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Disfrute de esta Navidad
20 Diciembre 2007

He escrito artículos a favor y en contra de la Navidad, por si acaso. La ambigüedad no es el residuo de la indiferencia, sino la estela que deja la búsqueda de la objetividad inexistente. Al fin y al cabo, Occidente ha luchado durante dos milenios para emanciparse de lo indispensable, y reciclarlo en un estilo de vida. La moda no ha suplantado a las esencias, sino que es su heredera más evolucionada. La alegría es tan caprichosa como la meteorología, por lo que me complace comunicarles que este año pueden disfrutar de las fiestas con desenfado. Se acercan unas Navidades anticiclónicas. Hasta diciembre de 2008 no nos replantearemos la cuestión, probablemente con veredicto inverso. Claro que, según Al Gore, para entonces sólo él habitará el planeta.
Este año, no tiene sentido culpabilizarse por disponer de calefacción central, ni trinchar el pavo pensando en Darfur, ni preguntarse qué habría sido de la Navidad si Pilatos conmuta la pena de muerte por prisión perpetua. O si hubiera sido niña. O si Osama liquida en el futuro las españolísimas Navidades. No vamos a amargarnos ni una gamba denigrando a quienes emponzoñan estas fiestas entrañables con turbias conmemoraciones espirituales, en lugar de zambullirse en el consumo renovador. Tampoco nos compadeceremos de los ricos, esas víctimas olvidadas que se pierden el auténtico sentido de las fiestas.
Por simplificar, sellamos una tregua para enorgullecernos de nuestras limitaciones ramplonas. Durante dos semanas –nadie dijo que fuera una travesía corta–, nos embriagará un sentimiento afectuoso hacia los restantes seres humanos, a condición de que no se acerquen demasiado. En este lapso, debes encauzar la rabia hacia asuntos más prosaicos, como decidir contra quién votarás en marzo. Habrá tiempo para la vuelta a las andanadas. En todo caso, no preserves este artículo junto al resto de capolavori que han emergido de nuestra pluma. La doctrina tan brillantemente expuesta caduca en doce meses. Entretanto, celebraremos esta felicidad al dictado con un beso de más.


Sarkozy de Bruni

A cambio de lograr una cita con Carla Bruni, estoy dispuesto a sacrificarme y ocupar la presidencia de Francia. Me asistía el mérito de ser la persona viva que ha escuchado en más ocasiones Quelqu’un m’a dit –el equivalente a 36 horas consecutivas–. Sin embargo, Sarkozy también se nos ha adelantado en esta encomienda, perfilando una pareja más asimétrica que una liaison entre Cecilia Sarkozy y Marichalar. La top model anciana pertenece al género de mujeres que te traicionan antes de conocerte, o para no tener que hacerlo, por lo que la colisión entre ambos nos promete veladas de política internacional más entretenidas que la pacificación de Palestina.
No me imagino a un ser humano susurrándole a Sarkozy que “alguien me ha dicho que me amas todavía”. Le cuadra un verso más directo, “arrodíllate y besa mis tacones”. El presidente francés tiene la sensibilidad de un ciclista. Igualmente zalamero con Zapatero que con Carla Bruni, ahora percibirá la sensibilidad de su musa cuando canta que “el destino se burla de nosotros”. La penúltima pareja de la artista –el Raphaël de su canción– era el hijo de su antepenúltima pareja, y se lo robó a la hija de Bernard-Henri Lévy, al borde del suicidio y hoy deliciosamente vengada. Nadie como los franceses para montar un melodrama en condiciones, en España siempre se interpone una folklórica en trance de depilación.
Tarareadas por Nicolas Sarkozy de Bruni, las canciones descalzas de la artista se embuten en botas de mariscal. El presidente de la monarquía francesa la enviará a pacificar Irak con una guitarra de seis sogas al cuello, y pronto dictará conferencias de cinco tenedores sobre el cambio climático. Tras exprimir a Mick Jagger y al político conservador más hiperactivo de Europa, la cantautora ya sólo puede escalar hacia Brad Pitt o algún ilustre residente del Vaticano. Seamos pues agradecidos con las presas masculinas de carla Bruni, que nos liberan del trauma de ser abandonados por ella. En sus labios suena erótica hasta La marsellesa, en versión de pecado original.