La mala imagen de Rajoy
29 Noviembre 2007
Una negativa de Rajoy a ganar las elecciones empieza por su propio físico. Las tesis doctorales afianzan a la política como imperio de la imagen, pero se considera de mal gusto comentar en público la preeminencia de lo imagológico sobre lo ideológico. Admitamos que Charlize Theron y Brad Pitt nos cautivan por su cerebro, pero las posibilidades del candidato conservador se ven menguadas por su deprimente aspecto, el de quien acaba de estrellarse con un helicóptero. Sería un presidente accidental, su insolvencia en el magnetismo personal daña más su autoestima que los desafueros que prodiga.
El aquilino Suárez, el mofletudo González y el cejudo Zapatero cebaron sus triunfos en el atractivo físico, antes que en la muerte de Franco, el 23-F y el 11-M respectivamente. En la campaña preelectoral, tanto el vídeo de exaltación de la bandera de Rajoy como el vídeo de conmemoración de la Z a cargo de Zapatero, demuestran que los candidatos se sienten mejor representados por sus muñegotes. Sólo el esperpento les hace justicia. El actual presidente combate su exceso de imagen dejándose reemplazar por un títere, o vistiendo con los cortinajes de palacio a Sonsoles Espinosa. El candidato de la derecha ejerce de guiñol de sí mismo, en el casting navideño de Mr. Scrooge.
Antes de enzarzarse con el genérico IRPF, Rajoy debiera atender a su propia persona física, tan gravada. El antiguo vicepresidente es la viva estampa del desasosiego que pregonara su medio compatriota Pessoa. En estos casos, siempre surge un alma caritativa que anuncia que el candidato almacena más fuelle del que transmite su apariencia. Por desgracia, Kurt Vonnegut nos enseña que somos lo que parecemos, por lo que más nos vale cuidar la imagen que damos. El candidato conservador ha de huir de su estampa inhumana, y refugiarse en la monotonía que apacigua y apacienta a los votantes. La reparación de la barba de Rajoy puede ser más importante para el PP que la expulsión del simpático dúo Acebes/Zaplana.
No sé por qué
28 Noviembre 2007
Agotados los adjetivos para despedir a Fernando Fernán Gómez, sólo queda en pie una frase de su primera esposa. María Dolores Pradera señala que “la verdad es que no sé por qué nos separamos”. Dado que el primer divorcio genera unos traumas que las separaciones sucesivas no lograrán igualar, la perplejidad de la cantante nos obliga a replantearnos las decisiones más categóricas de nuestra vida, que son siempre las emocionales. Por tanto, al escuchar esa frase repaso disciplinadamente si sé “por qué nos separamos” en todas mis rupturas. Es decir, en las 117.
Si llamo individualmente a las 117 desinteresadas, invertiré un tiempo que me obligaría a desatender las rupturas en curso. La incansable vida amorosa del ser humano contemporáneo –que la mayoría confunde con el sexo, cuando es algo menos– nos ahorra la introspección y la nostalgia. Seguimos pensando que el amor es infinito, pero ahora a base de amontonar escarceos finitos. Otro obstáculo para mi rememoración es que 38 de las desafectadas juraron que emigrarían a Nueva Zelanda antes que volver a hablar conmigo, y algunas de ellas incluso cumplieron con su palabra preventivamente. Debiera descontar también los casos evidentes –quiso competir con mi microondas, quise igualar a su entrenador personal, le gustaba Miguel Bosé–, pero no son tan numerosos como cabría esperar.
Al suprimir de la lista los enfrentamientos operáticos, con o sin lanzamiento de vajilla, queda un contingente significativo de separaciones abúlicas, en las que decidimos que ni siquiera íbamos a tomarnos la molestia de decidirlo. Yo sabía que ella sabía que yo sabía que aquélla era la última noche. Después, un olvido conduce a otro, y llega el momento en que no llamar cuesta menos que hacerlo. Frente a las particularidades siempre monótonas, hay un nexo común. Si tuviésemos que escenificar de nuevo la ruptura, desistiríamos de llegar a ella. Ninguna fue honrosa, todas parecían improvisadas. Tal vez María Dolores Pradera se refería a ese engorro, cuando ya es demasiado tarde. Siempre lo es.
El ‘caso Andratx’, año uno
27 Noviembre 2007
Hace un año exactamente, dos fiscales cabalgan juntos. Encarcelan al alcalde de Andratx y detienen en su despacho a un director general del Govern Matas/Estarás, el cual trabajaba presuntamente en la conselleria de otra andritxola, Mabel Cabrer. Los funcionarios judiciales cambiaron la historia de Mallorca pero, ¿se alteró la corrupción, que en la isla es un pecado nada original? Nunca se ha aclarado si la denuncia de prácticas corruptas las sofoca o las multiplica. El lucrativo municipio acumula ya más de sesenta causas. En cuanto sean juzgadas, habrán florecido como mínimo otras tantas, sin salir del término encartado.
Andratx no sólo encapsula a toda Mallorca, tal vez no sea siquiera su enclave más corrupto. La hoguera del año reciente ha liberado a la política local de personalidades tan flagrantes como Hidalgo, Rabasco, Del Olmo o Matas, alanceados hoy por sus correligionarios, juguetes rotos que suplicarán pronto un oído mediático para sus alicaídas revelaciones. Han maniobrado a ras de suelo, mientras que la actual farsa de Son Espases se desarrolla a una altura metafísica, para que no le alcance la artillería anticorrupción. El propio Antich ignorará por siempre las cifras en juego, dentro de una operación hospitalaria que el president revalida sin derecho a discrepar, ateniéndose a las órdenes recibidas.
Las tramas municipales se basan en obtener la complicidad del pueblo, repartiendo las migajas entre sus habitantes. La ampliación de una caseta debe equilibrar una urbanización entera en rústico. Sin la alarma urbanística, los trapicheos de Andratx y sucedáneos se saldarían con una absolución masiva. El derecho Penal se limita a extender el certificado de defunción del territorio, puesto que las sentencias de demolición nunca serán ejecutadas. Con un poco de suerte, los presuntos delincuentes linajudos pueden conseguir incluso la inmunidad carcelaria a perpetuidad. Todo lo cual no nos solivianta porque, en cuanto la izquierda gobierna, le da menos importancia a la corrupción. Es otra forma de legalizarla.
La letra del himno balear
22 Noviembre 2007
No todas las personas que han escuchado el himno a Balears reparan en que carece de letra, en la mayoría de ocasiones por haberse dormido antes de fijarse en ese detalle. Esta chef d’oeuvre sinfónica parece la banda sonora de un vídeo protagonizado por Antich, aparte de la flagrante ausencia del instrumento musical típico mallorquín, la excavadora. La ausencia de versos enardecidos podría atribuirse a un olvido imperdonable –te concentras en el clavicordio y te quedas sin palabras–, o a que el Pacto no ha querido pecar de hiperbólico. Al fin y al cabo, en Balears la letra siempre la pone el PP.
Reaccionemos, antes de que nos endosen el segundo premio del concurso de letras para el himno español, por silencio administrativo. Esta raza orgullosa se niega a ser simbolizada por una tonadilla inefable. Ahora mismo, cuando tropiezas con otro balear por la calle –un incidente que por fortuna sucede cada vez con menor frecuencia–, has de identificarte tarareando o silbando ese empaste de violines. A poco que desafines, te sale un Prokofieff, se frustra la fraternidad autonómica y nos extinguimos como pueblo.
Las perspectivas apocalípticas se esfuman gracias a Construid y multiplicaos, el texto que hemos elaborado para el himno mudo balear. Con objeto de afianzar el consenso, estará escrito íntegramente en alemán, un idioma con la impagable ventaja de que la mayoría de sus palabras son universales –golf, euro, Claudia Schiffer y zu verkaufen–. Hemos espolvoreado el poema con el vocablo España, porque a alguien habrá que echarle la culpa y por la rima fácil con “dale caña”. En cambio, hemos suprimido cualquier mención a Balears, porque no había forma de que rimara con “recalificación de los rústicos mallorquines”. Nuestra letra se publicará en el Boletín Oficial y apantallará los efectos narcóticos de la música, cuya versión de cinco minutos parece durar tres días. La versión letrada se estrenará en la inauguración de Son Espases. Será cantada por el Govern a coro. Y a morro.
La Iglesia se perdona
21 Noviembre 2007
Siempre me cuesta cumplir con las exigencias de mis confesores. No acudo a ellos en busca de un perdón, sino para vigorizar mi necesidad de sentirme culpable. O, dicho de otra manera, contemporáneo. Les exagero o invento mis pecados, porque es más fácil reconocer los errores que no has cometido. Es un comportamiento extendido. La mayoría de veces me piden disculpas por nimiedades que no me han afectado, frente a la insensibilidad de las causantes del auténtico dolor. Pecar es un trámite engorroso para cumplir con la única fe verdadera, pedir perdón.
La noticia de la semana es que la Iglesia casi pide perdón por su comportamiento en la Guerra Civil, sólo setenta años después. La contienda ha tenido más suerte que Galileo. El perdón diferido libera del trauma del arrepentimiento. Equivale al ciudadano que, tras propinarle una fenomenal paliza a un vecino, le pidió perdón apesadumbrado, por haberle manchado el traje. Y no se lo trasladó a la víctima, sino a su tataranieto. La situación se agrava por el travestismo eclesial. La gran máquina de imponer penitencia pasa de perdonar a perdonarse.
En una sociedad sana, sería preferible dar las gracias a pedir perdón, y por los mismos motivos. En la tiranía de la culpabilidad, los habitantes de un pueblo de las islas Fiji extendieron sus disculpas a los descendientes del misionero que se habían comido sus antepasados. Dado que el perdón es bidireccional, el Vaticano presenta excusas simultáneamente a los descendientes de los caníbales, que nunca hubieran devorado al clérigo si éste no les hubiera impuesto una religión ajena. El planeta consume más culpabilidad que petróleo. Si la población sigue disparada, no se cometerán crímenes suficientes para saciar las necesidad de pedir perdón de las generaciones que nos sucedan. Debemos responsabilizarnos de mantener un nivel de atrocidad sin desfallecimientos. De lo contrario, también tendremos que disculparnos por ello. De momento, pido perdón a los descendientes de todos los pollos que me he zampado. Pero que no se confíen, por si acaso.
El ganador es el Príncipe
19 Noviembre 2007
Empecemos como Hitchcock, por el final. Así le prestarán ustedes más atención al principio, que vendrá luego. El ganador del duelo entre el Rey y Hugo Chávez es Felipe de Borbón. Al transitar de moderador a agitador, el Jefe de Estado ha elegido un modo algo chusco de plantear la sucesión a su trono. Ha bastado una semana para alterar radicalmente la percepción de la intromisión de Don Juan Carlos. Frente a quienes abominan de la infinita repetición de imágenes por Internet, la reiteración del “¿Por qué no te callas?” ha corregido, en una sensación de sonrojo, el entusiasmo hispánico inicial ante el pronto regio.
Desconcertados por las fluctuaciones de los líderes de opinión, ideamos un criterio propio. Si el Rey actuó correctamente en Chile, debe oficializarse su comportamiento –“cállese de una vez, embajador bocazas” o “Putin, apestas a vodka”–. De lo contrario, el énfasis regio en un lenguaje de teleserie propicia la vulgarización de su papel, que pasa de arbitral a arbitrario. De repente, el abrigo que debía durarnos eternamente parece pasado de moda, así que buscamos en el ropero. Ahí está el Príncipe, y poco más. No todos los juancarlistas van a recular hacia el republicanismo de que apostataron.
Es duro que las expectativas laborales de una persona dependan de la desaparición de su padre. Por el mundo deambulan cuarentones y cincuentones –o sesentones como Carlos de Inglaterra–, humillados por la longevidad de sus progenitores, que encima bravuconean de su excelente salud. Si el Rey desempeña su cometido sin tacha, tal como ocurría antes de que mandara a callar a Chávez, bloquea el acceso de su hijo al trono, o le lega una tarea inigualable cuando la sustitución devenga biológica. Estamos dando por descontada la continuidad de la monarquía, que no será nunca tan sencilla como dictaminan las leyes. De momento, un Rey y un guardameta no pueden pedir ayuda, porque no tienen a nadie detrás que enmiende sus fallos. El gol de chilena en propia meta del monarca obliga a reparar en su reserva, Felipe de Borbón. Ahora o nunca, debe pensar éste lícitamente.
‘El orfanato’, terror del revés
16 Noviembre 2007
Nadie se dirige a una proyección de El orfanato para ver una película, sino para entender por qué la han visto tres millones de personas. Tanto la Mona Lisa como El código Da Vinci vienen justificados por las multitudes que congregan. El público no interfiere en esos productos, sino que los define. Sólo en ellos se alcanza la masa crítica para que cada espectador individual ingrese en una experiencia colectiva. El contenido es superficial, pero estamos obligados a reseñar que la película española del año tiene una trama de titiritero, menos que nula. Pueden encontrarse diálogos más atractivos en un mal telediario, y la música estridente le ganará el Oscar a la mejor fanfarria. Por influencias, se impregna de la sobrevalorada Los otros, de la cámara dentro de la cámara de Tesis y de la fastidiosa El laberinto del fauno.
Y sin embargo, El orfanato logra su objetivo –la atención masiva– porque está rodada con una seguridad desconcertante. Confiar en la propia ignorancia es la mayor prueba de sabiduría. Esa autosuficiencia se plasma en el entusiasmo ante el rostro de una mujer hermosa. Si tuviera algo que contar, Juan Antonio Bayona habría redondeado una obra maestra. Sin ese sustento, cincela una provechosa sátira de los énfasis fotográficos para empaquetar historias hueras.
Los factores apuntados no explican la audiencia millonaria, ni distinguen a El orfanato de una producción de género. En el cine de terror, una persona huye de sus propios temores. Aquí, los persigue. La protagonista no busca al maldito niño de costumbre, sino al pánico que dé sentido a su existencia. La madre mataría a su hijo, con tal de seguir pasando miedo. Si nos ponemos estupendos, la película demuestra que los vínculos sentimentales son un mero pretexto para acicalar nuestras experiencias individuales. Belén Rueda, que por primera vez parece una actriz a ratos, interpreta al ser más egoísta de la humanidad, causando tres millones de huérfanos. Por fin, una película con espectadores suficientes para escribir un artículo sobre ella.
Madre y justicia en Chad
14 Noviembre 2007
En la respuesta mil veces malinterpretada a un estudiante argelino, Camus concluye que “prefiero mi madre a la justicia”. A partir de esta confesión, se le acusa de amparar el colonialismo francés en Argelia –por oponerse a las bombas justas que podían matar a su progenitora, una pied-noir–. El dilema se ha repetido curiosamente al norte de Africa, ahora en Chad. No sólo resurge la arrogancia europea, para la que no existen jueces locales que valgan. También rebrota la necesidad de salvar los intereses de nuestros próximos. Un familiar, un miembro de la tribu o un compatriota tan humanitario como mercenario se sitúan por encima de la ley.
Calcemos el zapato en el otro pie. Llega a España un avión de Chad, y agarra a un centenar de niños con la intención de llevárselos a Africa. Qué diríamos de la tripulación, y de quien se atreviera a repatriarla sin una investigación exhaustiva. Por no hablar de los agravios comparativos, pues nadie llora a los numerosos delincuentes españoles que cumplen condena en cárceles de países pobres. Tampoco se fleta al avión del jefe de Estado para rescatarlos, como si fueran héroes. No se ha dispensado un tratamiento similar a ningún soldado vivo o muerto en Afganistán o Líbano.
Por una vez tenía claro lo ocurrido, hasta que escuché a la madre del copiloto menorquín del avión que transportaba a los presuntos secuestradores. Con el corazón sobrecogido por las declaraciones maternas, acepté incluso las zancadillas entre Zapatero y Sarkozy, en pugna por proclamarse el más expeditivo del corral. Desde su dignidad sin aderezos, aquella mujer merecía con creces la libertad de su hijo. A él no me compete defenderlo, y mucho menos juzgarlo. De hecho, la tribu europea ha vuelto a la barbarie para decretar que nadie tiene derecho a tocarlo, con independencia de los hechos en que se haya visto implicado. Si me permiten, no voy a mitificarlo, aunque este absentismo peque de patriotismo fláccido. Por cierto, la madre que Camus prefería a la justicia se apellidaba Sintes, de neta estirpe menorquina.
El ‘annus bilis’ del Rey
12 Noviembre 2007
Para que el Rey interrumpa enojado a quien carga contra Aznar, ha de estar muy harto. No de lo que se diga sobre el ex presidente en Chile, sino de lo que se lleva diciendo contra el monarca en España. El legendario “¿Por qué no te callas?” –250 mil páginas en Google– no iba dirigido a Chávez, sino a la Conferencia Episcopal que aconseja su abdicación, a los independentistas que lo queman en efigie y a los probos fiscales que lo han puesto en la picota creyendo que defendían su honor, a raíz de una portada satírica.
El Rey desfogó en Chile la cólera acumulada en su annus bilis. El divo Chávez ha servido de espoleta para conocer el estado de ánimo del jefe de Estado español, que ha tenido que cambiar de hemisferio para desahogarse. De hecho, la actual ocupación profesional de Aznar consiste en insultar al gobierno español por medio mundo, y Zapatero lo estaba defendiendo con elegancia. El monarca conjuró en el militar venezolano el tremendismo hispánico que se cierne sobre el otoño de su reinado, y tuvo un arranque quijotesco. A los plebeyos nos reconforta que alguien silencie a un Jefe de Estado, salvo cuando recapacitamos que el silenciador no puede ser silenciado.
Tiemblen por el efecto contagio, se avecinan días fatigosos para las personas impertinentes y locuaces. Y no olviden la interpretación económica. “Siente un pobre a su mesa” es una iniciativa caritativa, mientras se guarden las proporciones. Cuando los pobres sedentes son mayoría, como en la cumbre iberoamericana, existe el riesgo de que se encabriten y acaben limpiándose los zapatos con las cortinas. Tampoco conviene excederse en el contraproducente encarecimiento del desparpajo regio. El jaleado derecho del Rey a expresarse sin tapujos puede impulsar a un número creciente de ciudadanos a pronunciarse con igual naturalidad sobre la monarquía. La clave de la política es la distancia y, hasta el sábado, el Jefe del Estado jamás había incurrido en el error de creerse sin ironía el papel que interpreta. La bilis es un humor que anula el sentido del humor.
Guíate por la tristeza
8 Noviembre 2007
El exceso de confianza en la felicidad es uno de los episodios más tristes de la época moderna. La carrera en pos de la ventura pueril suena aceptable en los tiempos en que era un engorro exótico, pero no cuando puedes adquirirla hasta en un McDonald’s. Seamos selectivos, no nos dejemos arrastrar por la dicha dentona de la Nochevieja perpetua. Mi aportación se detendría en este rechazo genérico, de no haber disuelto mi ocio entristecido en la misteriosa y deliciosa Historia de Cardenio. Se trata de un drama de Shakespeare inspirado en la anécdota quijotesca –recuerden la leyenda según la cual el inglés y Cervantes eran alias de una y la misma persona, el inconmensurable Francis Bacon–. Pasemos de la conjetura a las emociones, porque en un verso leo a Dorotea desorientada: “No sé el camino. ¡Guíame, tristeza!” Y recupero mi fe en la nobleza serena de la desventura.
Frente a la felicidad encabritada, no cabe mejor brújula que la tristeza reposada. Hay un entusiasmo triste y una salvación desesperada, por oposición al contradictorio “Nada hago sin alegría” del sombrío Montaigne. Por una sola vez en este idioma de machamartillo, que petrifica todos los vocablos, tristeza funciona fonéticamente y le adjudica a la palabra un único significado coherente. En comparación, la sadness inglesa edifica una pesadumbre más arenosa, pero ambas poseen la dote suficiente para darle una oportunidad al desconsuelo.
Me parece estar oyendo al cínico –“no serás más feliz, si te dejas guiar por la tristeza”–, pero su gravedad omite la insatisfactoria búsqueda de la satisfacción. Tampoco negaremos que nos amparamos en las coordenadas estéticas, en el repudio instintivo a la facilidad de la felicidad, a los excesos en su empaste dramático –ese Sarkozy, que siempre parece que acaba de ganar la Champions–. La tristeza nos devuelve la dignidad, fluye con tanta naturalidad como en el verso de Garcilaso. “Salid sin duelo, lágrimas, corriendo”. Libremente elegida, es la palanca que te impulsa hacia la meta codiciada. Ni se te ocurra llamarla felicidad.
Vístete, Juliette
7 Noviembre 2007
Queremos tanto a Juliette Binoche, que hemos aprendido a anticiparla. De ahí que sus desnudos en Playboy, la renombrada marca de neumáticos, nos haya desposeído de nuestras certezas. La hipótesis de compartirla –aunque sea sin ropa, lo cual alivia el trauma– se erige en una afrenta personal. Si nuestra admiración le parecía barata, podríamos haberla aquilatado con una colecta. Todo antes que entregarse, como una conejita existencialista, al imperio de las mujeres a las que no sabríamos qué decir.
Se entenderá mejor si precisamos que estamos físicamente enamorados de Juliette Binoche, pero no de su cuerpo. Torturada por Kundera en La insoportable levedad del ser, la dibujamos como la mujer en la que el pecado todavía supone una caída. No se deja desear, por lo que nuestra adoración no la liberó de incurrir en la depresión. Los directores se la rifan por su predestinación al sufrimiento, que allana un masoquismo sin colorantes ni conservantes. Al igual que sucede con ciudades muy selectas, para nosotros siempre fue tan importante por dentro como por fuera. La corroboración actual peca de innecesaria.
Necesité dos novias distintas, cuando quise obtener algo parecido a una Juliette Binoche. Como trabajaban en turnos desconectados, no había forma de que coincidieran y la experiencia se hacía imperfecta. Ahora temo que este reportaje dañe el espíritu de la actriz. Su decisión errónea demuestra que las personas aplastamos el amor porque confundimos las razones por las que elegimos y somos elegidos. Oscar Wilde lo expresó mejor pero, dado que el desnudo se concentra en la edición francesa de Playboy, conviene apañarse una cita de Sartre. “El infierno son las demás”. Mientras tanto, los clochards de la actriz le imploramos: Vístete, Juliette. No puedes ser nuestra musa y vulgar, al mismo tiempo. Vuelve a mirarnos de haut en bas. Las apariencias nunca engañan, y no tienes derecho a traicionar a quienes habíamos encontrado, por fin, una mujer en la que cuerpo y alma eran sinónimos.
Orinar ‘on the road’
5 Noviembre 2007
El último invento de Tráfico para torturar a los noctámbulos consiste en someterles a tests de saliva en la carretera, que pueden ir seguidos de extracciones de sangre. Más adelante se implantarán los análisis de orina, todo ello bajo la presunción de combatir la drogadicción al volante. La pregunta es, ¿hasta cuándo vamos a tolerar intromisiones abusivas y estériles en nuestros cuerpos? Ningún preboste ha asumido que dimitirá si el número de muertes en la carretera se mantiene estable, tras la pantomima que convierte a los agentes en aspirantes a Louis Pasteur.
Esta gamberrada gubernamental hubiera sido tan impensable hace veinte años como el innoble listado de afectados por el sida, cancelado pese a la indiferencia de la población. Además, el hallazgo de narcóticos en el diez por ciento de los fallecidos en accidente sólo confirma la sospecha de que ese porcentaje de personas se pasean por la vida –a pie o sobre ruedas– con aditivos químicos. De hecho, el porcentaje entre las víctimas es inferior al real, lo cual nos llevaría a la estupefaciente conclusión de que las drogas mejoran la conducción.
Al igual que ocurre en las donaciones de sangre, esperamos que los jefes de Estado –sin caricatura, nadie desea ir a la cárcel por una broma–, presidentes de Gobierno, miembros del Congreso y líderes comunales se someterán voluntariamente a las pruebas de saliva y de orina. Los resultados se harán públicos en el BOE, para certificar la lucidez de quienes nos pastorean a cambio de una apreciable remuneración. Por si Tráfico lo ignora, no se requiere de orinal alguno para detectar a las bestias que deben ser retiradas de inmediato de la carretera. Basta circular por ella con la atención mínima exigible a la autoridad. Dado el fervor estadístico que atenaza a los responsables de la seguridad vial, y en vista de que el noventa por ciento de las víctimas de accidentes son de raza blanca o sonrosada, bastará con retirar a las personas de esa pigmentación el carnet de conducir, lo cual se traducirá en un alivio reseñable de la carnicería asfáltica.
Valiente encuesta
1 Noviembre 2007
Si tuviera que dar la lista de denunciantes de escándalos mallorquines que me han apostillado “pero yo prefiero no salir” –o, en una fase previa, “es asqueroso, pero no puedo contarlo por las represalias”–, este periódico doblaría su número de páginas. La postura de estos compatriotas coincide con la actitud del tercero en discordia, en el vagón del Metro barcelonés donde se veja a una joven. El espectador es la figura clave del suceso. Ni agrede ni es agredido, ni mucho menos se interpone. Nos representa, porque ninguno de mis lectores anda coceando por la calle –o eso espero–. Estadísticamente, la inmensa mayoría tampoco vamos a recibir golpes de desconocidos. Es bastante más probable que provengan de alguien cercano. Sólo estamos expectantes.
Gracias a una encuesta electrónica y benemérita de este diario –hoy tendrán que pagarme la publicidad que les estoy haciendo–, me entero de que dos de cada tres mallorquines “hubieran actuado en caso de presenciar una agresión como la del metro”. Mi única pregunta es, ¿por qué yo siempre me encuentro con el tercero, el ciudadano remiso y remolón que consultará su reloj con descuido mientras transcurren los golpes? Iba a decir que el inhibido actúa a la mallorquina, pero ya no, vista la efervescencia de dignidad recogida en el sondeo.
Claro que, si casi un setenta por ciento de los mallorquines se hubieran mostrado tan arrojados frente a las agresiones en la vida como en la encuesta, la isla no presentaría su lamentable aspecto actual. Será que internet nos envalentona. Nos hace diestros en el toreo de salón, cuando ni siquiera se nos exigía el heroísmo en vivo. Desde UM, Bartomeu Vicens –aunque quizás no elegimos el mejor día para citarlo–, sostenía que no hacen falta leyes urbanísticas nuevas, bastaría con aplicar las ya existentes. Bastaría ejecutar la mitad de ellas, podríamos añadir. En fin, la encuesta es dual, por lo que agradezco disponer de un rincón privado, donde aportar mi respuesta de espectador de numerosas agresiones: Ignoro mi reacción, pero la temo.
