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El color del pacto
31 Mayo 2007

Para nuestro experimento de hoy, tomaremos a un votante del PP –sirvo yo mismo–, a otro de UM, a un votante del PSOE –sí, hay gente así– y al votante del Bloc. El sufragista conservador sólo tenía un objetivo, contribuir a la mayoría absoluta de su partido. Cumpliendo las órdenes del Matas que ahora recula acobardado, nuestro disciplinado cobaya de derechas intentó encarcelar a Munar, por lo que sabía que su única esperanza radicaba en la extinción del partido vecino. Ni se le pasaba por la cabeza un pacto, o todo o nada. Si ahora blasfemara contra una alianza de centroizquierda, se parecería a quienes juegan a la Lotería y se quejan de que otra persona se quede con su dinero.
En conclusión, el votante del PP ha sido adiestrado durante cuatro años para odiar a su vecino. Por lo que respecta a nuestro votante de UM, se siente presa de una delirante personalidad múltiple. No olvidemos que es un disidente de los conservadores. Hubo un momento en que detestaba a los populares siendo más de derechas que ellos pero, con la incorporación paulatina del mallorquinismo folklórico y de los emigrados del PSM, ha ganado en eclecticismo. El mallorquín que eligió a Munar lo hacía para pactar, y no precisamente con quienes deseaban meterle en la cárcel.
En cuanto al votante del PSOE, y por mucho que rebusquemos entre sus filas, no encontraremos a uno solo que se dirigiera a las urnas pensando en un Govern en solitario. Dado que la izquierda tampoco domina las matemáticas, no podemos ignorar la posibilidad de que un 0.0001 por ciento de socialistas soñaran con instituciones de izquierda pura –más peligroso resulta que algunas candidatas figuren entre estos iluminados–. Los socialistas sabían que su triunfo pasaba forzosamente por Munar. El votante del Bloc tampoco va a confesarlo, pero en su fuero interno fusionaba su papeleta a regañadientes con las de UM. Todos los votantes, excepto los del PP, eran conscientes de que su voto se encaminaba a un pacto. Recuérdelo, cuando le sermoneen sobre la única alianza lógica.


Pactar con UM (Una Mujer)
30 Mayo 2007

He intentado pactar centenares de veces con UM –siglas de Una Mujer–. Siempre he fracasado, por lo que de mi experiencia pueden extraerse enseñanzas sobre el comportamiento a evitar en casos similares. Por ejemplo, no traer a colación bajo ningún concepto los pasajes oscuros de su biografía. UM jamás perdona un reproche. Antes al contrario, UM ha recibido siempre un piropo de menos. No se olvide de mimarla, no espere ser jamás reciprocado con dulzura.
Para UM, los detalles son más importantes que la visión global. Resuélvale el problema de mañana, no intente impresionarle con la amenaza de la aniquilación nuclear del planeta. Andese con ojo a la hora de seducirla con abalorios. UM puede estimar el precio de un obsequio a simple vista, así como la marca y sobre todo la caducidad del regalo. La bulimia de UM es exigente. Tiene que conseguir todo lo que quiere, pero ha de pensar que le ha costado hacerlo. Su combatividad procede de la atmósfera reivindicativa instaurada por la ideología feminista. Recuerde que UM no es conservadora ni progresista, todo depende del interlocutor frente a quien se encuentre.
Por veterano que usted se sienta en estas lides, UM ha sobrevivido a más intentos de seducción de los que usted ha protagonizado. Ambigua a muerte, cuando UM dice que sí es que no, cuando dice que no es que no, y cuando no dice nada, también es que no. Ante UM hay que negar la evidencia de agravios anteriores o simultáneos. Sin embargo, todavía le enternecen las lágrimas humillantes –”si me dejas, me hundes, me encerraré en mi palacete y no saldré jamás”–. No compita descaradamente, aprenda a ignorar sutilmente a los otros pretendientes de UM. Nuestra autoconfianza puede hacer mella en UM, que no está acostumbrada a toparse con el menosprecio. Jamás espere una debilidad de UM y, aunque crea haber sellado el pacto con ella, no le dé la espalda ni después de haber firmado el documento oportuno. Con UM, todo lo que pueda irle mal, le irá peor. A usted, nunca a ella.


Siempre pierdo
28 Mayo 2007

Las elecciones equivalen a mirar el termómetro para saber si hace calor. A menudo, votar se limita a confundir el amor por la libertad con el odio al amo. En mi caso, no necesito consultar el resultado. Siempre pierdo. Gane quien gane, se cumple esa profecía mezquina y raquítica. Admito que aguardo el desenlace aterrado, no fuera a invertirse la ley a que vengo tan acostumbrado. Una victoria inesperada me sorprendería sin ropa que ponerme. Nunca ha sucedido, hasta la fecha. Tampoco me da llorona tras la derrota. Por si votar de una tacada a Cirer, Estaràs y Matas no fuera frustración suficiente, encima hay que lamentar su fracaso. Excepto yo, que he perdido cada vez desde que tengo uso de memoria.
Funciono por objetivos. Me propongo un número determinado de fracasos al año, que deben cumplirse a rajatabla. La ventaja de unas elecciones es que cubres de una tacada el cupo anual de desastres.
Además de que siempre hay una visita a las urnas a mano, la derrota obligatoria permite reflexiones huesudas durante la resaca electoral. Por ejemplo, concluir que la democracia no nos trata con el respeto que merecemos –ahora mismo dudo si la frase es mía o de Chomsky, pero me la apropio sin más–.
Confieso públicamente mi servilismo hacia las derrotas electorales. Si he apostado desde el principio por el perdedor, no necesito justificarme. Si gana por accidente, pierde al instante todo su mérito. Como buen fenicio mallorquín, en cuanto consigo una cosa, la cambiaría por otra. Además, en las elecciones pierdes menos amigos –la victoria los trastorna– que enemigos, y qué sería de nuestra vida sin ellos. Cuando no me queda más remedio que confesar a qué me dedico, algún espíritu descarriado insiste en saber en qué consiste mi profesión. Pues bien, el periodista es la persona que pierde elecciones. Si gana una elección, aunque sea una sola, está perdido. En su alma ha entrado el germen de la corrupción. Claro que un contingente notable de periodistas conviven con ese bicho muy a gustito.


Mi voto
24 Mayo 2007

Mis artículos influyen menos que cero, pero cuando voto soy infalible. Nunca habrán contemplado ustedes una determinación pareja ante las urnas. Escribo con la despreocupación de un dilettante, pero al votar me transformo en un asesino. Mi aire decidido ha hecho temblar a más de un presidente de mesa, suerte que los receptáculos no son de cristal. Qué placer, actuar sin obsesionarme con el encaje teórico de mi sufragio. En cuanto unidad indisoluble, un voto no puede ser analizado. El problema surge a partir del segundo.
Me equivoco tres veces por línea, pero mi papeleta es inapelable. Si el amor se decidiera en las urnas, ahora mismo estarían leyendo a Casanova. Recupero la naturalidad y soy consciente de mi poder un día cada cuatro años, en el preciso instante en que mi voto neutraliza al de cualquier candidato. Nadie podría distinguirlos en su contenedor. Se trata de un espejismo, pero eso no impide disfrutarlo. Todo habrá cambiado el lunes, cuando la relación volverá a ser de un millón a uno para los gobernantes. El 27-M es un día de carnaval. Los siervos se enseñorean de la ciudad y se hacen pasar por amos. Por dura que sea la resaca, que nos quiten lo bailado.
En Balears, el 27-M es la convocatoria mejor informada de la historia autonómica. Nunca se había registrado una mayor proporción de ciudadanos conscientes de lo que está en juego. La mentalización ha hecho innecesario el aparato mediático y promocional de los partidos. El paisaje está ahí fuera, a menudo por desgracia. En una sociedad que sólo adora al becerro del escepticismo, estos días no da buen tono declararse abstencionista. Los habrá, pero sin presumir por vez primera de su opción victoriosa. Ni siquiera la certeza de que nada cambia cuando todo cambia sirve de factor disuasor. No me frena la esterilidad preventiva de mi voto, ni siquiera la cantidad daña mi calidad. Mi voto derriba y consolida gobiernos, solo o incluso en compañía de otros. Nunca te quedarás corto censurando mis papeles, pero ni se te ocurra menospreciar mi papeleta.


Candidatos en ‘off’
23 Mayo 2007

Ningún conocedor de la clase política entenderá jamás el aura elitista de los periodistas que cubren ese corral informativo. Intelectualmente, el concursante más desafinado de Operación Triunfo es preferible a departir con un conseller. Sólo los futbolistas ocupan un escalón inferior en la cadena de las obviedades. La igualación de los políticos no se da en la corrupción, sino en el aburrimiento que provocan. Durante la campaña, se acentúa el suplicio de la convivencia entre informadores y candidatos. La ciudadanía alberga la sospecha de que la verdad se oculta en las confidencias entre bastidores. Siento decepcionarles de nuevo. El subterráneo off the record es más deprimente que los mitines a micrófono abierto.
“En confianza”, susurra el candidato mientras te agarra del brazo. Salivas ante la expectativa de una crítica a la cúpula de su partido, un tímido remordimiento. Pues no. Te ensarta la euforia de que sus actos los sigue “más gente que nunca”, y la cantinela de que “las bases están muy motivadas”. Por razones obvias, yo sólo convivo con candidatos del PP, pero me consta que el fervor es compartido en todos los cuarteles. Un clásico electoral afirma que “estamos muy contentos, sobre todo cuando comparamos la movilización con la pasada campaña”. Entonces, ¿por qué en la “pasada campaña” ya hablaban del inigualable fervor popular?
El dopaje de su entusiasmo proviene de unas encuestas esotéricas, cocinadas por un brujo y que, a través de alguna ley trigonométrica, rinden resultados estratosféricos. Y falsos, huelga añadir. No he conocido a una sola persona que, tras acceder a un cargo, no se convierta en un perfecto imbécil, pero este billete es para comunicarles que sólo hay algo más peligroso que creer a un político, y es creer a un candidato. Ante el fanatismo desbocado, de nada serviría que el periodista intentara convencer a los que siempre pierden de que pueden perder, y a los que siempre ganan de que esa ley falla de vez en cuando. Baste el consuelo de que, antes de engañarnos, los políticos ensayan engañándose a sí mismos.


Que viene el Coco
21 Mayo 2007

En Mallorca no es un loco solitario quien grita alegremente “que viene el lobo”. Miles de mallorquines anuncian a coro “que viene el Coco”, fundiendo las iniciales de Corrupción y Construcción. Otro contingente reseñable se encoge de hombros en un ambiguo “pues que venga”, y algunos cientos están encantados de acoger al Coco corrupto y construido en sus hogares, bufetes y ayuntamientos, con resultados de sobra conocidos. Las elecciones del próximo domingo efectuarán la distribución de la ciudadanía entre las diferentes posturas apuntadas.
La denuncia no siempre cura, y a menudo oculta el problema que señala. Por ejemplo, en un par de años desaparecerá la palabra construcción –la mitad del Coco que viene–, para ser reemplazada eternamente por el más apropiado vocablo de “destrucción”. Sin embargo, el cambio de denominación no atenuará la lacra. Porque fuimos los primeros en enriquecer, también lideramos el recuento de catástrofes asociadas. Ha llegado un momento en el que, para mantener los índices de riqueza, hemos de robar más de una vez la misma cantidad.
Tanto en la guerra de Irak como antes en la de Vietnam, la población estadounidense se opone a la contienda con más vehemencia que sus políticos de cualquier bando –Estados Unidos no hubiera abandonado Bagdad con Kerry, simplemente hubiera buscado fórmulas más apacibles–. Lo mismo sucede en Mallorca con el Coco construido y corrupto. Los apostólicos amigos de las componendas se empeñan en escindir el Coco en dos mitades, una buena –que no tiene por qué ser la construcción– y la otra perversa. Se equivocan a sabiendas. No hay Co sin co. No es la construcción quien nos ha llevado a la corrupción, sino la corrupción quien ha hallado un cobijo ideal en la construcción, su Coco y su cocoon. Que viene el Coco, gritan hoy los mallorquines de todas las religiones. Hasta que ocupan el poder, y se empeñan en negociar con él. Ya llega, la única duda es saber si se le adelantará el cambio climático.


Las elecciones próximas
17 Mayo 2007

Vivimos en régimen de campaña electoral permanente. No se habían dilucidado las elecciones francesas –que experimentamos como propias gracias al apasionante duelo entre Ségolène Royal y Cecilia Sarkozy–, cuando ya andábamos inmersos de hoz y coz en las autonómicas y demás patrias chicas. El tópico más reiterado en estas fechas apunta que se debería votar atendiendo a criterios de proximidad, a traducir por criterios mortalmente aburridos. Se deja implícita la exigencia de aparcar por unos días el sempiterno duelo Zapatero/Rajoy, para hacerse un poco más pueblerinos.
Por desgracia para los académicos, nada hay más próximo que el duelo Zapatero/Rajoy. Lo tenemos metido en el salón de casa a diario, a través de los medios. Esos inofensivos personajes son mucho más cercanos que nuestro alcalde, según se demuestra al evaluar los índices de conocimiento. De hecho, nos generaría notable inquietud el ser humano que nos confesara que Cirer le parece más interesante que el presidente estatal de su partido. Gracias a este poderoso argumento, Charlize Theron se halla más cerca de mí que cualquiera de mis vecinos. Casi puedo tocarla.
La política de proximidad es un camelo, para que nos desvelemos por unos candidatos tan empequeñecidos como si se hallaran a millones de kilómetros de distancia. Si ya cuesta saber cómo se llama el ministro de Transportes –o si lo hay–, quién va a entretenerse con el concejal transportista de su pueblo. Sólo hay algo más próximo que Zapatero/Rajoy, y es la vivienda que arrastramos, crucificados a ella en forma de hipoteca. Hablando de inmediatez, suspiramos por tener en las cercanías a los banqueros que han creado ese sistema de exacción, y no precisamente para votarles. En las campañas políticas a que venimos condenados, la proximidad sería una razón para no acercarse a las urnas. La verdadera democracia de intimidad se implantará cuando podamos votar en las elecciones estadounidenses. Del vecino Bush sabemos hasta el nombre de su perro, Barney.


Lo que dicen las encuestas
16 Mayo 2007

Las encuestas sólo son fiables en aquellos resultados para los que no necesitamos encuestas. Verbigracia: El PSOE no tendrá más votos que el PP en Cort, ni la derecha superará a la izquierda en Menorca. Sin embargo, las cosas superfluas deben examinarse con sumo cuidado, para perfilar oráculos que serán decisivos así que pasen diez días. Por ejemplo, los encuestados refrendan que Antich es un pésimo candidato, aunque su trabajo entre bastidores sea imprescindible para refrenar a los corceles que piafan hacia el radicalismo. También hemos aprendido que Estarás es peor que Matas –son tal para cual, que nadie nos acuse de extremismo–, otra demostración de que el elector no sólo es más espabilado que el elegido, sino más despierto de lo que el elegido cree.
Las encuestas se han desvirtuado porque los sondeados ya no manifiestan su voto, sino que lo adaptan al resultado que creen previsible. Responden con espíritu quinielístico. Aun así, se advierte en Balears un descontento apelmazado con el paroxismo urbanizador. Confirmamos que Cirer no ha crecido como alcaldesa ni Matas como president, aunque esté a su alcance revalidar las mayorías absolutas que pertenecen en exclusiva a su partido. Aina Calvo encandila a quienes la conocen –y mucho más a quienes la comparan con la actual alcaldesa–, pero ese deslumbramiento no se propaga precisamente a la velocidad de la luz.
No necesitamos una encuesta para percatarnos de que Joana Barceló es el cargo público más apreciado de Balears, pero la reiteración de los sondeos obliga a plantearse por qué sólo es candidata a Menorca. Y llega asimismo a los sondeos el oleaje del malestar en Eivissa, por encima de la ideología. En su primera encarnación, Matas convocó a los antidisturbios en Felanitx, y esa prepotencia le costó el cargo. En esta legislatura ha necesitado la fuerza bruta en las autopistas ibicencas, y ahora reza para que el olvido todo lo cure. El último dato no lo encontrará en ninguna encuesta. Al PP le conviene que no aumente la participación de 2003, un 63 por ciento.


Matas se exhibe
14 Mayo 2007

Tratándose de mallorquines, la mayoría de nuestros compatriotas no entienden qué necesidad tenía Jaime Matas de comprarse un palacete tan barato, en pleno fragor de la contienda electoral. La perplejidad de la parroquia demuestra que no ha captado al gran exhibicionista que anida en el providencial president. Tampoco era imprescindible que escribiera de su puño y letra el acta fundacional de Operación Mapau, ni que presumiera en el Parlament de tener espías, mientras enarbolaba los documentos de Bitel. Tampoco era forzoso arrasar el entorno de La Real o la Eivissa asfaltada, pero cómo iban a enterarse si no los vecinos de quién manda aquí.
Nadie le exigiría al matón de la clase que hiciera sus perrerías a escondidas. Matas es un sucedáneo bajito de Zaplana, y considera que el exhibicionismo a la madrileña ultranza figura entre las prebendas del cargo. No quiere fingirse virtuoso, sino proclamarse por encima de las convenciones que rigen para quienes tienen el honor de convivir con él. Hay varios mallorquines en idéntica situación palaciega, pero el palacete incumple su cometido si no logra que la desfachatez presidencial sea aplaudida por la comunidad entera, asfixiada por las hipotecas.
Matas no contaba con el éxito masivo del palacete, que ha conllevado algo parecido a una demanda de explicaciones. Lo más duro no ha sido la polémica –ni mucho menos pagar la residencia de 800 metros, sea cual sea su coste real–, sino rebajar la ostentosa propiedad a modesto pisito. Te mudas para apabullar a tus conciudadanos, y acabas simulando que vives en una comuna, al borde de recabar una suscripción popular para sufragar tu residencia. Al president le han chafado su maniobra exhibicionista. No se discute ya si puede puede pagarse un palacete cuyo precio de mercado multiplica sus ingresos, pues esa circunstancia ha quedado harto establecida. Al igual que en Bitel o Mapau, asistimos solamente a otro debate sobre si Matas se saldrá con la suya en su última exhibición. Siempre lo ha hecho, hasta ahora.


Bueno, bonito, más barato
10 Mayo 2007

Pueden ustedes imaginarse la decepción de un centroeuropeo a quien han vendido Mallorca como un paraíso, cuando desembarca y se la encuentra sembrada de mallorquines. Sí, alguna vez se habrá cruzado usted mismo con alguno de esos seres pegajosos, que se creen con derechos sobre la isla por haber nacido en ella. Los extranjeros no los quieren ni regalados, y el Govern –a quien mortifican igualmente– ha decidido paliar su impacto negativo. A falta de eliminarlos físicamente, los ha liquidado económicamente.
Los mallorquines empobrecen el producto inmobiliario de Mallorca, hasta ahí podíamos llegar. El Govern combate esta depreciación editando una Guía práctica para negocios e inversiones, donde enfatiza los ínfimos salarios pagados en la isla. Se regodea en ellos para que saliven las fauces del depredador exterior. Los mallorquines no servimos para nada, pero salimos baratos. Se destaca que percibimos la mitad de lo que cobra un trabajador de la Unión Europea. Dado que la región empata con Europa en renta, pueden imaginarse la obscena concentración de la riqueza en manos de quienes pueden pagarse un palacete.
También somos casi un 20 por ciento más baratos que la media española. No lo digo yo –como diría Rajoy–, lo dice el Govern autóctono. Curiosamente, ese desfase en las remuneraciones no se da entre los cargos autonómicos. No existe en las consellerias ni un director general –o asimilados en el nivel de incompetencia– que cobre un 20 por ciento menos que sus colegas de otras regiones. Y estamos hablando de sus ingresos reconocidos. A cambio de un salario esmirriado, los nativos todavía poseen el engorroso derecho de voto, pero también eso puede solucionarlo un ejecutivo que ennobleció Operación Mapau. Gracias a que nos conformamos con cualquier cosa, dejaremos de ser una molestia para los inversores y, sobre todo, para los gobernantes. El mensaje está grabado en cualquier valla a su alrededor: “Mallorca funciona, que los mallorquines se las apañen como buenamente puedan”.


La paridad hereditaria
9 Mayo 2007

Ségolène no perdió las elecciones por ser mujer, sino por tener enfrente a un candidato excepcional como Sarkozy –la antítesis de Rajoy, ya que estamos–. Sin embargo, es posible que la aspirante socialista hubiera caído ante cualquier otro rival, y ahora sí por su condición femenina. Las presidenciales francesas han estado teñidas de paternalismo machista, desde las envenenadas declaraciones de correligionarios socialistas como Fabius –“¿quién se cuidará de los niños?”–, a la displicencia de Bayrou tras el debate –“es necesario considerar que se trata de una mujer, por lo que me dirigí a ella con respeto y tolerancia”–, o a la reacción final del ya presidente a un exabrupto de Royal –“lenguaje impropio de una mujer”–.
Las mujeres han sido jefes de Estado sin problemas en países como el Reino Unido, Holanda o Dinamarca. En efecto, todas ellas gracias al árbol ginecológico coronado. Del mismo modo, Leonor o Sofía junior son aptas para reinar en España, donde ninguna mujer ha ocupado  la Moncloa ni se la espera. También Ségolène es hija de un rey, François Mitterrand, pero en Francia no rige la sucesión dinástica. Sólo la herencia es paritaria en el Occidente que presume de avanzado. Habrá una Hillary Clinton porque antes hubo un Bill.
En los sondeos previos, Ségolène se imponía en los estereotipos femeninos –sensibilidad social, diálogo–, mientras que Sarkozy descollaba en los tópicos masculinos –autoridad, seguridad–. En principio, la mitad de quienes efectuaban esas valoraciones eran mujeres, dado que conforman esa cuota del electorado. Por tanto, no resulta descabellado afirmar que las francesas consideran que las francesas son inapropiadas para presidir Francia, aunque se apelliden premonitoriamente Royal. Ahora, Sarkozy impondrá un gobierno paritario a una población femenina que ha votado que no lo desea. Esta coacción machista es lo más próximo a la paridad hereditaria. Suerte que, cuando una mujer ocupa un alto cargo, lo hace tan mal como los varones, y las electoras se tranquilizan.


La felicidad penal
7 Mayo 2007

Le debemos tanto a las personas tristes –Cioran, Cohen– y, en vez de agradecérselo compartiendo su desazón, nos abalanzamos sobre la felicidad como si fuera un objetivo pertinente. Se insiste en los logros de la industria alimenticia a la hora de abastecer a una población ingente, cuando lo meritorio es que, por primera vez en la historia, el planeta dispone de pastillas suficientes para hacer felices a seis mil millones de personas, aunque sea a cambio de arrasar con la condición humana.
Los antidepresivos y demás farmacología cosmética han acabado con la tristeza, pero su efecto equivale a tirotearla. Habermas se pregunta qué porcentaje de personas intolerantes puede admitir una sociedad, pero es más urgente calcular la proporción de seres dichosos a toda costa que pueden convivir sin llevarnos al desastre. La felicidad es insolidaria y, si se evaluara con algún rigor el daño que hacemos cuando intentamos alcanzarla, esa actividad sería incluida en el Código Penal.
En nuestra militancia en pos de la felicidad, dejamos el camino plagado de víctimas de nuestro empeño. Sobre todo, porque nada nos proporciona tanta satisfacción como la desgracia ajena, siempre insuficiente para propiciar nuestra ventura. La sensibilización global, aneja al cambio climático, aporta el ambiente óptimo para apreciar la función ecológica que cumplen las personas decepcionadas. Una escalada irresponsable de la alegría sería fatídica. Un mundo feliz constituye una frase tan utópica que ni siquiera se corresponde con la traducción fiel del original, Brave new world. Sin olvidarse de los factores estéticos. La felicidad es tosca, la tristeza implica un refinamiento espiritual. Y como será lo único que va a convencerles, acabaremos hablando del precio. Santa Teresa ya nos advirtió de que las plegarias atendidas provocaban un mayor derramamiento de lágrimas, y no se refería a los daños colaterales sino a los alicortos. La broma en que nos han metido no merece ser tomada en serio, pero ser felices equivale a aplaudirle el gusto al dramaturgo.


Mallorca tripartita
3 Mayo 2007

Gomaespuma emitía la semana pasada su programa radiofónico vespertino desde Palma. En la entrevista ritual a Jaime Matas, le preguntan qué pasa en Mallorca, porque habían volado de Madrid a la isla con más policías que asientos tenía el avión. El president vacila y balbucea, sin entender demasiado a sus interlocutores. El enigma se resolvería al día siguiente, cuando los cuarenta agentes alojados en el hotel Saratoga registran el bufete Feliu, a unos metros de distancia.
Matas, el perpetuo entrometido, ya es curioso que los principales implicados de Operación Relámpago estén vinculados al PP. Para el anecdotario, cuando se difundieron los datos sobre la intervención de un importante bufete de abogados, el registrado no encabezaba las quinielas confeccionadas por la parroquia. A continuación, los perpetuadores de la casta intocable de los brahmines invierten el argumento de su invulnerabilidad, para insinuar que se les acusa precisamente por el abolengo de su árbol ginecológico. Los plebeyos debemos pedir perdón, ya estamos acostumbrados. En ningún momento se ha pretendido insinuar que la proporción de presuntos delincuentes sea mayor entre esos apellidos deslumbrantes que entre los García o los Vallés, por ponernos en el colmo de la vulgaridad.
Con el tiempo, de estos apaños linajudos sobrevivirá una imaginativa solución a la escasez de suelo, vender Mallorca por triplicado a incautos sucesivos. La isla tripartita, el fomento aristocrático del sistema okupa. Esperemos que los terratenientes de postín como Matas no se vean salpicados por este nuevo hábito. Quién le asegura que, en la rocambolesca operación de compraventa del palacete, algún espabilado no lo haya revendido, y que el día menos pensado se encuentre con una familia alemana y sus churumbeles, todos ellos alojados en su casa. Nada puede sorprendernos, en el país donde la secretaria de un bufete compra una casa de 600 millones de pesetas en Calvià, y declara que “no sabía dónde estaba”. Quién necesita más información sobre sus jefes.


La segundona
2 Mayo 2007

La principal discriminación en la sucesión a la corona no tiene que ver con el sexo, sino con el orden de nacimiento. Algún día se consensuará un cambio constitucional, que otorgue el trono “indistintamente al hijo o hija primogénito de Letizia Ortiz”. Los gregarios sonreirán beatíficos, sin darse cuenta de que mantienen vigente el mayor agravio comparativo, el que consagra la primogenitura. ¿O todavía hay alguien que crea que Felipe de Borbón es el heredero por su condición de varón? Si la niña Sofía desemboca en una mujer prodigiosa, y Leonor acaba pareciéndose al resto de nosotros, quién va a explicarle su arrinconamiento a la segundona. Sí, se puede vivir muy feliz sin reinar, sobre todo si no tienes ninguna posibilidad de hacerlo.
La abrumadora discriminación entre géneros omite la sima que abre la herencia regia en el seno de cada uno de ellos. El desinterés olímpico del abuelo por Sofía, como si sólo se apellidara Ortiz, es un primer síntoma del drama que acecha a la recién nacida. Esperemos que no se llegue al tremendismo del Reino Unido, donde envían al segundón a la Guerra de Irak para multiplicar las probabilidades de que Al Qaeda evite un conflicto sucesorio. Si se le encomienda la educación de la nueva infanta a Constantino de Grecia, todo está perdido.
En este siglo televisado, una segundona no reinante está condenada a hundirse en el sobrepeso, o a participar en La selva de los famosos junto a los familiares de folklóricas. Si es brillante, la acusarán de pretenciosa y de codiciar el trono. Si es mate, se cebarán en sus carencias como justificación de la primogenitura. Leonor fue una reina sin papeles –amenazada por un futurible hermano–, Sofía ni eso. Los príncipes seguirán teniendo hijos hasta que acierten con un varón, y las feministas deberán congratularse de que Letizia escogiera la única profesión en que la maternidad mejora las expectativas laborales de la mujer. Se impone un concurso fraternal porque, créanme, un primogénito no es garantía de nada. Y debería saber de qué estoy hablando.