Bhutto, bodas de sangre
28 Diciembre 2007
La dislexia de Bush ha sido más nociva para el planeta que la nariz de Cleopatra. El presidente americano confundió Irak con Irán y, sobre todo, Afganistán con Pakistán, detonando dos guerras equivocadas. Quiso enmendar su fallo de ortografía pakistaní concertando un matrimonio de conveniencia entre el desprestigiado Musharraf –alias Busharraf– y Benazir Bhutto, cuya estampa aristocrática enmascaraba su falta de principios morales. La novia de esta boda por interés acaba de ser asesinada, como en un culebrón cuyos tentáculos se extendieran por todo el planeta. La futura esposa perdió su baraka, al igual que todas las personas tocadas o abrazadas por Bush.
Acostumbrados a las recias sultanas Golda Meir o Indira Gandhi, recibimos a la primera Benazir Bhutto como un bálsamo, en los telediarios de los años ochenta. Esclavos de la imagen, no sospechábamos el hermanamiento de la belleza y la corrupción en Pinkie, como la llamaban desde su nacimiento rosáceo. El asesinato de la novia precede a las elecciones generales que en Pakistán tienen un significado literal, puesto que los generales se reparten la propiedad del país. De hecho, Musharraf acaba de protagonizar un golpe de estado dentro de otro.
Presidenta vitalicia pero mortal de su partido, Bhutto vaticinó su propio asesinato entre el escepticismo occidental. Deja en herencia un país que ya sólo pueden abarcar los guionistas de James Bond, aunque usted puede lograr una aproximación, alquilando en enero el DVD de Un corazón invencible. El padrino tejano de las bodas de sangre no sabría escribir correctamente el nombre de la novia muerta. Por desgracia para Bush, la ignorancia de la realidad no exime de su cumplimiento. La incultura de la Casa Blanca ha convertido al Apocalipsis en un miembro más de la familia. Cuando le hablen del polvorín global, mire siempre en primer lugar hacia Pakistán, un volcán con armamento nuclear donde sólo alguien como Bin Laden puede sentirse seguro.
El mensaje real
26 Diciembre 2007
Felipe González dijo un día que estaba “hasta las narices de los españoles” y, a la vista de lo que me ha sucedido este año, ya no estoy tan seguro de que exagerara. Vosotros no habéis elegido a Letizia, pero yo tampoco. Tengo que confesar que me alegré en mi interior por la portada, en la vana esperanza de que le bajara los humos. Reconozco que no debí mandar a callar a Chávez, tendría que haberle partido la cara directamente, porque Zapatero es un buenazo que todavía se estaría explicando pedagógicamente en Chile.
Llevo 32 años interpretando el mismo papel, me siento en La ratonera de Agatha Christie. Ahora, los españoles de González insinúan que debo abandonar la escena. No se les ha ocurrido que es lo mejor que podría sucederme. En menos de un año, suspirarían por mi regreso. Soy el primer republicano de España, por espíritu de supervivencia. Mi clase social me odia. Los políticos empiezan a tratarme con displicencia, pero yo ganaría fácilmente a Zapatero y a Rajoy –también a una lista en la que figuraran ambos–. Vencería incluso a Ibarretxe en el País Vasco, sólo Garzón me aguantaría un pulso electoral. Y eso que, en 1975, gobernar era al menos una tarea de hombres. Hoy consiste en limitar la velocidad, el tabaco y el alcohol. Europa parece un internado de señoritas.
¿Alguien se preocupa de mis traumas? A punto de cumplir setenta años y harto de trabajar de parachoques porque, sin mí, los españoles se enredarían en cualquier reivindicación con tal de desangrarse. Queridos compatriotas, envío la felicitación a las demás familias de una Familia como las demás. Ni siquiera puedo reunir a mis hijos en una foto. También vosotros celebráis las fiestas irreconciliables y dispersos, sacándole la piel a personas a las que jurásteis amar para siempre. No os esforcéis por ser mejores de lo que sois, ni prestéis demasiada atención al rutinario mensaje de Navidad. En fin, empecemos a grabar: “Buenas noches. Como cada año, quiero en esta Nochebuena dirigir mis mejores deseos a todos los españoles…”.
El PSOE elige perder Balears
24 Diciembre 2007
Sumido en el letargo navideño, había descartado enfrascarme en la designación de Antoni Garcias como cabeza –con perdón– de la lista del PSOE a las generales por Balears. A la postre, es el asunto interno de un partido que ahora pretende construir incluso en la copa de los árboles. Sin embargo, la opción resulta tan truculenta que afrenta incluso a quienes no votaríamos ni a Ségolène Royal. Se hace molesto que los participantes en los comicios nos igualen en el sarcasmo que suscita ese circo. Ni siquiera el PP colocaría a Matas de número uno al Congreso.
Los socialistas poseen, por primera vez en su deambular, una nómina de candidatos iniciados en la victoria y que todavía no nos han defraudado lo suficiente. A vuelapluma, ahí van Joana Barceló –¿alguien se extrañaría si la hicieran ministra?–, Calvo, Armengol o Tarrès. Por no hablar del ideal que no idealista Joan Mesquida. Ni siquiera la lucha antiterrorista, la única actividad fehaciente del Estado de España, justifica la decepción de sustituir al superpolicía emergente por un fósil de la etapa negra del socialismo balear. Abreviando, escribir los nombres de Garcias y Joana Barceló en el mismo artículo ofende a ambos.
Seré ecuánime ante un candidato exánime. La mayor virtud de Garcias son dos décadas de vida política sin dejar ni rastro. Su mayor defecto son dos décadas de vida política sin dejar ni rastro. Repetir la sorpresa del neutro Antich en tan corto plazo equivale a obtener el Gordo de Navidad en años consecutivos. El precedente no mejora las probabilidades de la segunda victoria. Al PP le costará seleccionar un candidato que empate con el número menos uno rival, aunque nos consta que lo logrará. De una tacada, UM elige a Nadal, el PP a Estarás, el PSOE a Garcias. Tiene que haber un mensaje oculto en todo esto, pero resulta demasiado ominoso para atreverse a descifrarlo. Si un 11-M no lo remedia, los socialistas eligen perder las próximas elecciones en Balears, aunque sus votantes ya les han llevado la contraria en más de una ocasión.
Disfrute de esta Navidad
20 Diciembre 2007
He escrito artículos a favor y en contra de la Navidad, por si acaso. La ambigüedad no es el residuo de la indiferencia, sino la estela que deja la búsqueda de la objetividad inexistente. Al fin y al cabo, Occidente ha luchado durante dos milenios para emanciparse de lo indispensable, y reciclarlo en un estilo de vida. La moda no ha suplantado a las esencias, sino que es su heredera más evolucionada. La alegría es tan caprichosa como la meteorología, por lo que me complace comunicarles que este año pueden disfrutar de las fiestas con desenfado. Se acercan unas Navidades anticiclónicas. Hasta diciembre de 2008 no nos replantearemos la cuestión, probablemente con veredicto inverso. Claro que, según Al Gore, para entonces sólo él habitará el planeta.
Este año, no tiene sentido culpabilizarse por disponer de calefacción central, ni trinchar el pavo pensando en Darfur, ni preguntarse qué habría sido de la Navidad si Pilatos conmuta la pena de muerte por prisión perpetua. O si hubiera sido niña. O si Osama liquida en el futuro las españolísimas Navidades. No vamos a amargarnos ni una gamba denigrando a quienes emponzoñan estas fiestas entrañables con turbias conmemoraciones espirituales, en lugar de zambullirse en el consumo renovador. Tampoco nos compadeceremos de los ricos, esas víctimas olvidadas que se pierden el auténtico sentido de las fiestas.
Por simplificar, sellamos una tregua para enorgullecernos de nuestras limitaciones ramplonas. Durante dos semanas –nadie dijo que fuera una travesía corta–, nos embriagará un sentimiento afectuoso hacia los restantes seres humanos, a condición de que no se acerquen demasiado. En este lapso, debes encauzar la rabia hacia asuntos más prosaicos, como decidir contra quién votarás en marzo. Habrá tiempo para la vuelta a las andanadas. En todo caso, no preserves este artículo junto al resto de capolavori que han emergido de nuestra pluma. La doctrina tan brillantemente expuesta caduca en doce meses. Entretanto, celebraremos esta felicidad al dictado con un beso de más.
Sarkozy de Bruni
A cambio de lograr una cita con Carla Bruni, estoy dispuesto a sacrificarme y ocupar la presidencia de Francia. Me asistía el mérito de ser la persona viva que ha escuchado en más ocasiones Quelqu’un m’a dit –el equivalente a 36 horas consecutivas–. Sin embargo, Sarkozy también se nos ha adelantado en esta encomienda, perfilando una pareja más asimétrica que una liaison entre Cecilia Sarkozy y Marichalar. La top model anciana pertenece al género de mujeres que te traicionan antes de conocerte, o para no tener que hacerlo, por lo que la colisión entre ambos nos promete veladas de política internacional más entretenidas que la pacificación de Palestina.
No me imagino a un ser humano susurrándole a Sarkozy que “alguien me ha dicho que me amas todavía”. Le cuadra un verso más directo, “arrodíllate y besa mis tacones”. El presidente francés tiene la sensibilidad de un ciclista. Igualmente zalamero con Zapatero que con Carla Bruni, ahora percibirá la sensibilidad de su musa cuando canta que “el destino se burla de nosotros”. La penúltima pareja de la artista –el Raphaël de su canción– era el hijo de su antepenúltima pareja, y se lo robó a la hija de Bernard-Henri Lévy, al borde del suicidio y hoy deliciosamente vengada. Nadie como los franceses para montar un melodrama en condiciones, en España siempre se interpone una folklórica en trance de depilación.
Tarareadas por Nicolas Sarkozy de Bruni, las canciones descalzas de la artista se embuten en botas de mariscal. El presidente de la monarquía francesa la enviará a pacificar Irak con una guitarra de seis sogas al cuello, y pronto dictará conferencias de cinco tenedores sobre el cambio climático. Tras exprimir a Mick Jagger y al político conservador más hiperactivo de Europa, la cantautora ya sólo puede escalar hacia Brad Pitt o algún ilustre residente del Vaticano. Seamos pues agradecidos con las presas masculinas de carla Bruni, que nos liberan del trauma de ser abandonados por ella. En sus labios suena erótica hasta La marsellesa, en versión de pecado original.
Zapatero, la propina de Solbes
18 Diciembre 2007
El fichaje de Solbes por la lista socialista en Madrid no sólo igualó en fanfarria a la incorporación de Garzón en su día al mismo elenco, sino que puede tener idénticos resultados desastrosos para el PSOE. A lo largo de la legislatura declinante, cada propuesta de Zapatero venía seguida de una indagación periodística ante su vicepresidente económico, para saber si la consideraba plausible. La inversión de roles llega al extremo de que el presidente parece un mero apéndice de su teórico subordinado, la propina de Solbes.
De ahí que la lección magistral de Solbes, sobre las propinas excesivamente generosas en el café, deba ser reinterpretada como una crítica velada a Zapatero. El discurso pedestre del megaburócrata escenifica el estado lamentable de la ciencia económica, siempre más próxima a la religión que al recoleto esoterismo. Sin olvidar el clasismo lacerante de la tabarra vicepresidencial. La vida regalada de los ministros no es una metáfora. Sólo abonan las propinas y Solbes –habría que repasar cuántas comidas endosa a los Presupuestos– quiere liberarse incluso de esa carga onerosa.
El énfasis en el detalle oculta que el mensaje providencial de Solbes no consiste en la incidencia de las propinas en el IPC –cuando su arbitrariedad literal las excluye de los precios–, sino en su viaje en el túnel del tiempo. El vicepresidente gratis total lamenta que “no sabemos que 20 céntimos son 32 pesetas, y que un euro son 160 pesetas”. Es decir, reivindica el retorno a la peseta como unidad monetaria española. Nos encontramos ante la decisión económica de mayor calado de un gobierno continental, desde la introducción del euro. Curiosamente, Solbes nunca se ha quejado de que no sepamos que trescientos mil euros son cincuenta millones de pesetas, y de que suscribamos alegremente hipotecas por tales sumas. Esa ignorancia ha colocado a su país al borde del desplome económico y medioambiental, pero permitirá que el vicepresidente mantenga un sueldo a prueba de inflación. Y Zapatero de propina del banquete. O de pourboire.
El “lobby” en Son Banya
17 Diciembre 2007
Según las autoridades, en Mallorca no hay bandas juveniles, aunque ahora puedes encontrarte un cadáver adolescente cosido a puñaladas, en plena calle Blanquerna y en horario infantil. Las mismas fuentes juran que la pacífica Palma carece de zonas de impunidad. Sin embargo, la policía no puede entrar en Son Banya, donde anida el único “lobby” verdaderamente efectivo de ls ciudad. No espere leer aquí un manifiesto contra la droga - un consumidor de cocaína vive mejor que el campesino que cultiva su adicción-. Sólo reivindico que esa barriada me sea indiferente, como el resto de la ciudad.
Contemplar a narcotraficantes folklóricas convertidas en figuras de la jet, o imponiendo condiciones a los no menos folklóricos concejales palmesanos, suena excesivo. Obliga a barruntar que el temor de nuestros representantes democráticos estriba en que los amotinados difundan su lista de clientes. El PP arrasaba electoralmente en Son Banya. No se trata de cambiar el voto, por los métodos que utillizó la derecha, sino de que sea una barriada más. ¿También esto tiene que lograrlo la Fiscalía Anticorrupción, no hay otros funcionarios hábiles?.
El orden se basa en la repetición, como demostró Giuliani al poner coto a la mafia neoyorquina. Para hacerse innecesaria. la policía ha de pasear a diario por Son Banya. Concentrar en reservas zoológicas a las bandas de apuñaladores juveniles y de narcotraficantes es el principio del fin. La parálisis del poder sólo transmite la convicción de que resulta preferible ser protegido por los delincuentes de Son Banya, antes que confiar en la tutela policial. Y ni aquí descuidamos los derechos del consumidor, que puede ser atendido en expendedurías de sustancias ilegales. Servirían los mismos comercios donde se venden las drogas legales. Repito que no nos alienta la moral, sino la economía. Los cuerpos de represión nos salen carísimos, para que encima sean estériles. Si faltan refuerzos, se puede recurrir a efectivos del millar largo de agentes que se consagran a una sola familia en el verano mallorquín.
¿Por qué son mejores que tú?
13 Diciembre 2007
La autoayuda falla por su énfasis en el prefijo auto, una maniobra de despiste que nubla la evidencia de que la culpa la tienen los demás. A nadie le importa sentirse una birria. Esa degradación se hace incluso deseable, siempre que nuestros convecinos se encuentren en una situación todavía más deplorable. De hecho, no estamos tan ensimismados como pretenden los gurús. Sólo aspiramos a que los otros estén un poco más fastidiados, para ofrecerles el consuelo que certifique nuestra preeminencia. El drama surge en el preciso instante en que te planteas por qué son todos mejores que tú.
Si partes de un plano inferior, no equilibras la balanza cuando te suministran los libros o los medicamentos que deberían liberarte de tu complejo. De qué te sirve progresar, dado que los restantes mamíferos lo hacen en idéntica proporción. Con la democratización de la autoestima, regresas a la casilla de salida, unos peldaños por debajo de todos los demás. La inflación emocional ha convertido a tus semejantes en campeones de la sentimentalidad. Te aprestas a llorar a moco tendido, según indican todos los manuales pero, en cuanto sacas el pañuelo, tú interlocutor ya moquea alegando una tragedia personal más convincente.
Ansiamos al autor que se atreva a concluir que el único atajo para el fomento de la autoestima consiste en aporrear la estima ajena. Hay que educar a los niños en la competitividad emocional. Debemos adiestrarnos en la guerra por la supervivencia de nuestros afectos. La felicidad es una jungla darwiniana, donde sólo sobrevivirás si demuestras aptitudes para aplastar las sensibilidades que pugnan por imponerse a la tuya. Los recursos espirituales del planeta son tan limitados como los materiales. Compartirlos es dilapidarlos, apodérate de ellos. De lo contrario, seguirás pensando que son todos mejores que tú, incluso los más repelentes. Mírame a mí, sin ir más lejos. Seguro que en algún momento me has envidiado. Así de preocupante es tu situación. Si yo te contara, pero no te concederé esa ventaja.
El amigo Gadafi, terrorista
10 Diciembre 2007
Ya conocen la foto. Zapatero y Moratinos contemplan embelesados a Gadafi. Nos hallamos en la cumbre lisboeta de Europa sobre Africa, al día siguiente de que nuestros gobernantes juraran el exterminio de otros terroristas. El líder libio se ha disfrazado de Joaquín Sabina, con boina por bombín. Dado que la actualidad es el único fenómeno autocontenido –un desmentido a Gödel–, también existe un etarra apodado Gadafi. Perteneció al comando Vizcaya, en el que se encarta la asesina reciente de dos guardiaciviles. Las coincidencias no existen.
Nuestro amigo Gadafi fue el autor intelectual de sendos atentados aéreos, en los que mató a más personas que ETA en los últimos veinte años. En Lockerbie murieron 270, en Níger fueron 170. En el segundo, participó su propio cuñado. Los terroristas de hoy son los héroes de mañana. Siendo benévolos, decretaríamos que Zapatero o Sarkozy se mantienen firmes. Que han logrado el arrepentimiento del guía de Libia. Falso. El susodicho anuncia en Lisboa, para deslumbrarlos, que “es normal el recurso al terrorismo”. La hipertrofia del vocablo terrorista es una etiqueta-trampa. Ningún periódico extranjero de relumbrón se lo adjudica jamás a los etarras. Tampoco en tiempos del salvapatrias Aznar.
Admitamos que Bush bombardearía con ganas a todos los integrantes de esa foto, empezando por Zapatero y Moratinos. Reagan ya hizo lo propio con la jaima de Gadafi, pero sólo consiguió matar a su hija. Por aquel entonces, el libio era un terrorista a secas. Lo redimieron las indemnizaciones. Pagó nueve millones de euros por cada víctima de Lockerbie. El petróleo disuelve el terror. ¿Lo duda usted? El ochenta por ciento de los causantes del 11-S eran ciudadanos saudíes, por lo que bombardeamos Afganistán. La autoridad competente decide cuáles son los atentados repudiables en cada momento, para que no se emitan condenas inoportunas. Además de hermanarse con Gadafi, Europa va a venderle armas. Puedes ser terrorista, pero únicamente si tienes el dinero suficiente para pagártelo.
Una de “showcooking”
8 Diciembre 2007
Nunca entenderé el morbo de contemplar a un mamífero adulto fabricando unos huevos fritos, delante de una audiencia subyugada. Esta variante de hacer el ridículo en público se llama showcooking, a traducir como pornogatronomía. A diferencia de los chefs que trabajan delante de un público, igual que los pilotos de excavadoras, yo escribo mi columna de comida casera a espaldas de ustedes. Dado el exhibicionismo febril contemporáneo, donde hasta las empleadas de hogar graban en vídeo sus intervenciones -el cada vez más pujante showcleaning-, me siento un trabajador clandestino.
Vamos a solucionarlo con un plato de showwriting. Aguarden a que me encasquete el gorro de cocinero. Para abrir boca, necesitamos una palabra doradita, crujiente, materia prima para el colesterol. Es imprescindible que contenga una Z. Aunque hay colegas que, ante este dilema, se decantan por mozzarella, a mí me da excelentes resultados sinvergüenza. Tiene sustancia, y con ella abarcamos la literaturaespañola del siglo XX. La sabiduría gastronomicoliteraria de Cela se condensa en ese vocablo. Según se ve, la cocina es más elaborada que la escritura, una actividad que pueda crearse con los ingredientes que hasta el humano más majadero atesora en su cerebro.
En el lenguaje del showcooking, una columna periodística equivale a una salchicha. Debe anudarse con un buen principio -el nuestro ha sido jugoso - y un buen final - ya lo tengo escrito, van a chuparse los dedos-, el resto se hace intrascendente. Cuando sofreímos narrativamente nuestro plato principal, obtenemos la frase “alguien es un sinvergüenza”. Aquí pueden ustedes introducir a Zapatero, Rajoy o su político local favorito. Canalla es el orégano de todos los artículos hispánicos, el nuestro ya casi está redondeado. Unas gotas de vinagre, que en el showcoking llamamos acetos, espolvoreamos la masa con la palabra corrupción, y listo para servir. Acabada la dura jornada, voy a desengrasarme trotndo unas millas por la ciudad. El showfooting, ya saben.
Políticos a la calle
6 Diciembre 2007
El presidente del gobierno de España no puede salir a la calle. Está protegido de un atentado –a semejanza de sus colegas occidentales, a diferencia de sus conciudadanos–, pero no de ser abucheado ruidosamente en cuanto se asoma al balcón. Sin embargo, el político susodicho es el candidato más firme a ganar las elecciones, donde los insultos anulan la papeleta. Por tanto, o las calles no votan o el voto no callejea. La vía pública regresa al fraguismo que se la apropió –”la calle es mía”–, a cambio de hacerse inservible para interpretar el estado de ánimo de la opinión pública.
España ha inventado el género bufo de organizar una manifestación conjunta, con el único objetivo de facilitar el insulto a los otros convocantes durante el acto. Bajo esta premisa, las perspectivas electorales de Zapatero se debilitan, si asiste al evento que auspicia él mismo. Necesita que su convocatoria atraiga a pocas personas, para reducir el impacto decibélico de los improperios que va a recibir. Sus cortesanos tuvieron que idear un retorcido periplo –con escalas en Italia y Francia–, a fin de que el sedentario presidente estuviera ausente de Madrid en la fecha que había propuesto para la concentración. No pecamos de originalidad, Bush no ha acudido a un solo funeral por los miles de soldados norteamericanos fallecidos en Irak.
De repente, los aficionados futbolísticos se han rebelado contra las estrellas a las que pagaban y aplaudían generosamente, ya sean los jefes de Estado del G-8 o Zapatero. No quiero ponerme estupendo, pero el concepto de manifestación popular ha quedado definitivamente desprestigiado por estas efusiones. Los argumentos demoscópicos priman sobre los jurídicos, pero están cada día más agazapados, una vez que la política oscila en la dialéctica entre poner a los gobernantes en la calle a caer de un burro, o marginarlos en el enclaustramiento y acusarlos a continuación de perder el pulso callejero. No es raro que los candidatos a gobernar se empeñen tan arduamente en ganar las elecciones, para así perder de vista a los electores.
Antifranquismo a medias
5 Diciembre 2007
El promotor del hermoso monumento franquista de sa Feixina hubiera renegado, en buena lógica, de toda distinción procedente de un Ayuntamiento rojo. ¿Con qué derecho pretendía profanar Aina Calvo la memoria histórica del insigne prócer, deshonrándolo con el infamante nombramiento de hijo ilustre de Palma, que hubiera requerido de la firma judeomasónica de socialistas y comunistas? Un día recibí un premio de un consistorio del PP, y lo hubiera considerado insultante en otra filiación ideológica. “Muera Franco, vivan los franquistas” es el eslogan vigente en Cort, que ahora recurre a una coartada vergonzante para ocultar su nueva fe. El PSOE no premia a un franquista porque la derecha se lo impide. Una hazaña digna de ser preservada en la memoria histórica, sin duda.
Este vodevil demuestra que cualquier ciudadano merece ser degradado a hijo ilustre, sin más que obviar los capítulos impertinentes de su biografía. Por supuesto, no hay que confundir el fervor franquista con el ansia de Antich y Calvo por servir a su amo –qué gran portada de El jueves daría esta kermesse–. Se desviven, últimamente han perdido fuelle frente al Grosske que se contonea en Nueva York con el Basural, cuya mefítica pureza investigó hasta el tuétano.
Por si los motivos para bendecir el monumento franquista no fueran nítidos, la ilustración de Tous i Ferrer –que ya tiene calle y medallas, hay deudos insaciables– se hubiera hecho a costa de Teodor Ubeda. El obispo cometió un crimen más reprobable que el fascismo, al auspiciar la capilla de Barceló en abierta contravención de las órdenes dictadas por el jefe de Calvo y Antich. La farsa se cierra con la asociación en pro de la Memoria Histórica Selectiva, cuyos miembros se manifiestan en contra del monumento pero balbuceando sobre su impulsor, como buenos mallorquines. Es decir, derribamos las obras de Albert Speer, para premiar a continuación al arquitecto nazi. Y así sucesivamente, hasta consolidar un antifranquismo a medias, de centroizquierda.
