El artista del fotomóvil
30 Julio 2007
El concierto del año ya tuvo lugar, el pasado sábado en Bellver. Tocaban algunos Tindersticks, campeones de las canciones indistintas. Soberbio, a falta de dilucidar por qué el ingeniero de sonido desfiguraba la voz del solista, más allá de la obligación de maltratar a los espectadores de pago. No fue el mayor inconveniente para quienes estaban sentados detrás de algún artista del fotomóvil, curioso especimen que aplaca su aburrimiento en las actuaciones a base de captar fotos magistrales con su artefacto. No aspira a inmortalizar el evento, sólo a imponer su real gana.
Si se limitara a dormir o a ingerir drogas, no habría nada que objetar, pero el artista del fotomóvil se contorsiona, saca su artefacto por encima de la cabeza o a los lados. Es decir, hace lo imprescindible para que el espectador de pago situado detrás de él se desentienda de la actuación, y suspire para que se materialicen las leyendas urbanas sobre la radiactividad letal de los móviles. No sólo está obligado a contemplar el espectáculo bajo el encuadre del genio de la cámara, que le ciega cualquier otra perspectiva. Además, se ve deslumbrado por el foco que ejerce de pantalla.
Los artistas del fotomóvil desaparecerían como por ensalmo, sin más que obligarles a cubrir por un día la rutina de un fotógrafo profesional. Con todo, no queremos frustrar el destino final solidario de sus imágenes –“mira, abuelita, las fotos de Tindersticks que me pediste”–. Aceptemos que, cuando reproducirse es más importante que sobrevivir, reproducir es más importante que vivir. Simplemente, solicitamos que se concentre a los artistas del fotomóvil en un lugar predeterminado del patio de butacas, o de sillas de plástico. Allí, los Cartier-Bresson y las Leibovitz se martirizarán mutuamente, mientras dan rienda suelta a su creatividad. Disfrutarán de una pasión artística adicional, la de paparazzi aporreándose por lograr fotografías que no interesan a nadie. Y si piensa que no podemos empeorar, espere a que se invente el móvil que hace radiografías, en claro homenaje a La montaña mágica.
Que me lo hagan a mí
27 Julio 2007
Entre los argumentos para censurar una portada en la que aparezcan desnudos Letizia y su marido, el más absurdo se basa en que “imagina que me lo hagan a mí”. He escuchado esta frase a menudo en las últimas fechas, con la sangre fría y la piedad suficientes para no endosarle a su autor la única respuesta posible:
–A ti sólo te sacaría desnudo en portada una revista que deseara vender trece ejemplares, tirando por alto.
Recuerdo una cena en Palma con Miquel Roca Junyent, en la que el político catalán se empleó a fondo contra las escuchas telefónicas que habían tenido lugar en un periódico barcelonés. Entre los
comensales figuraba un hotelero mallorquín –toda una categoría intelectual, que nos exime de mayor precisión en el retrato–, el cual nos endilgó un sermón furibundo con el estribillo de “imagina que me lo hagan a mí”. No se me ocurre qué tipo de degenerado arrastraría una existencia lo suficientemente aburrida, como para desperdiciarla fisgoneando en la anodina intimidad de nuestro insigne empresario. Casi puedo verlo rastreando artilugios microfónicos bajo la cama, antes de discursearle a su santa sobre los peligros de la izquierda.
Si alguien pide el precio de un objeto de lujo, es que no puede pagarlo. Si alguien imagina afrentas a su dignidad, es que no puede sufrirlas. El honor calderoniano es otra farsa para privilegiados que pagan los ciudadanos, engrasando con sus impuestos una pesada maquinaria judicial que ha de decidir si comentar los presuntos granos de Isabel Preysler conlleva una indemnización multimillonaria. La honorabilidad se mide por su contrapartida, el interés ajeno en vulnerarla. Sólo eres importante cuando te insultan, y la jerarquía consiguiente viene establecida por la intensidad del agravio –mi mayor trofeo sigue siendo “bastardo centroeuropeo”, a cargo del Lobby por la Indiferencia–. La denuncia ante los tribunales acrisola ese escalafón. Quienes se creen indemnes, no es porque tengan su dignidad a buen recaudo. Simplemente, no tienen honor que valga.
Las letras de oro de Polanco
25 Julio 2007
Todo el mundo atesora una anécdota sobre Polanco, pero ninguna alcanza a la mía en minimalismo. Ni me conocía ni me había visto jamás cuando, en un salón madrileño al que él acababa de acceder, se dirigió a mí con un sonoro “Oye, Matías”. Los relatos deben acabar bruscamente, pero les interesará saber que el empresario ahora fallecido quiso comprar este periódico, una voluntad que encarece al objeto de su empeño. Pese a no haberlo logrado, el año pasado pronunció un discurso en el que afirmó que “el nombre de Diario de Mallorca se inscribirá con letras de oro en las hemerotecas mundiales”. Para un editor, ha de ser difícil elogiar con semejante rotundidad a una escudería ajena, por mucho que la aprecie. Máxime cuando ha de hacerlo delante de Zapatero, Rajoy, Manuel Marín, Ruiz Gallardón, Esperanza Aguirre y Rubalcaba, todos ellos presentes en el acto citado. En ese momento, les estaba alabando a ustedes como lectores, y me liberaba ahora de cualquier pretensión de imparcialidad. Por eso, debo rogarles que me crean si les digo que me pareció una persona a la que nadie se atrevería a engañar.
Entre las virtudes que han llovido sobre Polanco después de su fallecimiento, he echado a faltar un mayor énfasis en su inteligencia, porque es un mérito que a los periodistas les cuesta entregar a los empresarios. Los valores que defiende la prensa siempre están amenazados, a menudo por sus propios defensores. Es una de las paradojas de un negocio o servicio que consiste en morder la mano que te da de comer, véase los anunciantes. Los periodistas son anarquistas inconfesables, a quienes todavía les cuesta más admitir que reclaman un poder fuerte en su ámbito. La mejor definición del diario de que estamos hablando sin nombrarlo la dio Aranguren, al denominarlo un “intelectual colectivo”, ente que abarca a sus lectores. Polanco fue el fabricante visionario de un concepto vigente, incluso o sobre todo en manos de quienes lo atacan. Sin El País, éste sería otro país. Casi ningún presidente del Gobierno puede afirmar lo mismo de su gestión.
El rey está desnudo
23 Julio 2007
Entre príncipes y bufones debería reinar una solidaridad gremial. Comparten el privilegio de imponer y proponer su santa voluntad, respectivamente. Son personajes de ficción que un juez se ha tomado demasiado en serio. Por ceñirse a los hechos –sempiterna exigencia de la esfera judicial–, millones de personas en todo al mundo examinan con pasión una portada de El Jueves, condenada hace una semana a la indiferencia de unos miles de lectores. Conde-Pumpido, siempre al frente de un estropicio, ha dañado quizás irreversiblemente el honor de las personas a quienes pretendía defender. Con la mayúscula torpeza jurídica que seguramente le ha ganado el cargo, ha convocado un inesperado referéndum sobre la monarquía. ¿Los resultados? El 77 por ciento en contra de su sobreprotección en El Mundo, el 84 en El País.
Quienes no sabemos dibujar, nos echaremos a temblar cada vez que tengamos que escribir que “el rey está desnudo”. La fiscalía ha convertido una zafiedad en una heroicidad, sin reparar en que la prensa española no estaba dispuesta a incurrir de nuevo en su vergonzoso comportamiento con las caricaturas de Mahoma –El Jueves no estuvo allí corajudo en exceso–, donde hasta Benedicto siglo XVI tuvo que darle una lección de integridad. El magistrado Del Olmo fue virulentamente atacado por los medios durante la instrucción del 11-M, y nadie está blindado contra la reacción psicológica. Su decisión flamígera ha dañado su trabajo en la matanza. Dada la reacción popular, al Gobierno se le habrán quitado las ganas de poner a prueba la fortaleza de la institución que alberga la Jefatura del Estado. En otra paradoja de la censura, la Constitución mantendrá durante mucho tiempo su contradicción machista. Procede acabar con otro juez, Louis Brandeis, cuando afirmaba en el Supremo norteamericano que “la publicidad es el remedio de las enfermedades sociales, la luz del sol es el mejor desinfectante”. La portada sólo ha de justificarse ante este interrogante, ¿la princesa puede ser desnudada porque es plebeya?
Bienvenidos a la mafia rusa
19 Julio 2007
La mafia rusa es una ONG, encasillamiento que ya avala su peligrosidad intrínseca. Al igual que numerosas empresas de ese ramo, su funcionamiento consiste en captar subvenciones públicas, que se multiplican en beneficio de los gestores de la organización solidaria. La Russkaya Mafiya comparte objeto social con las iniciativas altruistas –adopciones, ayuda a zonas deprimidas–, si bien ha perfeccionado los mecanismos de cobro, con una garantía de retorno y unos métodos de exacción que envidiaría la banca occidental.
Esta semana se ha imputado a la cúpula de la subdelegación del Gobierno en Barcelona, por colaborar con el gangsterismo en la campaña “España da la bienvenida a la mafia rusa”, mediante la cual se aligeraban supuestamente el papeleo de sus miembros. Nadie se merece un permiso de trabajo antes que un mafioso ruso, pues el gremio acredita una productividad que llevaría a España al G-8 en un santiamén. Podría hablarse de escándalo, salvo que no se ha producido una sola dimisión. Ni siquiera la del mayor implicado, pues fue promovido a otro momio con el tiempo suficiente para que su detención no salpicara al Estado.
La omisión de responsabilidades demuestra que los métodos de la mafia rusa han arraigado en la Administración, por lo que cabe hablar de éxito en la campaña de acogida de mafiosos. Que el delegado del Gobierno en Cataluña siga en su puesto es absurdo, aunque no tanto en una delegación que, según el propio Estado, ha franqueado la entrada al crimen organizado. De Rubalcaba ni se sabe. Con su proverbial frialdad, los burócratas debieron pensar que la situación no podía empeorar con una mafia rusa en la pista. Otra cosa es que se hubieran tramitado permisos de residencia a yihadistas apestosos. El PP concluirá que una mafia rusa es el mínimo castigo para los catalanes, por votar como votan, pero aquí también hablamos en defensa propia. El desenlace más lógico consistiría en entregar a los implicados a los gangsters a quienes cobijaron. Son más expeditivos y, según se ve, igual de justos.
Rosa y Mariano
18 Julio 2007
Mariano ha llegado con la primera oleada de bronceador de coco. A insuflar ánimos al PP de Balears, aunque el necesitado de consuelo sea él. Le recibe Rosa, porque nadie más está dispuesto a fotografiarse con un perdedor nato. Tras darse el pésame mutuamente, Rosa y Mariano se dirigen a poner una corona de flores en la tumba del cormorán ibicenco –aunque sólo después de pedir permiso a Acebes, Aguirre, Gallardón, Rato y Zaplana, por orden alfabético–. El pájaro ha volado al saber que llegaban, así que se interesan por el hundimiento de Don Pedro, como lo llamaría Katrina Cirer. Delante del cadáver de su Prestige desinflado, el animador susurra a su dama en un hilillo de voz:
–Ha sido ETA.
–Peor, Munar.
Rosa y Mariano, una pareja de Forges sobre un escenario de hormigón. Si en Balears se destruyó según lo prometido y con los porcentajes pactados, dónde está la recompensa. Hemos asistido a “una profunda injusticia”, que así se define el resultado de unas elecciones democráticas en la jerga del PP. Mariano, pobre, quiere solucionarlo con una ley que obligue a votarle. Ante esa hipótesis aterradora, la derecha prefiere incluso un triunfo de Zapatero. De momento le han obligado a entregar la campaña a Don Rodrigo, navío gemelo de Don Pedro.
El medieval Mariano ya ha sido sustituido de facto, pero continúa perdiendo batallas después de muerto. Rosa no tiene problemas de sucesión, porque nadie aspira a su cargo y tampoco se sabe cuál es. Juntos de la mano, se les ve por el jardín. Desorientados, cuando él sentencia que “UM rompe la unidad de Balears, hay que ilegalizarla y encarcelar a sus votantes”. O ella lloriquea por una IB3 independiente. Habitan el único partido con principios, pero no imaginaron que también tendría finales. Rosa y Mariano sólo riñen cuando se plantean si es más ridículo perder dos veces con Antich, o hacerlo también por duplicado con Zapatero. Entonces, él le hace un mohín, y ella le pone morritos. De espaldas a la realidad.
Llame a su alcaldesa
16 Julio 2007
Un palmesano llama el sábado pasado, una de la madrugada, al 092. Desea formular una queja por ruidos ante la policía local. No hablamos de una anodina fiesta veraniega, sino de estruendo industrial, rentabilizado por un hotelero sin escrúpulos a costa de sus convecinos. Un amable agente atiende la llamada. “Lo intentaremos, pero tenemos sesenta servicios por cubrir, y lo hacemos por orden de urgencia”. El denunciante traduce: “No vendremos, ni lo sueñe”. El ruidoso también lo sabe, se mofa de la ciudad con el plácet de Cort.
De este modo, cualquier vecino de Palma puede conocer y cuantificar –mediante una simple llamada– el colapso de la policía municipal, a la hora de atender servicios básicos. Cort, en cambio, no se entera de esa disfunción, quizás porque los concejales andan muy ocupados decidiendo si han de premiar a poestastros en castellano. Bastaría con adelgazar los gabinetes de prensa o de psicosociodinamización, y con ampliar los efectivos o la efectividad policial, pero estamos hablando de soluciones lógicas, y por tanto irrealizables.
¿Qué hacer? Muy sencillo, telefonee a su alcaldesa. Ni se me ocurre que ella pueda conciliar el sueño, conociendo la tortura que sufren cientos de sus convecinos. No importa que sean las dos o tres de la mañana. Difunda el móvil de Calvo y haga uso de él, para expresarle su solidaridad en la vigilia. Con su antecesora ya propusimos otra solución. No nos gusta repetirnos, pero ellas lo hacen. Consiste en desplazarse hasta el domicilio de la primera edil, y en montar allí el mismo escándalo que sufre usted. A ese “servicio” acudirán de inmediato los agentes. Tal vez entonces pueda convencerles de que se desplacen hasta la fuente de su insomnio. El consistorio, que tantas ilusiones ha generado, puede enfrentarse a la gravedad del delito decibélico o haraganear –“lo estudiaremos”–, en la línea de sus predecesores. En tal caso, desempolvaré la frase que compuse hace un año ante la concejala Francisca Bennàssar, entonces gobernante. “O pararéis el ruido, o pagaréis el ruido”.
Aceite de piedra en Eivissa
12 Julio 2007
Una isla es una excepción, ya sea que se encuentre en el mar o tierra adentro. La literatura está hinchada de robinsones que buscaban ese accidente sólido, tras haber perdido pie. Por contra, las catástrofes contemporáneas surgen de encontrar islas demasiado a menudo. Así, en el barco que ha rociado el litoral ibicenco de petróleo, aceite de piedra. Al chocar con un islote claramente delimitado en los mapas, el petrolero equivale a una civilización que se estrella contra sus contradicciones. En cuanto se hunde, se convierte en un navío fantasma, sin habitantes ni propietarios. Un “acto de Dios”, como llama el derecho sajón a los desastres naturales.
El Don Pedro, con categoría de colonizador desde el título mismo, sustituía a otro barco sancionado y que, según las leyes del azar, no se habría hundido. El hombre persiste en la necesidad del castigo, pero acostumbra a equivocarse de reo. La víctima es Eivissa, que ya estaba allí antes de que el petrolero se estrellara contra sus apéndices. El derecho de permanencia frente al derecho de paso, la lucha de la isla contra el continente es la del individuo contra la masa. Para redondear la parábola, el armador pertenece a la provincia. Jamás necesitaron los indígenas isleños de la colaboración ajena en la metabolización de su paisaje. Si no existieran los alemanes, se hubieran construido igualmente los bloques para alojarlos, la urbanización era la esencia –la essence, como llaman en francés a la gasolina ahora derramada–.
Una isla nunca es tierra firme. Hace cuarenta años, Cioran quiso suicidarse al sol ibicenco. En su Cuaderno de Talamanca, anota que “he ido a pasear por la orilla del mar, acompañado de los más sombríos pensamientos”. El pensador –prensador, más bien– se refería al suicidio individual, insular. Los presagios tardan décadas en condensarse, por lo que hoy llegan a esa playa las galletas de aceite de piedra, manchas en el cutis de la biosfera como síntomas de una locura colectiva que un rumano consideró inevitable, un acto sin Dios. La isla siempre es una metáfora de algo peor.
Adelgazar cinco mil kilos
11 Julio 2007
Adelgazar cinco mil kilos puede resultar inconveniente para la salud de una persona. De hecho, ¿conoce a alguien que haya perdido ese peso? Usted mismo, sin ir más lejos, sumando las adiposidades rebajadas en las dietas que emprende y abandona con periodicidad semanal. La hipoteca corporal establece que, en treinta años, todo cuerpo occidental ha de entregar unos millones de gramos de sus fondos al Banco de Grasantander o a La Greixa. En cambio, los cuerpos africanos siempre pesan lo mismo, porque todavía no se han incorporado a la economía mundial.
Venimos a este mundo para adelgazar. Sólo engordamos –nos globalizamos, en términos contemporáneos– a fin de cumplir con mayor encomio nuestro objetivo darwiniano. Si en una conversación se abordan cien asuntos, diez o uno solo, seguro que entre ellos figura el peso. La dieta ha sustituido al fútbol como suministradora de tópicos: “Nunca olvidaré el verano en el que adelgacé seis kilos”, “perdí mis primeros cien kilos en el instituto”. Todos recordamos cuánto pesábamos en los capítulos clave de nuestra biografía, con mejor precisión que nuestra edad. Se trata por tanto de incidir en la cuantificación del fenómeno, de acumular las toneladas de nuestra hipoteca corporal. Pesar es casi pensar. Adelgazo, luego existo. En vez de festejar los años ganados, habría que celebrar las grasas perdidas, de veinte en veinte kilos.
En nuestra obsesión por la silueta, tenemos contabilizado hasta el contenido calórico de un parpadeo. Adelgazar se ha convertido en un aliciente adicional del sexo –en el único aliciente, a menudo–. Ya no subimos al tercer piso porque tengamos algo que hacer allí, sino para quemar calorías. Salvo que el gimnasio se encuentre en un tercer piso. En esta hipótesis utilizamos el ascensor, a fin de no desperdiciar la energía que necesitaremos para gastarla en la máquina de steps, fantástico artefacto que simula una escalera. La buena noticia es que, desde el pasado verano, ha perdido usted cincuenta kilos. La mala noticia es que ha recuperado sesenta.
Te recuerdo Nanda
9 Julio 2007
Al liquidar los premios Ciutat de Palma en castellano, la concejala Nanda Ramon nos ha liberado de la viuda del Nobel. Por sí sola, esta maniobra justificaría el cambio en Cort. Era más urgente empezar por el Basural y la Fundació Miró, aunque entendemos que para acceder a ellos necesita el permiso de los dueños de la cultura mallorquina. En el reducido ámbito de competencia de la regidora, ya hemos escuchado el ruido del primer zapatazo. Estamos a la espera de que caiga el segundo. A saber, la desaparición de los premios Ciutat de Palma en catalán.
Señora Nanda Ramon, sería incomprensible que usted amara el castellano hasta el punto de suprimir un premio mediocre que insulta a uno de sus mejores usuarios –el tal Cela–, y que despreciara el catalán hasta el extremo de mantener en pie la burla a ese idioma que constituyen los Ciutat de Palma en catalán –bajo la advocación de Llorenç Villalonga, otro aventajado demócrata–, con la posible excepción del otorgado a Maria de la Pau Janer. Si usted no lo remedia, el Pacto de Progreso nos endosará cuatro noveluchas y otros tantos poemarios laxantes. Podemos prescindir de ellos.
Hace años que no leo una novela en castellano de autor español. Los veo demasiado atareados en saraos y conferencias, para enfrascarse en su magnum opus. Usted es una buena lectora, a juzgar por la carta excelentemente escrita que me remitió, y podrá ampliar mi tesis a la novelística catalana. Entretanto, encueste a los miembros de su tribu, y localice a uno solo que recuerde dos ganadores del Ciutat de Palma. Créame, debería saber de qué estoy hablando. Obtuve el premio en una variante zoológica que tuvieron la decencia de suprimir al año siguiente, vista su degeneración rampante. La alcaldesa dirá que hay que estudiar el asunto, porque le cuesta persuadirse de que ya no forma parte de un gabinete de estudios. Usted se siente hoy una patriota pero, desengáñese, no van a ser juzgados por los premios. Las calles siguen sucias, la ciudad hace demasiado ruido y de los parques nada sabemos todavía.
Turismo a muerte
5 Julio 2007
Circulando en coche a 150 kilómetros por hora, la muerte es una opción razonable. Un viaje de ocio en un vehículo enrolado en un convoy armado –a través de un país inestable– no aumenta la seguridad, sino que confirma el riesgo. En cambio, los muertos de Atocha no tenían más remedio que servirse de esos trenes. Estaban condenados a hacerlo, madrugaron por obligación para embarcarse en una bomba. La paradoja acaba de empezar. Los practicantes del turismo de aventura en zonas de conflicto son especialmente sensibles a la situación de esas geografías. Una persona que visita Yemen demuestra una conciencia social. A diferencia de sus compatriotas que se quedan en casa, no desea vivir de espaldas a la pobreza. Con su curiosidad y su dinero, contribuye humildemente a enjugarla.
Por tanto, Al Qaeda mata a los occidentales más sensibles con la situación que los islamistas utilizan como coartada. Esa selectividad contradictoria no resulta innovadora en el mundo del terrorismo. Las Brigadas Rojas atentaban contra los jueces progresistas, porque su comportamiento privaba a la banda de los síntomas de opresión que justificaban sus delirios revolucionarios. Y ETA asesina a Ernest Lluch, precisamente porque buscaba la paz.
El mayor error de Occidente con Al Qaeda no consiste en subestimarla. Al fin y al cabo, sobrevivirla sigue siendo la mejor receta para vencerla. El dislate consiste en otorgar una pureza adicional a los payasos suicidas de base –los jefes son más renuentes a la inmolación–. La sociedad más descreída de la historia concede un plus de religiosidad sobrenatural a un puñado de iluminados. Dicho de otra forma, si un clérigo islamista es expulsado de Yemen por radical, hallará pronto acomodo en Londres, o en Manacor. No faltará el Gobierno, en este caso el de Madrid, que colaborará con la mentira de “un ataque contra el turismo en general”. Se trata de olvidar cuanto antes que Al Qaeda ha matado a más españoles que ETA en los últimos veinte años. Sigamos durmiendo.
Arquitectura demoledora
4 Julio 2007
La imagen demoledora –en todos los sentidos– de la maqueta del fantasma de la ópera demuestra que era mucho más urgente desembarazarse de Calatrava que de Matas. El PP debe agradecer a la Junta Electoral que prohibiera la presentación del proyecto en campaña. Con ese engendro a la vista, los conservadores no hubieran pasado de 25 diputados. Hubiera superado en impacto gráfico al mismísimo palacete, otra joya de la arquitectura de terror. ¿Qué le ha hecho Mallorca al insigne ingeniero, para que nos castigue con tal saña? Y sobre todo, ¿qué queda de aquel genio que monopolizaba el adjetivo sleek?
Si se hubiera difundido que el fantasma de la ópera surgía de un boceto de José María Rodríguez, lo hubiéramos creído. De hecho, supone la apoteosis de la estética que ese político incomparable –campeón mundial del ajedrezado y la farola zarzuelera– ha impuesto en Palma, en los paréntesis de su diálogo interminable con Eugenio Hidalgo. Ahora sabemos que Matas pagó doscientos millones de pesetas por la maqueta. No es demasiado, para lo que el futuro vecino de Julio Iglesias en Miami acostumbraba a hacer con nuestro dinero. Sin embargo, resulta excesivo a la vista de un objeto que puede conseguirse en Toys ‘R’ Us por un precio más razonable.
Se necesita mucho dinero para que te obliguen a perpetrar algo así, entre el monstruo de Alien y la cabeza de una tenia. El Taj Mahal que Matas quería erigir en honor de su consellera Maria de la Pau era una ópera descapotable. De este modo, las sopranos hubieran martirizado a los mallorquines en varias millas a la redonda. Seguramente la hubiera inaugurado Rostropovich, como el Teatro Principal. Los millones que han pagado en nuestro nombre –de nada, en todos los sentidos– tendrían un mínimo sentido por una pieza única. Entre otras cosas, porque nadie se atrevería a levantar un edificio así. Sin embargo, veremos este flan regurgitado en Kazajastán o alguna otra geografía lastimosa, con peor gusto incluso que Mallorca. Será un buen telón de fondo para Borat II.
Mallorca es Kitty Genovese
2 Julio 2007
La camarera Kitty Genovese era una habitante más de Nueva York en 1964. En marzo de ese año, fue apuñalada repetidamente por un desconocido, en las inmediaciones de su domicilio. El asesino –que continúa en la cárcel– eyaculó después sobre su cuerpo. El suceso ocupó apenas cuatro párrafos en el New York Times. Sin embargo, el periódico publicó quince días después una información mucho más amplia, cuya introducción se estudia en las facultades de periodismo: “Durante más de media hora, 38 vecinos del distrito de Queens, respetables y respetuosos con la ley, contemplaron cómo un asesino apuñalaba a una mujer en tres ataques separados. En dos ocasiones, las voces del vecindario y las luces que se encendían en los dormitorios interrumpieron y ahuyentaron al criminal. Cada vez regresó, buscó a su víctima y la apuñaló de nuevo. Nadie telefoneó a la policía durante el asalto, sólo un testigo llamó cuando Kitty Genovese ya había muerto”.
Kitty Genovese es Mallorca. Ha sido apuñalada repetidas veces, en todas las secciones de su cuerpo geográfico. Periódicamente, se alzaban tímidas voces contra el asesinato. Los autores se retraían, antes de reanudar su labor con más saña. Hasta la eyaculación redondea la metáfora. Y todo ello entre la indiferencia del vecindario, distraído en otras ocupaciones. El gran éxito de la destrucción real de la isla ha consistido en otorgarle un perfil de fantasía. El crimen ni siquiera ocupa un espacio preponderante en las negociaciones políticas en curso.
En el flujo inhabitual de las sensaciones a los datos, Navarra es más rica que Balears y le dobla en superficie. Pese a ello, tiene la mitad de viviendas construidas que el archipiélago. Extremadura multiplica por diez en tamaño a nuestra comunidad. Sin embargo, ambas regiones tienen un volumen residencial del mismo orden. A pesar de ello –y de nuevo con los datos oficiales del Colegio de Arquitectos–, nunca hubo en Mallorca un paisaje de grúas comparable al actual. El asesino vuelve una y otra vez sobre el cuerpo ya frío de Kitty Genovese.
