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Políticos a la calle
6 Diciembre 2007

El presidente del gobierno de España no puede salir a la calle. Está protegido de un atentado –a semejanza de sus colegas occidentales, a diferencia de sus conciudadanos–, pero no de ser abucheado ruidosamente en cuanto se asoma al balcón. Sin embargo, el político susodicho es el candidato más firme a ganar las elecciones, donde los insultos anulan la papeleta. Por tanto, o las calles no votan o el voto no callejea. La vía pública regresa al fraguismo que se la apropió –”la calle es mía”–, a cambio de hacerse inservible para interpretar el estado de ánimo de la opinión pública.
España ha inventado el género bufo de organizar una manifestación conjunta, con el único objetivo de facilitar el insulto a los otros convocantes durante el acto. Bajo esta premisa, las perspectivas electorales de Zapatero se debilitan, si asiste al evento que auspicia él mismo. Necesita que su convocatoria atraiga a pocas personas, para reducir el impacto decibélico de los improperios que va a recibir. Sus cortesanos tuvieron que idear un retorcido periplo –con escalas en Italia y Francia–, a fin de que el sedentario presidente estuviera ausente de Madrid en la fecha que había propuesto para la concentración. No pecamos de originalidad, Bush no ha acudido a un solo funeral por los miles de soldados norteamericanos fallecidos en Irak.
De repente, los aficionados futbolísticos se han rebelado contra las estrellas a las que pagaban y aplaudían generosamente, ya sean los jefes de Estado del G-8 o Zapatero. No quiero ponerme estupendo, pero el concepto de manifestación popular ha quedado definitivamente desprestigiado por estas efusiones. Los argumentos demoscópicos priman sobre los jurídicos, pero están cada día más agazapados, una vez que la política oscila en la dialéctica entre poner a los gobernantes en la calle a caer de un burro, o marginarlos en el enclaustramiento y acusarlos a continuación de perder el pulso callejero. No es raro que los candidatos a gobernar se empeñen tan arduamente en ganar las elecciones, para así perder de vista a los electores.