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El trabajo os hará felices
1 Marzo 2007

El degenerado Edmund Phelps obtuvo el Nobel de Economía del año pasado, pese a haber proclamado que el trabajo es esencial para la felicidad humana, algo que tal vez sea cierto cuando trabajas de Premio Nobel. En opinión de este pervertido, deslomarse para que otros se enriquezcan supone una “fuente de estimulación mental” y una “realización personal”, la plasmación de la “buena vida” aristotélica. El economista no debe estar muy ocupado, si puede perder el tiempo leyendo a Aristóteles. En todo caso, es una doctrina ideal para predicarla a los trabajadores de Irak.
La asimilación del entorno laboral a un paraíso actúa como una coartada opresora, para lograr que cada vez haya menos sitios donde ser infeliz a gusto. Quien critica la esclavitud se convierte en un inadaptado, y las infinitas contradicciones del pensamiento occidental siempre permitirán encontrar un Aristóteles –o un Bertrand Russell, que compartía esa doctrina– para justificar la tiranía. Se trata de angostar el ámbito en el que un ser humano puede maldecir abiertamente su destino. Los contratos incluirán una cláusula que obliga al asalariado a mostrar felicidad y a contagiarla a su desempeño. Poco importa que el trabajo enriquecedor sea el que no tienes y, probablemente, el que pagas a otros con tu dinero.
Simultáneamente, por lo que no debemos descartar un complot, economistas a la caza del Nobel postulan una módica siesta de quince minutos en el lugar de trabajo. Quienes creían que la universidad de Harvard se dedicaba a actividades de una mínima resonancia académica, se asombrarán al saber que ha dictaminado que quienes pegan una cabezadita sin separarse del ordenador reducen su riesgo de enfermedad coronaria, aunque jamás rebajan el peligro hasta los niveles de quienes no trabajan. Los economistas conspiran para reforzar los vínculos laborales, de modo que el único contacto con el hogar sea la hipoteca. ¿Para cuándo un estudio sobre las virtudes de casarse con el compañero de mesa?.