No insistas, ¿o sí?
7 Marzo 2007
Siempre que me consultan, les conmino a que no se humillen ante otro ser humano, “y menos por amor”. Contribuyo así a restablecer la dignidad del cosmos, desequilibrada cada vez que la contumacia de la persona insistente le hace creer a la insistida que irradia poderes especiales, cuando sólo es la destinataria de un capricho pasajero. Sin embargo, ahora no estoy tan seguro de una doctrina que he predicado con celo apostólico, y la única diferencia es que acabo de leer Una gata sobre un tejado de zinc.
En día tan significado como hoy, propongo dos modelos femeninos sobresalientes, en el ámbito literario. La Tessa Quayle de Le Carré, que Ralph Fiennes llora magistralmente en El jardinero fiel, y la Maggie del drama sureño de Tennessee Williams, que ha conmovido mi dogma. Si nos ponemos españoles, me quedo con Carmen Díez de Rivera y Maruja Torres, pero no me aparten de la tesis central sobre la persistencia. Maggie insiste ante su esposo, el alcohólico Brick, a quien ha engañado. Sin desprenderse jamás del cinismo, lucha con denuedo por lo que cree –Camus despreciaba la esperanza, pensaba que todo lo que vale la pena debe ser conquistado–.
Me parece estarle oyendo, estimada lectora, “se sufre tanto al insistir”. También aquí nos sirve Maggie, que se despreocupa de los latigazos que conlleva su perseverancia. No actúa por altruismo, sino por triunfar en su empeño, y su táctica es la insultante naturalidad. Cuando porfiamos, dejamos de ser nosotros mismos, nos rendimos de antemano. La gata no se traiciona, no se pierde el respeto ni la ironía. Llega un momento en que sufrimos por el varón, el presunto solicitado. Cuesta entender por qué desea recuperar a alguien tan francamente inferior a ella. Por amor aunque, cuando lo expresa, el insistido le replica que “tendría gracia que eso fuera verdad”. La mujer que me viró la opinión no gana a Brick, se gana a ella misma mientras homenajea a su presa, “os dáis por vencidos con tanta belleza”. El orgullo está en insistir. Hablando en pura teoría, claro.
