Aquí no hay tomate
31 Enero 2008
Un programa de televisión no es importante cuando nos convoca con asiduidad, sino cuando no necesitamos verlo para percibir y atestiguar su relevancia. Así ocurría con El tomate, que es su verdadera denominación en cuanto que impuesta por la audiencia. La sentencia aplazada ha sido ejecutada al calcular que la opinión ya ha olvidado que el espacio sirvió de trampolín a una portada de El jueves, que ha significado la mayor sacudida para la monarquía desde que los libelos reproducían imágenes salaces de María Antonieta.
Aquí no hay tomate. El programa se suicidó en directo, por lo que hasta la desaparición de la televisión basura –que debiera ser una albricia cultural– se recicla en televisión basura. Esta apoteosis del cotilleo nunca consiguió cautivar a quienes entretenemos la sobremesa disputando sobre los celos entre Cecco d’Ascoli y el Dante. Sin embargo, ha combatido a la BBC con documentales sobre las bestezuelas de la jet que hacían justicia a sus protagonistas, si no a sus destinatarios. Se olvida que aguijonear a Isabel Pantoja no es lacerante, sólo agranda su desmesura mitológica.
No transformemos los efectos en causas, la sociedad basura necesita una televisión basura, aunque puede ser que hable desde la parcialidad de que un par de asuntos de su seguro servidor –el desencuentro entre Letizia y sus cuñadas– obtuvieron notable reverberación tomatera. La mejor leyenda urbana sobre El tomate recuerda la edición consagrada a los amoríos de Strauss –sí, el de los valses–, mientras en la pantalla aparecía un “teléfono para aludidos”. Nadie se atrevería a calificar de irrelevante un producto así, salvo que endosemos el mismo adjetivo al premio Planeta. Entre las críticas que ha recibido, no descarten el peso de la envidia de los programas de su género, empezando por los telediarios. Es probable que Tele 5 lo haya suprimido precisamente porque había rebajado su cuota de basura, con lo cual deberíamos lamentar su pérdida y el mantenimiento de detritos más apestosos. Qué verán ahora quienes no veían Aquí hay tomate.
Matar a un ciclista y cobrar
Vivíamos en la sociedad de la información, hoy vivimos inmersos directamente en la información. Su liturgia consiste en ponerse la mano delante de los ojos escandalizados, con la precaución de entreabrir los dedos para ver a su través. Si disfrutamos tanto de la abyección ajena, ¿no será que nos identificamos con ella? Todos los fanáticos del Real Madrid han soñado con saltar un día al campo. Sin necesidad de remontarse a Madeleine, ahí está el caso del conductor que mató a un ciclista y después reclamó a los padres del muerto que le reintegraran las abolladuras de su coche de lujo. Ha retirado la demanda ante la polvareda desatada, cuando su acción judicial sólo ahondaba en la lógica de los 400 euros. Cobrar por votar, cobrar por matar, todo es cobrar.
Oigo a mi alrededor que “yo no tendría la desvergüenza de ir a los padres del muerto a pedirles dinero”. Introducen un matiz protector, lo inadmisible es la supresión de intermediarios. En efecto, estas cosas deben arreglarse entre aseguradoras, pero la profilaxis no resuelve la cuestión primordial, qué dejaría de hacer usted por dinero. Nada. Lo exige la sociedad mercantil, donde oponerse al negocio es una aberración insolidaria. El ex demandante que mató a un ciclista sólo encabeza la relación de quienes anteponen su coche a sus semejantes. ¿Acaso quienes se escandalizan no han salido nunca a la carretera?
Al comprarse un cochazo como el implicado en el accidente, se le concede un valor sobrehumano –la publicidad de los vehículos de alta gama enfatiza esa exclusividad–. ¿Se han fijado en la conducción intimidatoria de los pilotos de todoterrenos? Los coches son más importantes que las personas, menudo descubrimiento. El ex demandante actuó en consonancia con su tiempo, aunque debió enmascararse. La dignidad ahora reivindicada con estrépito ha caducado, y la prueba es que nadie la defendió hasta hoy mismo. Dar marcha atrás en el accidente que costó la vida al joven sería más fácil que un retroceso en la superstición dominante. Cobrar hasta por cobrar.
Compra masiva de votos
28 Enero 2008
Zapatero y Rajoy han sacado las elecciones a subasta. En la última puja, los socialistas han zanjado la sempiterna disputa sobre el precio de un voto, fijado en 400 euros. No es excesivo, dado que exige trabajar en domingo. Además, el perceptor puede embolsarse esa cantidad y abstenerse, en la convicción de que un sufragio solitario no influirá en un resultado que se decidirá por cientos de miles de ellos. Dado que los políticos aprecian más tu voto que tu vida, puedes imaginar la cantidad ridícula en que estiman a sus ciudadanos.
Ante la paradoja de sufragar el sufragio, la frase “no votaré a Zapatero ni cobrando” adquiere un sentido literal.El voto subvencionado no sólo ofrece un indicio de las cantidades que te han quitado antes –el remordimiento ha de haber pesado por fuerza en la voluntad presidencial de retornar lo sustraído–, sino que consolida la amenaza de que se cobrarán su obsequio con creces, en cuanto se sepan votados. Además de ser radicalmente conservadora, la idea de que el ciudadano gestiona mejor su dinero provocará un desánimo sensible en Hacienda. ¿Para qué perseguir el fraude fiscal, cuando hasta el presidente del Gobierno confiesa que se recauda en exceso? El defraudador combate la burocracia.
La compra masiva –y más iva– de votos conlleva una devaluación electoral. Coloca las urnas a la altura de los candidatos, porque la política de rebajas conlleva un arrebato de humildad de Zapatero y Rajoy. Conscientes de su limitado atractivo, presuponen que nadie les apoyaría gratuitamente. Olvidan que se vota por identidad antes que por intereses, salvo que cada vez nos identificamos más con nuestras apetencias económicas. Los más avispados resolverán el dilema recordando que, si Zapatero gana, les abonará los 400 euros aunque hayan votado a Rajoy. Quienes insistan en votar en conciencia pese a la mercantilización de la democracia, no deben preguntarse qué aspirante a La Moncloa les ofrece más dinero, sino a cuál de ellos le donarían una parte considerable de su fortuna. En eso consisten las elecciones.
Mi encuesta preelectoral
25 Enero 2008
Toda encuesta estatal que asigne una diferencia inferior a diez puntos entre PP y PSOE no tiene sentido, porque el error y los indecisos anulan con creces ese margen. Toda encuesta que adjudique una diferencia superior a diez puntos, miente. Ni la equivocación ni la mentira frenaron jamás al auténtico periodismo, por lo que los sondeos se sucederán inmisericordes. De ellos, sólo tiene interés la coherencia entre las preguntas no ligadas inminentemente al voto, salvo que están mal planteadas. Aquí van las mías, no más desatinadas que las preferidas por la ortodoxia:
Si las elecciones fueran tan cruciales como dicen, ¿se atrevería usted a votar el 9-M, o le vencería la responsabilidad?
¿Ya tiene decidido contra quién votará el 9-M?
¿Cuál de los dos candidatos preferentes –Zapatero, Rajoy– votaría por usted con mayor entusiasmo?
¿A qué candidato prefiere como compañero de vuelo, cuando se estrella el helicóptero en que viajan usted y él?
¿Votaría usted a un tercer candidato distinto de Zapatero y Rajoy, si tuviera alguna probabilidad de ganar, o los independientes le asustan todavía más?
Le supongo partidario acérrimo de las listas abiertas, ¿conoce usted a los seis primeros candidatos de PSOE y PP por su circunscripción, para tachar con buen juicio?
Supongamos que en el bote salvavidas sólo hay sitio para uno más, ¿salvaría usted a Zaplana, a Acebes, o alegaría que el señor gordo del fondo ocupa dos plazas en la barcaza y no cabe nadie más?
Si el mérito electoral de Pizarro es proporcional al dinero que deja de ingresar al presentarse, ¿cree que Botín debería ganar las elecciones por mayoría absoluta obligatoria, caso de entrar en campaña?
¿Qué porcentaje de sus ingresos recuperará Pizarro, tanto si fracasa como si triunfa su aventura política?
¿Votará usted a quien quiere que gane o a quien cree que va a ganar?
¿Actúa usted con el mismo cinismo en todas las facetas de su vida?
Demasiados listos en Bolsa
24 Enero 2008
Si no tiene usted ni idea de economía, parte en igualdad de condiciones con los economistas. Hoy nos explican con admirable erudición el derrumbe bursátil. Recurren a argumentos vigentes el día anterior al colapso, pero que entonces les pasaron desapercibidos. La imprevisibilidad caracteriza a la Bolsa y al casino, por qué habríamos de distinguir entre ambos. La diferencia con turbulencias anteriories no radica en la ignorancia de los profesionales, que siempre ha sido la misma, sino en la inteligencia de los profanos. Hay demasiados listos en el parqué, todos los inversores saben lo mismo gracias a la información instantánea. Si será así, que Pizarro compra acciones de Endesa unos días antes de la opa, y apela a la casualidad antes que al privilegio.
No asistimos a una crisis de torpeza, sino de sabiduría. La Bolsa, como cualquier otra religión, se basa en reunir a un número suficiente de incautos que acepten como racionales unos axiomas delirantes -que los cuervos hablan o que un piso de 30 millones vale 60, según los casos-. De hecho, la difusión de la fe bursátil tiene más mérito que la propagación de las confesiones religiosas, porque nadie en su sano juicio concede más importancia a su espíritu que a su dinero. De repente, nos hemos hecho demasiado inteligentes. En contra del tópico de los borregos, hemos adquirido el mismo conocimiento que la clase sacerdotal, por lo que no nos dejamos pastorear. Ganar y gastar, el resto es mentira.
Nos hemos plantado, aunque los expertos insistan en el engaño -”las cosas no son tan sencillas”, la mayor falsedad de todas-. Ellos son ahora los imbéciles que andan buscando. La población sabia ha descubierto que, para explicar lo que sucederá mañana, basta saber qué sucederá mañana. Cada vez le cuesta más gastar el dinero que no tiene. Por desgracia, quienes nos negamos a participar en el circo de la Bolsa, también cargaremos con el exceso de inteligencia global. Todos debemos apostar libremente en el gran casino bursátil. Si sale cara, ellos ganan. Si sale cruz, tú pagas.
Una plaga de ‘dimonis’
22 Enero 2008
Por desgracia, se multiplicaron las cautelas para que el aiguafoc semiprogresista no derribara la catedral palmesana ni hundiera un lienzo de muralla. Son los dos únicos acontecimientos que lo hubieran hecho memorable –en especial si hubieran afectado al autor de una banda sonora digna del funeral conjunto de Versace y Lady Di–, además de aportar unos metros cuadrados de suelo urbanizable. Por lo demás, el estampido pirotécnico aunó las virtudes de un irreprochable espectáculo de izquierdas, impresionantemente largo y sensacionalmente aburrido.
Se ha discutido la adjudicación amical y el precio pero, cualquiera que sea la cifra pagada, hubiera resultado barata a cambio de suprimir el derroche de pólvora monótona que retrata a geografías más falleras. A favor de ese show de Las Vegas, sólo puede alegarse que un marciano no adivinaría en él un solo rasgo del carácter mallorquín, y ya sabemos que borrar las pistas sobre su identidad es la mayor especialidad de los aborígenes. El alienígena se limitaría a concluir que los isleños tienen cuernos. Sobre todo, si hubiera seguido una retransmisión de IB3 que no mostró a un solo ser humano.
Los dimonis se han erigido en protagonistas absolutos de cualquier manifestación popular extramuros de la Bierstrasse. No puedes dar un paso sin topar con un bípedo astado, la isla parece tomada por La Fura del Baus y todavía quedan los carnavales, Sant Joan y otras docenas de festejos cornúpetas. Los diablos menudean más que los constructores. Los primeros no pueden competir en malignidad con los segundos, pero la proliferación se hace enojosa. No es de extrañar que los integristas satánicos agredieran a Luzbel Leo Bassi, por romper la uniformidad y personarse en defensa de la fe laica, olvidando que la santurrona misión luciferina consiste en reforzar la religiosidad por contraste. El peligro no radica en adorar a los demonios, sino en tomárselos en serio. Me quedo con el diabólico Sergi López. That’s entertainment. Sin banda sonora ni más pólvora que el alma humana.
El himno se nos parecía
17 Enero 2008
El rechazo a la letra del himno torrencial –de Torrente– había unido a los españoles y a quienes no deseaban serlo, los cuales se replantearon su apostasía siempre que la vuelta al redil les permitiera abominar de tan excelso poema. El malentendido que ha obligado a descartar el texto surge, como de costumbre, por formular una pregunta inadecuada. No es relevante que el himno nos guste, importa sólo que nos defina, y aquí encaja la respuesta de Picasso ante las quejas de Gertrude Stein por su retrato. “Ya se te parecerá”. La desafección hacia la cancioncilla armada demuestra que los españoles escasean, y aspiran encima a ser otra cosa.
La letra del himno identifica a un país que necesita una letra para su himno. La pataleta posterior recuerda a quienes se compran un rottweiler, y después se lamentan de que devore a un vecino. A propósito, deberíamos congratularnos de que el poema, con su vibrante “¡Viva España!”, pudiera ser memorizado hasta por un perro. Un perro patriota, por supuesto. El futuro texto irrebatible sólo podrá ser compuesto por Sabina y Serrat, que han demostrado su capacidad de consenso por la geografía española. Para compensar el escoramiento a la izquierda de los cantautores, siempre puede acompañarles en la tarea compositora un primo de Rajoy, escogido por él mismo a las órdenes de Esperanza.
Un camello es un caballo diseñado por una comisión, pero el jurado se había guiado por la correlación evidente entre la música y la letra del himno. Estaban hechas la una para la otra, del mismo modo que Deutschland über alles sintetiza la política internacional llevada a cabo por Alemania durante los dos últimos siglos. Para mejorar la propuesta arrinconada, el futuro himno de los españoles deberá contener los términos “Los Serrano”, “bonoloto”, “Madrid-Barça”, “lo que diga Esperanza” y “acostarse con Penélope Cruz”. El himno de las españolas, en cambio, habrá de titularse Clooney Clooney. En ambos casos, cuesta convencer a los retratados de que, si pesas 120 kilos, sales gordo en las fotos.
Rajoy, a lo que le ordenen
Rajoy quiere mandar en España ante la imposibilidad de hacerlo en su partido. Esta semana ha confirmado que no adoptará ninguna resolución de Gobierno sin el nihil obstat de Esperanza Aguirre, Acebes y el cardenal de guardia. De hecho, en la ejecución sumaria de Ruiz Gallardón sólo faltaba Rouco Varela, que debió delegar en su Espíritu. El alcalde de Madrid es el candidato al que votarían con ganas incluso los electores de izquierdas, a Rajoy le votan con desgana hasta los conservadores. La opereta bufa de la calle Génova confirma que adaptarse a la mediocridad ambiental es la única garantía de supervivencia en cualquier organización. Destacar es para perdedores.
Rajoy está a lo que le ordenen. El resumen de lo ocurrido es simple, Esperanza Aguirre le da más miedo que Gallardón. El tembloroso copresidente del PP –Fraga y Aznar ocupan presidencias no tan honoríficas– sólo toma indecisiones, y altera cavilar en vacilar. Ningún líder estatal se halla a salvo de que un sátrapa regional le desafíe en las candidaturas, pero Rajoy carece de autonomía para confeccionar la lista que él mismo encabeza. En ese elenco, los problemas no radican en los números que van del dos al infinito por Madrid, sino en el número uno. O cero, a la vista de su nula capacidad de maniobra.
Rajoy no es el líder conservador, sino el líder observador. Desde su éxtasis contemplativo, ha de cargar con un Zaplana al que en Valencia no quieren ni en el coche escoba. Algún día se sabrá quién le ha impuesto al milloneurista Pizarro, que enseñará técnicas de supervivencia a los mileuristas. Imaz y Gallardón son los políticos con un mayor respaldo de la mayoría silenciada en los últimos tiempos. Ambos han sido decapitados. La humillación al alcalde de Madrid no equivale ni a la millonésima parte del castigo que le infligirán al candidato del PP, si pierde el 9-M, quienes hoy se limitan a darle órdenes. Esa lapidación también estará encabezada por Acebes, Aguirre y Rouco. Ya no en Espíritu, sino en carne viva.
Pateras de lujo
15 Enero 2008
Las pateras de lujo que han inaugurado la ruta marítima Argelia-Santanyí se guían por GPS y funcionan como una compañía de bajo coste, para inmigrantes mileuristas obnubilados por la fábula de Eldorado. En un alarde de eficiencia, los pasajeros argelinos navegan casi tan enlatados como en un avión de línea, y visten con mayor esmero que la mayoría de turistas que nos visitan. En cuanto a su formación, sólo pueden enriquecer a la región más inculta de Europa. Dado que se ahorran los interminables controles en los aeropuertos, pronto se erigirán en una alternativa viable al transporte aéreo y sus retrasos. La probabilidad de que entre los compañeros de viaje figuren miembros de Al Qaeda no debe generar una alarma suplementaria, cuando en la zona más vigilada de Son Sant Joan aparecen dos cadáveres de cuya infiltración nadie tenía noticia.
Mientras las lanchas de Argelia arribaban con cierta lógica desde el sur, los radares policiales estaban apostados al parecer en Formentor, a fin de interceptar las pateras procedentes de Francia. El primer pico que agarran los pobres de cinco estrellas que han elegido Mallorca no pertenece al empresario que va a lucrarse esclavizándolos –todavía esperamos el primer pronunciamiento de la patronal sobre la inmigración ilegal–. Transportan la herramienta en cuestión en la barca. La utilizan para hundirla, de modo que su llegada pase desapercibida. Queman las naves, en la bella imagen que el españolismo condensa en Hernán Cortés, pero con precedentes en Alejandro Magno, Julio César y el Tarik que emprendió la conquista de la península y da nombre a Gibraltar. En uno de esos arabescos que jalonan la Historia, el manifiesto de presentación de la Al Qaeda argelina refundida incluía el año pasado un orgulloso “Los hijos de Tarik han regresado”. Trece siglos después, el pico rompe el casco de la embarcación en el Mediterráneo alemán, y resuena la vibrante soflama del general bereber. “El mar está detrás, y el enemigo delante, no os queda más elección que la victoria o el martirio”. En euros, claro.
Dios era Amor
10 Enero 2008
El discurso sobre la familia tradicional de los obispos que se niegan astutamente a crear una, y por lo tanto no saben de qué están hablando, es menos llamativo que su prosa viril y aguerrida. Al cardenal Bronco Varela sólo le falta posar con un kalashnikov al lado. Su sermón del odio eterno contradice la simplicidad anular de “Dios es amor”, que sintetizó antaño el discurso católico. Aquella identificación conducía a la demencia contemplativa o a decretar un día en el que no muriera nadie. El episcopado ha arramblado con la espiritualidad chapucera, y se apunta al materialismo tradicional.
Si los obispos no pudieran odiar a los divorciados, a los homosexuales, a los abortistas y a los izquierdistas, ¿a qué se dedicarían? Ronco Varela recluye a Dios en el Código Penal, redefine al ser humano como un Satanás con algún defecto de fabricación, exorciza a los adolescentes como íncubos creados para excitar la libido de la prelatura. Ha seccionado el refrán, para impartir a rajatabla “con el mazo dando”. Si pronuncia la palabra amor, sufre un síncope. En esa hipótesis, su entusiasmo por la familia tradicional no se extenderá a la medicina tradicional. Exigirá que se le dispensen los últimos avances científicos antes que los óleos –¿recuerdan a Juan Pablo II?–, sin reparar demasiado en la opción sexual de los médicos que le atiendan.
Dios era amor. En la actualización cardenalicia, Dios hace la guerra, también sin preservativo. Se trata de una degeneración previsible cuando hablas de la religión en alemán, como hacen Bravucón Varela y Benedicto Siglo XVI. En los tiempos de la Iglesia hippy de Juan XXIII, sabíamos exactamente de qué paraíso estábamos hablando. En cambio, la hipótesis de compartir también la vida ultraterrena con Rocky Varela obliga a una sobredosis de fe en la eternidad. Tal vez el cielo necesita la limpieza que él llevaría a cabo, expulsando al infierno a la mitad de los santos. Y hablando de familia tradicional sin amor, ¿no fue Rouco Varela quien casó a la princesa divorciada? Eso sí, ponía mala cara.
El Dakar se rinde a Al Qaeda
9 Enero 2008
El rally Dakar no es más dañino para Africa que Al Qaeda, salvo si aceptamos que la estupidez empeora al crimen. Hay que rechazar también el maniqueísmo de que ambas organizaciones sólo atienden a objetivos perversos –la destrucción de la naturaleza y del hombre, respectivamente–. Al fin y al cabo, Bin Laden ha abominado contra las hipotecas basura en sus homilías desde la caverna. La adjudicación de entidad satánica a engendros humanos se estrella contra la constatación de que Hitler era vegetariano y no fumaba.
Reivindico mi derecho a sentirme tan alejado de Al Qaeda como del manojo de vándalos que atropellan a un continente entero, desde su barbarie colonizadora. El gamberrismo motorizado de marca nos enfrenta a la metáfora de que el integrismo no cede en nada, en tanto que la civilización ha cedido demasiado. Además, sorprende el amilanamiento de los aventureros rodados de medio pelo, frente a una hipótesis tan violenta como su actividad, y que debería servirles de aliciente. Si los neoyorquinos igualaran en cobardía a los pilotos y organizadores del Dakar, habrían huido de la ciudad donde Bin Laden ha asesinado a un mayor número de personas. Sin olvidar a los turistas que insisten en viajar a Egipto, no siempre con el sostén de Carla Bruni. Claro que la suspensión de la exhibición imperialista en suelo africano es preferible a sufrir semanas de tortura televisual, si uno de los locos de la velocidad fuera secuestrado.
La capacidad destructiva del Dakar –bajo la impunidad de cualquier actividad que se autocalifique de deportiva– va más allá del atropello no sólo literal de los nativos. La última indecencia del rally ha consistido en situar a Al Qaeda en el centro del universo, abonando la teoría de la conspiración y olvidando la tesis de que sobrevivir al terrorismo es más importante que combatirlo. Pero hoy no es un día triste. Nos congratulamos de la desaparición, con independencia de cuáles sean sus causas. No añoraremos ese despliegue de fanatismo ruidoso. Ya tenemos suficiente televisión basura.
Felicitaciones en su veneno
7 Enero 2008
La literatura de Salman Rushdie prodiga subtramas magistrales, novelas embrionarias que desperdicia en su afán de ser ocurrente. En Furia, la apoteosis neoyorquina que el escritor tuvo la desgracia de publicar el 11-S, esteriliza una escena magistral. “Cuando te acercaste a mí, no sabía si ibas a pegarme o a besarme”. ¿La respuesta del agresor/acariciador? “Yo tampoco”. Esta ambivalencia ha frecuentado las felicitaciones del tránsito a 2008. La conversación se emprendía con una anodina buena voluntad, pero degeneraba en un ansia revanchista, tan pronto como te atrevías a contestar que el año pasado había sido “mejor de lo esperado”. Si derivabas hacia el “excelente”, percibías una audible sensación de frustración al otro lado del bluetooth, y la conversación se interrumpía abruptamente.
La llamada de felicitación sólo pretende corroborar que tu peripecia ha sido tan desgraciada como ordenan los telediarios, y que nada permite presagiar la alteración de esa tónica. Si alteras el protocolo, respondiendo a la felicitación con felicidad, el interlocutor se transforma en un merodeador, que indagará en tus sobrados motivos para ser un desgraciado. Se ha acercado a ti sin saber cómo reaccionarías y, sobre todo, con la necesidad de cerciorarse de su verdadero sentimiento hacia tu persona. En la carta que escribiera Gabriel Ferrater a una mujer, “la veritat és que ja no sé si t’estimo o no”. Aprende a replicar que no te preocupa, muéstrate descortés.
El benevolente no llama para felicitarte, sino para compadecerte. Si le desairas, borrará con prisa las huellas de su falso espíritu de concordia. Los maestros en esparcir parabienes no desean singularizarte con su aprecio, sino homogeneizarte en la atonía universal, confirmar que eres uno más y no más. Sólo los sentimientos débiles necesitan el riego de la conversación. El que se preocupa de verdad por ti, no se desvive por preguntarte. En la resaca festiva, agradece la elegancia de quien se mantuvo distante, con la indiferencia imprescindible para no manchar tu libertad. Sin vigilarte.
La profesión más antigua
3 Enero 2008
El periodismo y los sentimientos son incompatibles, por lo que continuaremos ejercitando la menos mentirosa de ambas opciones. Pese a la reincidencia contrita, incurriremos en una concesión de año nuevo. Antes de que ustedes me griten que prefieren liberar a Barrabás, pediremos indirectas disculpas al idolatrado gremio urbanístico, tratado en este rincón con un salvajismo equiparable al que ellos han dispensado a Mallorca. Y si cree que las palabras también pueden herir, compare el estado de nuestra prosa y de la isla.
Vamos a limpiar este templo rectangular de mercaderes, por el expeditivo método de cambiarles el nombre. Nunca más volveremos a hablar de construcción, destrucción o promoción inmobiliaria, del holocausto mediterráneo, de una isla enterrada viva en un pulmón de hormigón, de los apóstoles del mal gusto en piedra. Nuestra inagotable vis metafórica debe apaciguarse, aunque sea sólo por evitarse las reprimendas del conglomerado –la más pintoresca, “mi proyecto urbanístico quedaría incompleto sin tu oposición expresa”–. A partir de ahora nos referiremos sencillamente a “la profesión más antigua de Mallorca”. Todas sus irisaciones son abarcadas por esa expresión.
La aceptación amortiguará el tufo de jeremiada que a menudo desluce nuestro discurso. Por ese sendero, ya Canetti se lamentaba de que “la máxima tentación espiritual de mi vida es la de ser totalmente judío”. Por fortuna, no se puede ser totalmente mallorquín, pero en alguna ocasión nos hemos planteado cuál debió ser nuestra actitud ante la autodestrucción del paraíso que habitábamos. Ahora sabemos que el sector de la profesión más antigua de Mallorca –y también la mejor pagada– precede a la propia existencia de la isla. Las masas continentales no se habían desgajado, y ya había profesionales a la espera. Esa antigüedad legitimadora se prolonga en ambos sentidos. No estamos hablando de un fenómeno viejo, sino eterno. Siempre quedará algo de Mallorca por destruir. En vida de todos, claro.
Fidelizar rima con esclavizar
La palabra boba de 2007 es fidelizar. Si su eclosión fuera un fenómeno plebeyo, pasaríamos a nuestros asuntos habituales –Carla Bruni y asimiladas–, pero me acabo de tropezar con la fidelización a cada página del último ensayo de Gilles Lipovetsky, La felicidad paradójica. Además, la forma verbal está a punto de ingresar en la Academia, bajo la premisa de “Conseguir, de diferentes modos, que los empleados y clientes de una empresa permanezcan fieles a ella”. La clave está en los modos, que han sustituido a las modas en el capitalismo emocional.
Fidelizar es vender las mentiras con esmero suficiente. Se basa en respetar y tratar con educación, pero siempre que lo hagas por interés y con hipocresía. Infeliz por definición en su vida privada, al cliente le urge más tu afecto que la camisa que pretendes endosarle. Por tanto, el vendedor puede elevar sin complejos el precio de la prenda, a condición de que brinde consuelo o piropos, según el caso, a su presa. Con la fidelización, ni siquiera es necesario que hagas bien tu trabajo. Al contrario, la dedicación meticulosa a la calidad del producto puede entorpecer tu énfasis en la amabilidad.
Fidelizar no rima ociosamente con esclavizar. Por recurrir a otro pareado, equivale a suavizar la esclavitud, con el esclavo o cliente convertido en agente publicitario. Nuestro currículum sentimental demuestra que nos complace ser engañados, siempre que la estafa se amenice con la dulzura suficiente. En el amor, el fidelizador de la pareja es un truhán zalamero, que se caracteriza por la insistencia sin compromiso. Te mantiene en vilo con intrigantes guiños, insinuaciones y dilaciones, aunque debería mosquearte que, al devolverle aumentada alguna muestra de afecto, te corrija:
–No me lo digas a mí, díselo a tus amigas.
No divaguemos, seamos fieles a nuestra línea argumental. Fidelizar debería significar la apoteosis del castrismo, y se ha quedado en fetiche del manual de ventas. Claro que no trato de convencerte, sólo quiero fidelizarte.
