Se agrava el Estado de De Juana
5 Marzo 2007
Estos días, un guardia civil es asesinado en el tiroteo con unos secuestradores. Uno de sus agresores cae herido en el vientre, y recibe atención en un hospital público, sufragado con el esfuerzo fiscal del funcionario fallecido. ¿Cómo explicarle la contradicción a los familiares de la víctima? El dilema se resuelve con más facilidad al analizar la alternativa: Rematar al presunto asesino, vengarse después con sus allegados, quemar la casa donde vive hasta la raíz, declarar la guerra al país del que procede. La interrupción del ciclo de la violencia siempre es arbitraria, lo lógico sería seguir matando. Curiosamente, se declaran propietarios de la historia de España quienes se empeñan ahora en olvidar su lección más sangrienta. Hace dos sábados, ya confundieron a la Justicia reclamándole venganza. De Juana –el monstruo más fácil de odiar– les aporta la excusa perfecta, pero tenían otras. No vale de mucho recordarles que los derechos humanos sólo tienen sentido si se aplican a los canallas.
Según en él es costumbre, Zapatero ha desactivado una bomba haciéndola estallar. Ni humanitarismo lacrimógeno ni rendición al chantaje pero, en la nebulosa negociación intermedia, ignoramos todavía qué pretendía el Gobierno cuando liberó al etarra de su propia locura. Para no agravar el estado de De Juana, se agrava el Estado de De Juana. Si no se disponía de una contrapartida explícita del entorno de la banda, a qué tal apresuramiento. Repulsivo como un muñeco malencarado de Egon Schiele, y después de acabar con 25 personas, el terrorista decide matar a quien tiene más a mano. No ha conseguido ni el mínimo respeto de la opinión a su ensayo petrarquista de “Un bel morir tutta la vida onora”. En él no cabe el suicidio, sólo el asesinato. El espíritu de la transición reposa en una frase de Felipe González, “no brindo por la muerte de ningún español”. Se refería a Franco, pero sirve aquí perfectamente. (Los familiares del guardia asesinado vivirán su tragedia en silencio, y que no se les ocurra estorbar. Su muerto no es políticamente correcto).
