Socialistas, ellas
26 Noviembre 2008
A falta de definir su ideología, el próximo presidente del Gobierno y el próximo president del Govern compartirán sexo. Serán ellas. La sucesión del PSOE balear se dilucidará entre tres mujeres, Francina Armengol, Joana Barceló y Aina Calvo. La presidenta del Consell reclama el peso de la historia –la tirana que le arrebató la candidatura en 2007–, la portavoz del ejecutivo ha adelantado a la anterior y plantea su escala en el Govern como un trampolín hacia mayores desempeños. Ha venido de Menorca para quedarse. Aina Calvo es la rival más peligrosa, desdeñarla equivale a confiar en que Obama no iba a presentarse a las elecciones.
Asumimos por costumbre que Sant Francesc d’Antich es un ente angélico y poco dotado para el rencor. Así lo demuestra su afecto hacia Rosa Estarás, a la que refugiará en una conselleria si el PP la expulsa de su seno. Sin embargo, el trato que el president dispensa a Armengol escapa a la animadversión para deslizarse hacia la inquina. La presidenta del Consell mantuvo una cohesión elemental en las filas socialistas, más apreciable al compararla con la desbandada en el PP tras la pérdida del poder. Pese a ello, Barceló ha accedido al Govern por partida doble, después del estridente veto de su rival a que encabezara la lista al Congreso.
Más duro ha de ser para Armengol que Aina Calvo, sin ningún logro memorable en el primer tercio de su mandato, sume a su brillantez una aureola de ingenuidad –aunque, a su edad, Ramon Aguiló llevaba una década en la alcaldía–. La edil fue además la única persona de cualquier sexo citada explícitamente por Zapatero en su mitin preelectoral. Si decide La Moncloa, la suerte está echada, pero la suerte de las tres socialistas pende en el interín de UM. En la otra orilla, el PP también está regido por un matriarcado, que los varones supervivientes critican acerbamente en privado. Ahí están Rosa Estarás de Matas, María Salom de España, Mabel Cabrer de Massot y Catalina Soler del Banquillo. Habrá en el futuro una presidenta popular del Govern, pero no apueste a que sea alguna de ellas.
Ni Matutes soporta al PP
24 Noviembre 2008
En el primer diálogo del último James Bond, la excelsa Judi Dench se refiere a un cuerpo varado “en una playa de Ibiza”. Agucé el oído, ante la metáfora sobre la extinción política de Matutes –sólo es Abel para los amigos–, pero los empresarios de la película pierden el tiempo en la ópera. La deserción súbita del magnate equivale en las filas del PP a una renuncia de Fraga. El partido de la derecha está concebido a escala de ambos próceres, que comparten el honor de haber sido los conservadores más amados por el PSOE. Tras encadenar un rosario de derrotas electorales, el insigne ibicenco ha formalizado su renuncia, a falta de decidir si ha caído presa del pánico por la navegación a la deriva de Rajoy o de Estarás, cuya duplicidad –dialogante por fuera y dictatorial por dentro– ha quedado expuesta de nuevo contra Catalina Soler.
Matutes ha caducado, abandona en perdedor. Se envuelve en la excusa de que así defenderá mejor sus empresas, tarea que hasta la fecha había realizado con notable aprovechamiento desde infinitos cargos públicos. En regiones menos fenicias, los políticos se retiran a sus familias, aquí se vuelcan en sus negocios. Las declaraciones del todopoderoso han de medirse con la proclama que me hizo en 1990, “yo también soy ecologista”. Anulada la coartada, queda establecido que ni el único votante que se desplaza a las urnas en un Rolls Royce blanco soporta al PP, en su actual configuración. La situación de la derecha es peor de lo que imaginan sus críticos más fervientes.
Pugilístico desde la nariz, Matutes se jubila a mamporros. Ha exteriorizado su malestar avalando a Carlos Delgado y propinando sendas patadas a Cardona y Matas. También ha recibido Tarrés, el liquidador de la doctrina de la pureza del Govern –si no existieran sa Nostra y son Espases, claro–. Decisivo en la fabricación de Aznar, a Matutes no se le escapa que mientras Europa busca candidatos similares a Obama, los partidos españoles rastrean sucedáneos de Zapatero y el PP balear se conformaría con algo parecido a Antich. Menuda subasta a la baja.
El PP sólo necesita un oculista
20 Noviembre 2008
Cardona efectuó unas mendaces declaraciones ante la juez –puede mentir como imputado, pero no como diputado–, donde centró su argumentación jurídica en que firmaba “a ciegas” los manejos corruptos de Ordinas y compañía. Imaginemos ahora que el entonces conseller hubiera convocado una rueda de prensa en 2005, en la que hubiera declarado que “estoy firmando a ciegas los papeles y facturas de mi conselleria”. Aparte de conferir credibilidad a su actual ceguera sobrevenida, hubiera apaciguado a la minoría que criticaba al Govern en los años del despotismo, frente a la agobiante unanimidad actual. Hubiéramos apreciado el arrojo y el mérito de gobernar sin mirar.
A juzgar por las cantidades robadas, todos los consellers de Matas firmaban “a ciegas”. Admitiendo ese handicap, el anterior Govern se desempeñaba con notable soltura. El alcalde de Llucmajor se suma ahora a la teoría de la conspiración invidente. “Si me hubiese dado cuenta”, esgrime en su defensa, porque él tampoco vio el saqueo de Rabasco rubricado por la alcaldía –sí, el caso recuerda a Cardona, pero no adelantemos acontecimientos–. Tiembla uno al pensar en lo que puede ocurrir con sus finanzas privadas, si las administran con igual ceguera.
El PP balear no acumula un exceso de ladrones, sino de dioptrías. El problema de liderazgo se reduce a buscar un oculista en condiciones. También aquí podemos echarles una mano, sin ponerla en el fuego ni por Rosa Estarás. O sobre todo por ella. Entre los secundarios del escándalo del ayuntamiento de Llucmajor, adquiere especial relumbrón la concejala que presumió ante la Audiencia de que “elegía los programas” de los festejos sin interferencias, pero sólo después de que las contrataciones hubieran sido efectuadas por la trama de Rabasco. La muy independiente edil acertaba con el día y el artista “a ciegas”. Hay que promocionar a puestos más ambiciosos a los políticos provistos de tal capacidad de adivinación. Si esta visionaria empuña las riendas, el PP puede gobernar Balears durante otros cien años de gloria.
Son Espases, primer milenio
19 Noviembre 2008
El Govern semiprogresista denunció Son Espases antes de las elecciones, y lo mantuvo inalterado una vez en el poder. Idem con el modelo de gestión de IB3. Por tanto, el PSOE ejerció una oposición incondicional. Si la izquierda ha traicionado a su electorado en los aspectos básicos de la convivencia –sanidad y televisión–, cuesta garantizar que la patente complicidad con el ejecutivo de James Matas no se extenderá a cuestiones penales. Ante el descubrimiento en la parcela del hospital de un tesoro arqueológico del primer milenio antes o después de Cristo, los progresistas han fingido la extrañeza de ordenanza cuando son pillados en flagrante contradicción. A través de una nota ejemplar, los vecinos de La Real se asombran de que alguien se asombre de la existencia de yacimientos en la zona. Admitamos que el PP se hubiera limitado a sumergir los restos en hormigón, ahorrándonos el sonrojo que hoy compartimos con ustedes.
Afronté el descubrimiento con mi proverbial sangre fría y una salvedad. Recordé a los escandalizados que “si se encuentran osamentas humanas, se trata de una visita oficial del Govern al hospital”, dado que un arqueólogo saturado de trabajo podría confundir la parsimonia característica de Antich con una momificación. Nada hay más engorroso para un político que tropezar con una zona contaminada por la historia. Sin apartarse un milímetro de la herencia recibida, el ejecutivo autónomo debe culpar a Matas de haber esparcido esos restos en el subsuelo, so pretexto de que estaba construyendo un Metro.
Una vez excavados los restos de edificaciones que sólo desconocía el Govern, hay que rezar a Sant Bernat para que nuevos descubrimientos no entorpezcan la aniquilación de La Real. Antes de responsabilizar a Bartomeu Vicens, el president debe recordar que no tiene nada que temer de la oposición. El PP está tan ocupado en su autoliquidación que no le queda margen para controlar la labor del ejecutivo. En resumen, el PSOE no ha destruido menos, ha gobernado menos.
Urge olvidar a ETA
17 Noviembre 2008
El condicionamiento de la actividad política a ladrones de diversa laya es aceptado con resignación por la ciudadanía, que se limita a pagar las facturas del latrocinio. Sin embargo, la democracia ha reducido al menos la intermediación de asesinos para obtener propósitos políticos, y es aquí donde el Reino Unido se distingue todavía de Rusia. En este panorama, ETA ha sido muy analizada como fuente de dolor, pero menos como manantial de una vergüenza anacrónica y repartida entre Euskadi y el resto de España. Con la posible salvedad de los dirigentes de PNV y EA, que siempre han gobernado el País Vasco como si el terrorismo fuera un problema ajeno.
La captura del presunto asesino Cheroki –un apodo que define el talante intelectual de su propietario– impone la lógica de que un ciudadano armado no puede campar a sus anchas por tierras de España y Francia. También aquí el riesgo para las vidas humanas era el principal motivo para acelerar la detención, pero la demora cursaba con el oneroso efecto secundario de contribuir a la creación de leyendas a partir de perfectos imbéciles, mitificados por el expeditivo trámite de que eran capaces de matar a seres humanos desarmados. La cobardía al poder.
El triunfo de la democracia no radica en condenar todos los atentados –un punto en que la propensión española a la histeria ha rozado criterios de limpieza de sangre–, sino en no tener que condenar más atentados. Este sistema suizo antepone la efectividad racional a las emociones desatadas. La virtud cívica del desprecio se combinará en Euskadi con el vértigo de gobernar sin bombas. Los asesinos han sido históricamente muy útiles para camuflar la incompetencia de los gobernantes. Así ocurre con Bin Laden a escala planetaria, y con los etarras en la dimensión provinciana. Acabar con ETA es un principio de higiene social, un enunciado tan trivial como anunciar la persecución del crimen. En un escalón posterior urge olvidar a ETA, si los fanáticos de las memorias históricas no ordenan lo contrario.
Hannah Jones quiere vivir
14 Noviembre 2008
Una mujer de trece años, con una enfermedad que la arrastra de hospital en hospital desde hace una década, le ha dado al mundo una lección sobre la voluntad de decidir. Al negarse a un trasplante adicional de corazón, ha desbaratado la tramoya sociosanitaria. Se la ha acusado de niñez, cuando estaba sintetizando a Séneca y Sócrates con una madurez que la mayoría de humanos no sabríamos replicar. Ha devuelto las raíces al yo, despreciando las circunstancias. Odio a los personajes que exprimen su tragedia personal para forzar quince minutos de gloria, pasto de tabloide, pero Hannah Jones es otra cosa. Mienten al atribuirle que “quiere morir”. Antepone la vida a la muerte, pero aspira a marcar las condiciones de la persona que es. También desea visitar Disneyworld, lo antes posible.
Se insiste en que los físicos son más proclives que los biólogos a proponer un ser superior –llamémosle Dios–, porque en su experiencia no se cruzan tan a menudo con niños condenados a una enfermedad mortal. Hannah Jones protagoniza una historia sin buenos ni malos, donde los médicos se baten con denuedo por salvar una vida de la que ella reclama el título de propiedad. En la apoteosis del consumo, no tiene a quien reclamar una indemnización. Negarse al tratamiento cuenta con precedentes tan insignes como Einstein o Monod. Cuando ella explica su opción –”es un riesgo que deseo correr voluntariamente”–, sintetiza la calidad humana. Una Reina privilegiada no lo entenderá jamás.
Hannah Jones no predica ni necesita comités de bioética, que se derrumbarían ante su estoicismo. Ha encontrado un sendero que le parece válido, y lo asume sin abatimiento. En nuestra cotidianeidad, Ramón Sampedro se niega a convivir un día más con un Universo que lo ha castigado a ciegas. Stephen Hawking –que barajó el suicidio cuando le anuncian la enfermedad que lo postrará– se revuelve y destripa la centrifugadora cósmica desde la inmovilidad absoluta. La libertad consiste en elegir. En cuanto a Dios, nos alineamos con los físicos.
Barceló tenía un precio
13 Noviembre 2008
Llamamos arte a la creación de productos espirituales que emocionen a los mafiosos rusos. O en su defecto, a los promotores inmobiliarios. Si las obras artísticas son todavía más defectuosas, serán sufragadas por el Gobierno de turno. A raíz de la inauguración de la cúpula de Miquel Barceló para la ONU –recreación con mucho barullo de las cuevas del Drach–, se ha sabido que Zapatero invierte el dinero destinado al tercer mundo en Ginebra, lo cual demuestra la magnitud de una crisis que ha hundido a Suiza entre los países misérrimos del globo.
La reducción del arte a su dimensión económica –la única que preocupa a los artistas– nos obliga a abordarlo excepcionalmente en serio. Dado que se buscan subterfugios para atacar la cantidad percibida por Barceló, procede plantearse directamente cuánto cuesta un año de la vida productiva de un genio. La ruidosa polémica contrasta con el país donde nadie discutiría los sueldos de Etoo o de Rafael Nadal –un millón de euros al año por promocionar Balears, cuando cabría preguntarse cómo podría no promocionarla–. Si nos ponemos estetas, la cúpula ginebrina sale a 13 mil euros por metro cuadrado, según las cifras divulgadas. El precio de mercado de un barceló es de 180 mil euros por metro cuadrado. Un ahorro considerable, en aplicación de la rebaja que exige la compra al por mayor.
La realpolitik exige la subordinación de Africa a la redecoración de una cúpula en Ginebra. Sobre el impacto de la contabilidad en el prestigio del actor Miquel Barceló, también Velázquez y Goya trabajaron para reyes cuyo nombre nadie recuerda hoy, aunque en aquellos tiempos los monarcas no insultaban a la ciudadanía en libros. La rasgadura de vestidos de la inefable derecha madrileña no detalla cuánto pagamos desde Mallorca por el museo del Prado, que disfrutan y rentabilizan los madrileños. En todo caso, la obra se hubiera abaratado de encargarla a las docenas de imitadores de Barceló que exponen ahora mismo en España. Y colocando la cúpula a la altura suficiente, nadie notaría la diferencia.
La mariposa eres tú
10 Noviembre 2008
Cuando un filósofo o un tertuliano se queda sin pilas, tengan la convicción de que mantendrá vivo su discurso apelando al efecto mariposa. En esta versión laica de la historieta bíblica de David y Goliat, un lepidóptero agitando las alas en nuestro jardín desencadena un tifón en el mar de Japón, al multiplicarse en sentido destructivo el efecto de su movimiento. No es un teorema sobre la singularidad del origen de los fenómenos naturales, sino sobre la imposibilidad de detectar ese punto inicial.
El efecto mariposa tampoco sustancia la hipótesis de un Dios alado pero, al tomarlo literalmente, se sobreestima el poder de los insectos. En realidad, veinte millones de mariposas batiendo sus alas en el Mediterráneo no ocasionarán ni una miserable llovizna en Japón, aunque armonicen el movimiento de sus extremidades. Los científicos no han conseguido aislar al primer lepidóptero culpable de genocidio, el cual también sería ajeno a las repercusiones de su gesto espontáneo. En cambio, se conocen al dedillo los nombres de los seres humanos que arrasaron Hiroshima y Nagasaki, si bien nunca fueron condenados porque tomaron la precaución de ganar la guerra.
Pese a su nombre, el efecto mariposa
no tiene nada que ver con los animales susodichos. Es un himno a la indiferencia cósmica, que borra las pistas en la convicción de que, sin culpa, se esfuman la redención y el triunfo. Tampoco describe una peripecia ajena, porque la mariposa del cuento eres tú. Cada vez que agitas tus brazos, inauguras un universo de posibilidades, en su mayoría sin consecuencias catastróficas. De hecho, y dado que modificas constantemente tu entorno, nunca puedes asegurarte de estar cambiando tú misma. Nuestros gestos más patosos han ocasionado revoluciones y sequías, pero nuestro aleteo más premeditado no ha variado en un átomo la insobornable dureza de la persona concreta a la que queríamos enamorar. Indirectos a la fuerza, la mariposa y nosotros actuamos mejor a distancia. Sin enterarnos.
Obama, agradar pero vencer
7 Noviembre 2008
Cientos de personas me abordan por la calle, ansiosas de parecerse a Obama. Les pregunto a bocajarro si les embarga el deseo de agradar. “Por supuesto”, me dicen unos. A continuación indago si les domina el deseo de vencer. “Claro que sí”, responden otros. Las dos respuestas afirmativas nunca proceden de los mismos labios. El actual sueño americano es un presidente que concilia ferozmente ambas cualidades. El baloncesto le ayuda porque, en esa disciplina malabarista, la victoria es una aproximación a la belleza.
Los asesores de imagen se desviven por fabricar un mito al que no se pueda criticar sin riesgo. Sólo han conseguido vencedores poco agradable o afables perdedores, sin subestimar a los cultivadores del deseo de desagradar, una aspiración palpable en el Doctor House y prevalente entre los columnistas de última página. Obama hunde a sus rivales porque no pueden desafiarle sin sufrir un castigo suplementario. Perder con él es una forma de granjearse las simpatías de la afición –véanse Hillary Clinton y McCain, revalorizados tras pasar por la trituradora–. El nuevo campeón mundial sólo podrá ser derrotado por alguien más fuerte y, sobre todo, más agradable que él. También ayuda su anomalía de vencer sin ego, la autoironía que encapsuló en el mejor fragmento de su discurso preinaugural, “yo no era el presidente más probable”.
¿Puedes complacer a tus víctimas? Nos basaremos en la experiencia opuesta, más próxima a nuestras vicisitudes. No me duele tanto la derrota como haber caído a menudo a manos de perfectos imbéciles. Cuesta recuperarse de la sensación de que nuestra tragedia será anecdótica por culpa de la mujer que la propició. Estos meandros no tranquilizan a mis asaltantes, entre los que identifico a más seres agradables que victoriosos. Comparto aquí la respuesta espontánea que les brindo, con la frialdad que estoy adquiriendo a fuerza de contemplar al nuevo presidente varias horas al día. Si se plantea la disyuntiva entre agradar y vencer, usted no es Obama.
La crisis con minúsculas
6 Noviembre 2008
Situémonos en un sábado de octubre, mes con vitola turística en el calendario de Balears. Vuelo de Valencia a Palma, operado por Iberia a primera hora de la mañana. Un moderno Airbus, con la tripulación al completo y un único pasajero. Sí, han leído bien. Debió disfrutar de la atención más personalizada imaginable, incluida la singularización del protocolario “le habla el comandante”. Todos los pasillos y ventanillas a su alcance. Ustedes sospechan que vamos a enredarnos ahora con el coste real del billete que movilizó un avión entero. No incurriremos en tamaña descortesía, porque los mallorquines necesitamos esos aparatos vacíos para no sentirnos aislados, aunque hoy preferimos ahorrar a utilizarlos.
El pasajero solitario del Valencia-Palma sobrevuela la crisis con minúsculas, que escapa a los ceros con mayúsculas de las finanzas globales. El viajero más mimado de la historia de la navegación aérea demuestra asimismo la imposible marcha atrás en la configuración de la economía. La ficción de que el mundo gira igual que antes, aunque sea con un centenar de asientos vacíos, es menos perniciosa que la suspensión temporal de la eternidad. La crisis constituye un mal menor. Este debate arraigará en Mallorca durante la próxima temporada turística. De momento, los paquetes de lujo se venden en Inglaterra con descuentos superiores al ochenta por ciento. Han vuelto a leer bien. Disfrutaremos de los turistas mejor cuidados de la historia.
Una vez saciadas las urgencias de sus amigos banqueros, Zapatero ha mirado accidentalmente hacia abajo y se ha encontrado con una nube de parados. No les ha inyectado dinero –las medidas drásticas se reservan para favorecer a los ricos–, pero les ha congelado la hipoteca en que se embarcaron con alegría, salvo que habían sido incitados por el propio Gobierno. Los excesos son pagados a escote, en lugar de descontar a los beneficiarios de la inversión inicial. Por eso hay que anunciar el vuelo, sin preocuparse por el número de pasajeros a bordo. La economía ha ingresado en la utopía.
Cañellas tiene razón
4 Noviembre 2008
Los gobernantes mejoran en proporción a su alejamiento del poder, tan pronto como se despeja la bruma que les nubló el juicio mientras se creían invulnerables. Al cavilar desde la distancia, concluyen que estaban rodeados de imbéciles, a quienes ellos designaron y alimentaron. Nunca creí estrenar el titular “Cañellas tiene razón”, pero la melodramática carta en la que demanda a Rosa Estarás cambios que empiezan por la suspensión de la presidencia del PP, demuestra que el sentido común anida en los militantes más inesperados. La corrupción ha de haber alcanzado niveles estratosféricos, para alarmar al primer president de Balears. Máxime cuando reclama el sacrificio de su apadrinada, “es tan guapa”.
El PP balear siempre ha convivido con la corrupción sin mayores problemas, hasta convertirla en un activo electoral. La impunidad transmitía una impresión de solidez, reflejada en las urnas. Sin embargo, el descubrimiento de que las prácticas corruptas centraron la actividad del anterior Govern ha sido interpretado como un exceso de autocomplacencia. El retorcimiento en el saqueo –supuestos abusos a menores, latas de Cola-Cao rebosantes de euros– había de molestar por fuerza a una isla educada en el minimalismo. Por primera vez, la dieta de langosta, cocaína y prostíbulos podría salpicar a las elecciones.
Cañellas ha comprendido que medio centenar de imputados obligan a la refundación del partido, antes de trasladar la sede a la cárcel. Aprendiendo de su error al descabezar a Munar, sabe que el PP balear no puede buscar consuelo en la corrupción de UM, cuyo tamaño multiplican por cinco los conservadores de Balears. Por supuesto, nos negamos a atribuirle ni un átomo de inocencia. El ex president epistolar no se manifiesta desde la política, sino desde un negocio que puede verse afectado con la degradación acelerada de sus siglas. Ahora bien, Estarás ahuyenta a unos votantes que nunca se identificaron con los miriñaques de Matas. Cañellas encarna el carisma, así de grave es la situación de su partido.
¿Qué quieres de mí, Obama?
3 Noviembre 2008
Basta de preguntarse si los norteamericanos están preparados para Obama, dando por descontado nuestro acondicionamiento para su venida. Quienes ovacionan al político Demócrata, operan en la convicción de que el aplauso les contagia de su carisma, de su elocuencia y, sobre todo, de su delgadez. Omiten las contraprestaciones. Ha trabajado el doble que un candidato blanco, y nos exigirá proporcionalmente. Michelle Obama no sólo es la razón más poderosa para descartar un atentado contra su marido, dado que la viuda sería una potencia política imbatible. Además, está convencida de que su esposo puede cambiar el mundo, un ámbito que me incluye en el último recuento. Por tanto, tengo derecho a preguntar “¿qué quieres de mí, Obama?”
Frente a los resabiados a disgusto con cualquier candidato, mi problema es que todos los aspirantes me convencen. De ahí que vote al político de quien menos espero. No me preocupa que me represente, sino que me olvide lo antes posible. Los perfeccionistas y los dinamizadores ocupan el último escalón de mis preferencias, porque siempre piden más de lo que ofrecen. Sin embargo, y dada la imposibilidad de sustraerse a la catarsis planetaria en curso, ahí va mi propuesta. Si gana Obama, mañana empezaré el tratamiento selectivo de mi basura en recipientes separados. Ahora bien, me niego a compartir el coche en el trayecto hacia el trabajo, para ahorrar combustible. Aguardo una respuesta inmediata a mi oferta. Tal vez el político Demócrata considera que hoy tiene cuestiones más importantes que atender, pero yo no puedo esperar.
Mi vida entera es una huida de personas como Obama, que aspiran a mejorarme. Sé perfectamente lo poco que McCain querría de mí, mantenerme en un discreto silencio. El penúltimo argumento a favor de una victoria Republicana –y de las ideologías conservadoras en general– consiste en que suponen una nula exigencia. Por eso los Demócratas estarán asustados hasta el último minuto. Saben que piden demasiado.
