jump to navigation

La Biblioescopeta Nacional
31 Agosto 2007

Desde este rincón, hemos bramado contra cometas y vacas asesinas. Sin embargo, nunca pensamos acumular la depravación suficiente para infligir a nuestros lectores un artículo sobre bibliotecas, en la era de Paris Hilton. En nuestro descargo, la trifulca entre el ministro Molina y la bibliotecaria Regàs prende en los medios de exhibición de masas, como una secuela de La Biblioescopeta Nacional. Creíamos que las gentes de izquierdas se insultaban a versos de Neruda, pero a este dúo de cultísimos progresistas sólo puede desenredarlo El tomate.
Se autoacusa uno de proclive a la histeria, hasta que escucha los gorgoritos de Antonio Molina en el Congreso. De qué siglo han sacado a este ministro chillón, y no nos referimos a su indumentaria. Muy mal debió hacerlo Carmen Calvo, para que fuera imprescindible sustituirla por un hombre así. Se desempeña con la efervescencia altisonante de quienes creen que su estatura aumenta al hablar. Un titular de Cultura es obligada figura de escarnio, pero a éste lo han vestido además con botines de charol y tricornio del mismo material.
La lectura daña irreversiblemente el cerebro, además de robar tiempo para utilizar órganos más placenteros. Cualquier campaña contra los riesgos de la cultura ha de incluir imágenes de Molina y Regàs, vociferándose como dos protagonistas de Los Serrano y sin una cita de Shakespeare o Calderón que acrisole sus bofetadas. Desde el feminismo multimillonario, la dimitida Regàs enarbola el pabellón de la discriminación sexual. Se diría que, en vez de dirigir la Biblioteca Nacional desde un suntuoso despacho, la obligaran a fregar los suelos y a desempolvar los estantes. En este episodio de graciosos de teleserie, no extraña que se robaran mapamundis tan falsos como la Atlántida, sino que alguien se diera cuenta. No hay mal que por bien no venga, si estos sucesos sirven de prevención contras los edificios infestados de libros. Qué padre sensato no sospecharía de su hijo, si le anunciara que viene de la biblioteca.


“¿Dónde está Willy?”
29 Agosto 2007

Empiezas en un periódico, y te encargan asuntos tan trascendentales como unas maniobras del ejército en Cabrera. En cuanto llegas, los militares galácticos –tachonados de estrellas– te increpan, “¿Dónde está Willy?” Te invade el impulso de buscar otro oficio, incluso uno en el que tuvieras que trabajar. No importa la piedra que pises en Mallorca, Guillermo Soler Summers pasó antes por allí en acto de servicio. Cuando el periodista se fía más de la pantalla de su ordenador que de sus ojos, está perdido. Nunca le ocurrió a este estratega, que ha diseñado su carrera como una gigantesca campaña contra el adocenamiento y el rencor. Me enrollo porque sé que odia las ínfulas expresivas. “No es un periodista, es un escritor”, su terminante grito de batalla contra quienes insisten en contaminar la prensa de literatura.
El periodismo no es una profesión respetable. Sin embargo, cuenta con practicantes esporádicos que consiguen atravesar esa jungla pantanosa sin perderse el respeto ni perdérselo a los demás. Willy, de nuevo, a nadie puede extrañarle que el Rey sienta debilidad por él. Transforma lo trivial en mayúsculo, fiel a las consignas de la vanguardia –pelear por las asignaciones, no fallar una entrega–. Cuando un periodista funciona, le arrancan los ojos y le hacen columnista. O analista, que suena bursátil. Willy ha preferido ver, tarea mucho más ardua que analizar. Por eso defiende a capa y espada sus puntos de vista. Correoso en la disputa, su irritación nunca conduce al abandonismo.
El periodismo es una magnífica obsesión, que Guillermo Soler Summers salvaguarda desde el progresismo elegante que fabricó una transición. Se desenvuelve en el reporterismo de los periodistas que no tienen que preocuparse por la laca, para dar bien en la tele. Y ha sobrevivido cuatro décadas sin hacerse jefe de propaganda, la denominación ortodoxa de los jefes de prensa. No hay periodistas jubilados, sólo personas que erraron su profesión y se dieron cuenta demasiado tarde. No es el caso, Willy está aquí.


Lady Di y Madeleine, con retraso
28 Agosto 2007

Lady Di pertenecía al subgénero de mamíferos que aman a Elton John, lo cual nos excusa de mayores precisiones. Fue la princesa del pueblo, en el sentido de princesa pueblerina. A su muerte, me negué en redondo a leer una sola línea de obituarios que pasaportaban a la diabetes. Los paparazzi no la mataron, sino que la habían mantenido artificialmente viva durante años. Su funeral fue el espectáculo más bochornoso antes de la boda de El Escorial. Le impartió al mundo una lección inolvidable, la de morirse en el mes adecuado. Este viernes no celebramos el décimo aniversario de su fallecimiento, sino el momento en que se nos empieza a narrar sin edulcorantes.
A partir de Lady Di, el periodismo se convierte en la profesión de compartir sollozos, en lugar de escudriñarlos. Ese tratamiento falaz se le ha aplicado a otra ciudadana británica desaparecida también en el extranjero. Madeleine, la niña del iris rasgado, es sólo una víctima, cuya suerte ha sido empeorada por los medios y por sus padres. Los primeros sólo buscaban lágrimas, los segundos tenían tal vez algo que ocultar. Se conjuraron para decidir un relato que multiplicara los índices de audiencia. Así se ha tramado el mayor ridículo mediático desde Lady Di. Los ingleses podían regodearse en el salvajismo imperante en los países situados de cintura hacia abajo, los portugueses se santiguaban ante el sadomasoquismo británico.
Contra la leyenda, Lady Di y Juan Pablo II han fortalecido la monarquía y el papado tradicionales –lo siento, Letizia–. Cuando se insiste en que cambiaron el mundo, se alude a su promoción de Gran Hermano y derivados. La verdad sobre Madeleine ha ardido en esa hoguera de emoción acrítica. La única herencia de Diana Spencer es su hermano Charles, la persona más desacreditada a este lado de Sadam Husein. Confiemos en que los padres de Madeleine no jueguen el mismo papel, aunque para eso tendremos que pasarnos diez años sin leer una línea sobre la niña desaparecida. La prensa es más lenta que la historia.


El ansia de castrar
23 Agosto 2007

Nos declaramos herederos orgullosos de Sócrates o Aristóteles, recitamos embelesados los sonetos de Shakespeare, alzamos la cabeza al cielo de la Capilla Sixtina de Miguel Angel, nos subyuga Leonardo, aprendemos en Adriano que la dignidad no conoce de dignidades imperiales. Todos los citados tuvieron su Antínoo o su Alcibíades, un adolescente que fue decisivo en su obra. Después le concedemos el premio Príncipe de Asturias al insigne George Steiner, el cual nos explica en un magistral libro –que no leemos– la inevitable componente erótica de la relación entre profesor y alumno.
De vuelta a la realidad, Sarkozy anuncia la castración química para pederastas. No para todos los pederastas, aquéllos que sean clérigos de alguna iglesia podrán comprar su libertad y seguir ejerciendo sus funciones ministeriales sin problemas, como ha ocurrido en Estados Unidos. Nis iquiera se harán públicos sus nombres. Se trata por tanto de tratar a quienes de todas formas son carne de presidio, y carecen de las adecuadas conexiones laicas o religiosas. No impera un deseo de justicia o de protección de las víctimas, sólo el ansia de castrar a quienes no pueden redimir su culpa con el dinero o con el genio.
La amnesia colectiva pretende olvidar que el comportamiento repugnante del pederasta merece un castigo tasado en los códigos, pero que está inscrito en una tradición. En todo caso, Sarkozy no pretende remediar el problema de la pederastia, sino indagar en vías que le permitan el control social. El mito de la protección absoluta atrapa voluntades y votos. En un momento dado, sin querer, cualquiera de nosotros podría sucumbir a un impulso terrorista por una súbita disfunción cerebral. Si todos estuviéramos monitorizados continuamente, ese riesgo desaparecería. Claro que, ¿quién tendrá los mandos de la pantalla? Sarkozy y Bush, por supuesto, la viva imagen del proyecto de la normalidad humana. Idolatramos a Oscar Wilde y castramos sus perversiones, una ironía que hubiera fascinado a Oscar Wilde.


¿Puedo mirar a su señora?

Nadie olvida el día en que una mujer le miró por primera vez con ojos lascivos, mientras ella besaba apasionadamente a otro hombre. No es un beso infiel, sino una muestra de respeto hacia la audiencia. Esta escena muda no viene subtitulada “le prefiero a él” ni “te he postergado”, sino “yo elijo”.  Cuando menos, resuelve un dilema ausente de los manuales de urbanidad, ¿puedo mirar de arriba abajo a la persona que te acompaña, cuando nos crucemos? La situación se plantea cien mil millones de veces al día en todo el planeta, sin un código nítido. El peligro acecha a ambos bandos porque, si miras con excesiva detención a la mitad de una pareja de larga duración, es muy posible que el otro integrante te exija que te la quedes.
A partir de los tres años de convivencia, tu pareja prefiere que mires a cualquier otra persona, aunque sea de tu propio sexo, antes que a ella. Ha llegado ese momento en que, cuando uno de los dos se dirige al otro, un transeúnte pensaría que estaba hablando solo. En el interín, la etiqueta ante el cruce embarazoso con una mujer en compañía exige una ignorancia despiadada, tan fingida como un balazo y que ha de acentuarse cuanto mayor sea el atractivo que exhala. Tampoco sirve de nada. Miro fijamente al varón espléndidamente acompañado y sus ojos me devuelven una condena a muerte, porque sabe que estoy fingiendo.
El mejor termómetro de la solidez de una relación es el número de miradas que los integrantes de la pareja dirigen a terceros. A partir de las diez diarias, es aconsejable que cada uno vaya por su lado, a perseguir los ojos de manos que están ocupadas y a experimentar la zozobra de no saber si deben. Plantarse absorto ante la Gioconda sería estresante, si Leonardo hubiera retratado a su vigilante esposo junto a ella. La culpa no soluciona nada, porque no sabemos dejar de mirar. Nuestra civilización impone la comparación continua, la evaluación de cada hipótesis. Las uniones son más provisionales si cabe que las rupturas. Por tanto, nunca des la espalda a tu pareja, hasta que sea demasiado tarde.


Bendito Huracán
21 Agosto 2007

La lluvia dispara el riesgo de enamoramientos y de accidentes de tráfico, con víctimas mortales en ambos casos. Esta propensión a la tragedia húmeda no impulsa a los heraldos a vomitar contra los “chubascos asesinos”. Se les considera una bendición, como sabe cualquier alumno de Educación para la Ciudadanía. Las calores veraniegas matan a numerosas personas, pero un día de agosto sin sol es recibido como una afrenta por las zonas turísticas que viven de él. Un huracán encarnaría la perversidad irrebatible en un mundo templado, hasta que recuerdas que esa suavidad climática depende también de los huracanes.
Miles de turistas han huido del huracán Dean, y otros miles se han dirigido impávidos hacia su cubil. Ambos grupos lo incluyen en la oferta complementaria, una atracción que hará memorables las siempre anodinas vacaciones. Los vientos de 220 kilómetros por hora confieren al viaje un perfil más aventurero que la simple pérdida de las maletas. Los expedicionarios resumen la ambivalencia de cualquier fenómeno natural. El ciclón tropical es letal para algunos seres humanos, pero también un sistema radical de irrigación y de aire acondicionado, que atempera los rigores planetarios. Afianza la moderación cuya ausencia van a reprocharme los lectores de este artículo.
Quienes propugnan huracanes selectivos –fáciles de identificar porque además votan a Zapatero–, olvidan que se necesita una revolución para conquistar la calma. Por no hablar de su hipocresía, pues en realidad envidian a Dean, cuya energía multiplica a diario la electricidad generada por el hombre en ese plazo. ¿Por qué la llaman naturaleza, si la Tierra muestra más racionalidad que el hombre en la gestión de sus recursos? Es implacable desde la perspectiva humana, pero atiende a su supervivencia. Compárenla con el único animal que construye en el lecho de un torrente, y luego quiere que le tengan lástima porque la crecida arrastra sus casas. Hemos aprendido a vivir sin futuro, ya sólo le pedimos al planeta que dure un día más que nosotros.


La infraestructura eres tú
16 Agosto 2007

Hasta un político puede entender que un tren, un tendido eléctrico y una carretera son estructuras, con lo cual la siguiente pregunta aflora espontánea, ¿qué es una infraestructura? Lo que está por debajo de la estructura. Ha acertado usted, la infraestructura es el ser humano. Se trata de un hallazgo premoderno, Schopenhauer ya definía a la persona como “un producto manufacturado por la Naturaleza, a razón de millares diariamente”. En concreto, doscientos millares diarios en la actualidad, y subiendo.
Sigamos con el cursillo acelerado. ¿Por qué nadie admite que el colapso de las estructuras mecánicas se debe al exceso de infraestructuras humanas? Por la ingenua teoría de que su calidad de vida mejora gracias a que tiene usted que soportarme. Imagine que usted es un turista, y que se topa conmigo en cada calle de Palma, yendo a mis asuntos. Es posible incluso que me solace con el bikini de su esposa, aunque con la proverbial discreción mallorquina. En conclusión, usted preferiría tenerme lo más lejos posible, a mí y a otros millares de seres humanos manufacturados. No es una cuestión personal, sólo un síntoma de saturación.
Un batallón de genios insiste en que, cuantos más seamos, más riqueza para todos. Los suizos y economistas celebrados –Gabriel Tortella– contradicen esa afirmación benemérita en apariencia, pero que en realidad sólo pretende que las infraestructuras humanas ocupen las estructuras al cien por cien. Sin ir más lejos, malgastaré mi menguado potencial económico para estar en sitios donde haya menos gente. No donde haya menos gente a la que yo tenga que soportar, sino donde haya menos gente que se vea obligada a soportarme. Estar de más es un engorro, y tal es la sensación más abundante en la Mallorca contemporánea, donde te asalta la convicción de que lo mejor que puedes hacer por tus semejantes es largarte y dejar un hueco. El coste de la vida empieza a exceder notablemente a sus beneficios. Esto no lo arregla ni un cambio climático.
.


Estarás como problema

Cuando Bush padre estaba al frente del imperio, un agente secreto tenía la orden de que, en caso de que algo le ocurriera al presidente, debía disparar de inmediato contra el torpe vicepresidente Dan Quayle, para desbaratar la catastrófica hipótesis de su llegada a la Casa Blanca. La fuga de James Matas a Miami o Washington –ciudades para él indistinguibles, pese a que están a 1.500 kilómetros de distancia– sería una bendición para el PP, si no hubiera dejado a Rosa Estarás como liquidadora de su exiguo patrimonio político. Aceptar esta transición equivale a considerar que Rajoy era el mejor sustituto de Aznar porque fue su vicepresidente. La derecha no sabe ahora cómo desembarazarse del “amigo Mariano”, en la mordaz acepción de Piqué.
Ha bastado apenas un mes para cerciorarse de que el PP balear está más dividido que el Pacto de Progreso. Para descalificar a Estarás como líder de la derecha bastaría con repasar su triunfal gestión en IB3, a la que convirtió en una máquina perfectamente engrasada de perder mayorías absolutas. Es una candidata a la que un porcentaje de votantes desprecian con sólo verla, sin necesidad siquiera de conocer sus virtudes, tal como puede comprobarse en los resultados del 27-M. Catapultada artificialmente en 1993, ya no gana ni en Valldemossa, y jamás ha cumplido las expectativas empíreas de sus periodistas a sueldo. La coartada de que “ha cambiado” es la misma cantinela falaz esparcida cuatro años atrás en torno al fugitivo Matas.
La única ventaja de Estarás radica en que, tras haber sido un pesado lastre para toda Balears, ahora sólo puede dañar a sus correligionarios, que se la quieren quitar de encima sin incomodar a Génova pero con Acebes en Mallorca. La derecha balear necesita un Núñez Feijoo o un Camps, modelos tan alejados de ella como la estabilidad capilar. Los aspirantes al liderazgo conservador no deben temer, pues nadie ha acabado con su sucesor. En fin, por qué habría de merecerse el PP una política que no le desearíamos ni al Govern semiprogresista.


Bush, el títere de Rove
13 Agosto 2007

Si ya tiene cierto mérito lograr que florezca un genio donde anida esa semilla, imaginen a quien infunde por dos veces la presidencia de Estados Unidos a un golem pulverulento, que a duras penas logra ensartar una frase de más de dos palabras. Si imponerse desde la legalidad cursa con el regusto limitado de la confirmación, imaginen el aroma del triunfo mientras pisoteas todas las reglas, sin excluir alguna que otra matanza. Si derrotar a tus inferiores atestigua apenas que has estado a la altura, imaginen la ebriedad de ridiculizar a quienes se creen con razón más listos que tú.
Las filigranas anteriores se condensan en Karl Rove o la perversidad del empollón, el mamífero sin sombra que fabricó a George Bush. Mantecoso como si llevara el cerebro por fuera, sudoroso antes del cambio climático, con un físico ideal para la publicidad de cirugía estética –el antes de–, envió a su criatura a la colonia de vacaciones, donde el presidente se distraía con el videojuego de matar iraquíes. Mientras, su inventor diseñaba campañas electorales en las que ninguna mentira era suficientemente abyecta. El cardenal forraba de cardenales la honra de rivales que se protegían la cabeza, sin percatarse de que su sexo no era terra incógnita, sino la primera diana donde el Republicano maniqueo les asestaría un puñetazo.
Hijo de un geólogo, Rove miraba con la pupila encasquillada de un fósil preservado en ámbar. Traducido al castellano, sería un Acebes que trabajara para su jefe en vez de torpedearlo. La lectura excesiva de Napoleón acabó por hipetrofiar al merlín, autor de errores tan mayúsculos de Bush que la parroquia hubiera preferido que el presidente se dedicara a las becarias. Con los índices y los pulgares de la audiencia apuntando al suelo, y pese a lo mucho que le apetecía destripar a Hillary Clinton, el titiritero abandona la escena. Deja a su desvencijado títere en una silla, boquiabierto, al tiempo que las torres se desploman a su alrededor. Todo lo cual no afecta a la Casa Blanca, donde manda impávido Cheney.


Mucho más que ‘Yo’
12 Agosto 2007

Se adentró con timidez en la cartelera, y ya la han visto más de cuatro mil mallorquines. Mi teoría es que Yo no se afianza como la enésima película que pretende penetrar en los recovecos de la psique humana y sus sextos sentidos –de hecho, sólo me molestan sus zonas de solapamiento con Los otros–, sino como el mejor retrato hasta la fecha de la Mallorca alemana. He escrito y leído miles de artículos, libros, poemas, contratos de compraventa y canciones al respecto. Sólo el guión que fusiona al director indígena Rafa Cortés y al actor teutón Alex Brendemühl ha obrado el milagro de la exactitud.
Cuesta dar la conformidad a una creación artística, en tiempos de estafas generalizadas. Ahora mismo se podrían quemar, sin desdoro para el arte, la mayoría de productos que cuelgan bajo esa etiqueta de paredes mallorquinas. Yo, donde Cortés explora el momento en que has de mentir para decir quién eres realmente, escapa a la hoguera. Le discuto el título, que debió ser Nosotros –o El triunfo de la falta de voluntad, parafraseando a Leni Riefenstahl–. Me desmarco de su discurso sobre la consciencia, para quedarme en la conciencia de que no toda la discriminación es racista. Los mallorquines, y el insólito alemán pobre de la película, equivalen a lo que en Estados Unidos llaman la basura blanca o white trash, frente al káiser que se sacude cesarista sus fajos de euros en negro.
Aunque te decepcione, aunque te desconcierta, nunca te descuelgas de la historia de Yo. Quieres averiguar qué sucede, aunque no suceda nada. Encima, Cortés domina la caligrafía de su oficio. Se luce en la escena de sexo, en el circuito intransitable de la vivienda angosta, en la coreografía de un manojo de extraordinarios actores mallorquines. De dónde salen estos calvos memorables, la mujer de la pata de palo es una diosa del cine mudo. Los espectadores abandonan la sala hablando de la película, aunque no les haya gustado. No es la historia de una derrota, sino de una isla que proscribe la victoria. Merece todavía más audiencia, o todo está perdido.


La nariz en bikini de Letizia

La nariz de Cleopatra cambió la historia, Letizia cambió antes la historia que la nariz. Según Pascal, que siempre nos tutela en asuntos femeninos, el mundo funciona por narices. Por ejemplo, los cultivados londinenses acaban de pagar 700 euros por extasiarse ante el apéndice nasal de Barbra Streisand. Tal día como hoy, el país se ha paralizado en la contemplación de la nariz en bikini de la princesa de Asturias, pero nosotros la examinamos al desnudo. La escrutamos, efectuando mediciones sobre el papel, superponiéndola a esa misma nariz en anteriores añadas, para advertir un retoque minúsculo.
La nariz de Doña Letizia –cualquiera la llama Ortiz, con los fiscales al acecho– intriga a quienes, tras la renuncia de Su Nasalidad al poder simbólico por baja de maternidad, aseguran que no parece la misma. Tal vez la actuación fulminante de la Justicia se deba a las proporciones de la nariz en la caricatura, que ya no cuadran en absoluto con la realidad. En tal caso, los justicieros habrían sido movidos por irreprochables principios estéticos, que siempre deben prevalecer sobre los jurídicos. No recuerdo si esta frase es de Pascal o mía, lo dejaremos así.
No seamos temerarios en nuestras conclusiones, el canciller Schröder denunció a un periódico por concluir que se teñía los cabellos. El amor que se profesan los príncipes es secreto de Estado –dado que inmortalizarlo en un dibujo se tacha de “objetivamente denigrante”– y, para calibrar el triunfo de la princesa con cualquiera de sus narices, basta observar las miradas de daga que le lanzan sus cuñadas. Letizia y su nariz comparten la zeta, Letizia y Cleopatra también se asemejan en la barbilla prominente o en su engañosa fragilidad física. Marco Antonio perdió el sentido ante la nariz esculpida en piedra de la Marilyn Monroe egipcia, ¿hay un escultor en la nariz de la princesa que con su nariz ha cambiado el rostro de España? En su reaparición, creemos que nos desafía, pero sólo está indagando cómo respondemos ante el suspense de su nariz.


Alonso al desnudo
7 Agosto 2007

Gracias a que me tienen prohibido el deporte en este recuadro, hoy podemos hablar de la querella entre Alonso y Hamilton, que es política químicamente pura. Han hecho apasionantes las retransmisiones de Fórmula 1, desde el instante mismo en que acaba la carrera. Ruedan, a un millón de fotogramas por segundo, la secuela de Eva al desnudo. También aquí tenemos a la diva inasequible –Fernando Alonso/Margo Channing–, que será desalojada por su más rendida admiradora, una novatra pizpireta –Lewis Hamilton/Eve Harrington– de apariencia inocua, cuya duplicidad será descubierta demasiado tarde. Al principio de la película sólo odiamos a la estrella consagrada, pero el triunfo a todos iguala.
El deporte es el último refugio de los patriotas, la única religión verdadera, la prolongación de la guerra por otros medios –este artículo necesitaba un refuerzo de timbales–. Algo debían imaginar los autores de Eva al desnudo sobre su prolongación automovilística, cuando adjudicaron a Channing la célebre frase “Abróchense los cinturones, va a ser una noche movidita”. En efecto, puedo pasarme hasta un día entero sin noticias de Ana Obregón y Derek, pero reposto cada hora en las últimas revelaciones sobre Alonso al desnudo, cuya versión inglesa será All about Lewis.
El duelo entre estos chóferes nos ilustra sobre el imprescindible aprendizaje de la desconfianza. Hay algo peor que ser abandonado, ser suplantado. Destruye mi identidad, pero no me la arrebates. Por eso mismo, nunca se debe agradecer el elogio de un colega, te está sugiriendo que él lo haría mejor. En mi caso, sólo acepto cumplidos de actrices ágrafas, tengo muy calados a quienes te felicitan por “tu artículo de ayer”, cuando hoy has escrito otro. Si desean comparaciones, Nadal sólo es carnívoro en la pista, y mallorquín el resto del tiempo. En cambio, Alonso al desnudo vive su ansiedad sin respiro. Este tipo de campeones no alcanzan a comprender que exista alguien como ellos. Ahí nace el drama de parasitismo que estamos paladeando.


La prostituta alegre
2 Agosto 2007

Las prostitutas ascienden por las Avenidas palmesanas. Pronto ocuparán toda la ciudad, rescatándola de su desidia nocturna. En el tiempo que dura un semáforo, una de ellas me ofreció una visión pavorosa. Bailaba inconsciente, jugando a la rayuela sobre el zócalo callejero. Desenfadada y envidiable, disfrutaba de la noche porque era probablemente ajena al hecho de que los foros más sesudos de Occidente debaten los pronunciamientos morales anejos a su trabajo. Mientras tanto, ella viajaba sobre el terreno a un lugar sin nombre. Desterrada, traspasaba los límites y su inconsciencia se convertía en lo más pornográfico de la noche.
El mito de la felicidad puede ser excesivo, incluso para una prostituta. Sería como presumir a alguien feliz en una cadena de montaje, o fregando platos a cuarenta grados. Sin embargo, aquella insensata continuaba bailoteando. Su desafío se intensifica al recordar que en aquellos momentos perdía dinero, y que practica uno de los oficios más duros, pues exige de la presencia física para ser desempeñado. Estuve a punto de bajarme del coche a reprenderla –“¿cómo quiere que lamente su suerte en mis artículos, si usted se lo pasa en grande?”–, pero me negué a ingresar en el más folklórico de los arquetipos varoniles, el regenerador de prostitutas. Me limitaré a evaluarla negativamente en punternet.com, la página donde los usuarios ingleses critican concienzuda e individualmente las prestaciones de las profesionales del amor.
Siempre nos queda la coartada de haber presenciado un hecho aislado. Aquella mujer no era una profesional, sino una original. Para ella, debía ser una noche rutinaria, pero no le desalentaba verse obligada a compartirla con personas a las que no deseaba. En todo aquel día, y en bastantes de los siguientes, será una de las pocas personas que ha utilizado Palma para bailar desprejuiciada en sus calles. No es dueña de su cuerpo, pero sí de su manera de afrontar esa situación. Nada nos maravilla tanto como la normalidad.


Moyá besa del revés

Empecé por comprarme una gorra de béisbol con la visera en la parte de atrás de la cabeza. Me la encasqueté, me repantingué en la silla, eché los brazos por detrás del respaldo y el cuello hacia la espalda. La incauta que había accedido a salir conmigo sólo tras hondas cavilaciones, me preguntó sobresaltada:
–¿Qué haces?
–Quiero que me beses en medio de mi desgana, como hace Carolina Cerezuela con Carlos Moyá en esta foto que he recortado de una revista. Acósame mientras me hundo en la indiferencia, igual que el campeón de tenis.
No he vuelto a verla, lo cual acentúa mi perplejidad ante el éxito del campeón como galán adormilado. Hay hombres que darían un ojo por las tres primeras cifras del teléfono de la Cerezuela, y nuestro compatriota la besa al desgaire, de revés, como si no le quedara otro remedio. En una sola imagen, ha alcanzado una dimensión mítica mayor que en una docena de años de peloteo. Es Fausto en la cancha y Don Juan en la alcoba, aunque le bautizaran Don Carlos, sin duda en homenaje a Schiller.
A un maestro se le reconoce en los detalles. El campeón besa por el costado izquierdo, preservando el brazo de jugar al tenis de cualquier contaminación emocional. También eso le he copiado, y resguardé mi dedo de aporrear el teclado como si perteneciera a Rubinstein. Puedes imitarle, pero ni sueñes con igualarle, en su pericia para encajar con flema mallorquina la siempre difícil convivencia con mujeres hermosas. Estos unicornios utópicos tienen el inconveniente de exigir dedicación exclusiva. Hay que colmarlas de atenciones, porque una mujer bella siempre está comprándose algo de Prada. Abundan quienes cambiarían a Cerezuela por Roland Garros, si no fuera porque se necesita como mínimo una victoria en París para rendir a un ser así. Y la conquista es sólo el primer paso, porque a continuación no puedes permitirte ni un despiste. Eso tú, pues la sonrisa de Moyá en otra foto alberga una tesis doctoral sobre la duración de un idilio.