos, debería dejar de ser periodista y varón. Estos manuales tienen pretensiones igualatorias, a base de serrar las piernas de los gigantes. Por ejemplo, la inteligencia ajena era sumamente molesta, hasta que se le agregó el postre emocional, y se hizo digerible por vulgar. Emocional significa aceptable por todos, solidario, intercultural y mestizo. Se trata de seducir, en el sentido de endulzar y ridiculizar el mensaje que propagamos, un excelente mecanismo compensatorio. Para que cualquier insensatez sea aceptable, basta rociarla con la emotividad suficiente.
La imbecilidad tenía en su contra idénticos argumentos que la inteligencia pero, tras ímprobos esfuerzos, hemos dado con un método enternecedor para distinguirlas. Se supone que el apellido emocional enriquece o gelifica todas las facetas de la vida. Excepto la imbecilidad que, al emocionarse, se hace todavía más insoportable. Trátase por tanto de un estado definitivo, incapaz de matices. Desbordante y contagioso, no tolera bien las restricciones. Adornarlo con elementos sensibles es tan absurdo como buscar un coche en el carril lento de la autopista.
La inteligencia siempre puede empeorar o emocionarse, pero no hay forma de mejorar la imbecilidad. Desata la envidia sin necesidad de aditamentos entrañables, no se halla al alcance de cualquier rastacueros. ¿Qué hacer por tanto cuando la palabra belleza aparece en boca de un imbécil, o cuando proclama su admiración por Picasso o Charlize Theron? Reconocer que algo habrán hecho, porque el susodicho no tiene necesidad alguna de sazonar su cualidad más característica. Inteligencia emocional es la falsa modestia democratizada. En cambio, imbecilidad emocional es una reiteración. Ahora bien, no se desanime si ha decidido escribir un libro sobre ese asunto. Lo comprarán los mismos lectores que se han deleitado con cualquier otra monserga emocional.


La muerte sin pena
1 Febrero 2007

De Juana Chaos acumula los mismos créditos que Jack el Destripador para acceder al martirologio. El terrorista ha elegido su forma de morir, algo que no pudieron hacer ninguna de las 25 personas a las que mató. Su fallecimiento desataría una espiral de asesinatos, pero la suma de estas circunstancias no explica el fervor de quienes desean infligirle tormento. La pena de muerte ha sido sustituida por la muerte sin pena, ejecutada por quienes olvidan que los Derechos Humanos fueron concebidos específicamente para los marginados, o para quienes no los merecen.
Como ya ocurriera en Pinochet, vuelve a detectarse un entusiasmo por castigar a De Juana más allá de la muerte. Los poseídos no están satisfechos por el triunfo de la Justicia, sino por el hecho de que el preso vaya a morir. Volvemos a la paradoja de los pronunciamientos contra la pena de muerte en abstracto, pero a favor de su aplicación en casos concretos -o en masa, caso de Irak-. También la resolución de la Audiencia destila un tonillo extraño, ajeno a la asepsia judicial y más próximo al poder de decidir sobre las vidas y las haciendas.
El primer mandamiento impone “No desear la muerte de ningún ser humano”, y en los casos anotados se pretende esquivar esa ley poniendo especial encono en retirarles la condición humana. No cuela. Y por supuesto que hemos detectado a los glosadores del asesino con alma angélica, o a quienes proponen la piedad por conveniencia política, no más estorbos en el camino de Zapatero porque la muerte de De Juana conlleva su resurrección -véase Sadam-. Conforme avanzamos, reparamos de nuevo en las reacciones netamente hispánicas que estamos describiendo sin descubrirlas. Como le dijo Malraux a Carlos Fuentes, durante una cena en París el día de la muerte de Franco, en España era inevitable un baño de sangre, “porque los españoles son todos unos anarquistas”. Es un milagro que hayamos llegado hasta aquí con bastante paz, lo cual no debiera privarnos de apreciarlo.