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Desinformación, por favor
26 Febrero 2009

Un extendido bulo sostiene que el mundo funciona con un combustible llamado información. Existe incluso una figura adictiva y delictiva de ese flujo, la información privilegiada. Todos los magnates en quiebra a raíz del 11-S financiero del año pasado confiaron en ese bisbiseo criminal, que se les volvió en contra. El caso Madoff demuestra por sí solo que la desinformación es preferible a la información. Ningún inversor ignorante se hubiera tragado las promesas del gurú neoyorquino, su trama se diseñó para atrapar la credulidad de los seres mejor informados de la historia de la humanidad.
Llamamos conocimiento a una información deficiente, la desinformación nos salva la vida. El auténtico Kennedy –rechace imitaciones– no bombardeó las bases soviéticas en Cuba porque ignoraba cuántos misiles contenían, y porque tampoco sabía que Kruschev estaba aterrorizado ante la perspectiva de un conflicto con los norteamericanos. Unos datos más ajustados hubieran revertido en la temeridad de una guerra, frente a la prudencia cuando se camina a tientas. Curiosamente, la CIA le aseguró a la Casa Blanca que Moscú atacaría. Cuando no lo hizo, los espías aseguraron que eran los rusos quienes habían obrado en contra de la información disponible.
Bush no ocupa Irak con una información falseada, sino con una sobredosis de datos. No manipuló los informes de que disponía para engañar a la opinión pública, sino para crear la ficción de que todo estaba calculado. Los desinformados se resisten a Madoff, los informados sabían perfectamente que los manejos del financiero eran ilegales –qué pasaría si hubiera invertido en drogas o financiado el terrorismo–. Los inversores participan en la trama. Al dominar el mercado sobradamente, no ignoraban que esa rentabilidad estable y perpetua sólo podía obtenerse robando. El único matiz es que pensaban que las víctimas eran otros. Siento no entristecerme al imaginar el momento en que comprobaron que el chiste era a su costa, pero me falta información para saborearlo en plenitud.


Me vayan quitando a Solbes

Sólo se me ocurre un logro más postinero que ser nombrado ministro, y es destituir a un ministro. Aunque quizás estoy subestimando un posado en la portada de Vogue, ¿dimitirían hoy las ministras implicadas en aquella bacanal fotográfica, con pieles de animales previamente acribillados por Bermejo? Dado que ahora puedes señalar al miembro del Gobierno que se te ha atragantado, y Zapatero lo jubila en dos semanas, ha llegado el momento de señalar a los reos de ministricidio. Los motivos ya se improvisarán, quién no dispone de una cacería inconfesable en su armario.
Ya que hablamos de ministros fastidiosos a suprimir, exteriorizo desde aquí mi hartazgo con el presunto desapego de Solbes por el cargo. Cada día nos sale más caro, y encima parece que se compadece de nosotros al continuar en la vicepresidencia. No hay ministros por obligación, harían su trabajo gratis –en lo que sería probablemente el sueldo más ajustado a sus méritos–. El afán hipocritón del responsable económico por desertar recuerda a Juan Pablo II, que anhelaba la vida eterna pero empleaba a un batallón de médicos laicos para retrasar el tránsito.
El vaso de mi paciencia se colmó al exteriorizar Solbes su “envidia al ex ministro” Bermejo, otro insulto innecesario a los contribuyentes que le pagan. ¿Qué nos ocultan los ministros de finanzas, cuando el japonés se ahoga en sake y el español se inhibe sin saque? La diferencia es que el autóctono se aferra al sillón so capa de despreciarlo, su escapismo en tiempos de crisis equivale a un ministro de Defensa que solicitara el relevo en cuanto empieza la guerra. En tiempos de austeridad, un ministerio de Justicia es una corrupción en sí mismo, un barroquismo superfluo aun siendo generosos. Sin embargo, alguien tiene que quedarse para regar de dinero los bancos y mantener la ficción económica. Imaginen a un ciudadano que no sólo se ha quedado en el paro, sino que encima contempla al encargado de aliviar su trauma desmontando el despacho. Por todo ello, Zapatero, tienes dos semanas para ir quitándome a Solbes. De lo contrario, cuelgo tus fotos en Facebook.


Bambi dispara el último
24 Febrero 2009

España padece la crisis económica más amarga de Occidente, así que el ministro de Justicia dimite a patadas. Se descubre una trama corrupta en la oposición, por lo que cae un miembro del Gobierno. Bermejo, uno de esos seres que prefieren disparar a tener razón, estaba tan imbuido de sí mismo que presumía de haber cazado con Garzón al mismo tiempo que se disculpaba por haberlo hecho. No podía resistirse a la tentación de competir en las portadas con Penélope Cruz. Ese emparejamiento debió servir de señuelo a Zapatero, para rematar a su presa ministerial. Bambi –Obambi, en su versión americana– siempre dispara el último.
El error de Zapatero no ha consistido en destituir a Bermejo, sino en nombrarlo. Su incorporación a las listas electorales aumentó la ventaja del PP sobre el PSOE en Murcia, su destitución precipitada amenaza las expectativas inminentes de los socialistas en otras dos comunidades. El ministro no sólo se ha despeñado con su talante intacto, sino por culpa de él. Creador de problemas artificiales, no importa lo grave que fuera una situación, él siempre conseguía empeorarla. La expulsión desenmascara la ridícula huelga política de unos jueces que fueron contemplativos mientras la “escasez de medios” se enquistaba con Aznar.
Bermejo se hunde en el retablo popular por jugar con fuego a señorito franquista, pero los jueces nunca le acusarían de ese crimen. Al fin y al cabo, ¿cuántos de ellos resistirían a la revisión de sus cacerías junto a políticos o personajes incluso más abominables? Para la Justicia, que no tiene nada que ver con los mamíferos hasta aquí nombrados, hubiera sido más útil la dimisión en pleno del Consejo General del Poder Judicial. Entre las reacciones, la preocupación más notoria acuciaba a Rajoy. No sólo porque habita naturalmente el desánimo, sino porque ahora le exigirán destituciones en un partido que no gobierna. Le molesta alternar el curso de las cosas, suspiraba por la continuidad ministerial. Bambi, el superviviente de la cacería, siempre hiere de rebote al presidente del PP.


La implacable tecla ‘Devolver’
20 Febrero 2009

Ya que no me lo preguntan, lo peor de internet es la insistencia en la palabra “Aceptar”. Escribes la dirección sexsexsexandmoresex.comsex, y la pantalla te pregunta, “¿realmente desea acceder usted a una página de contenidos explícitos?” Deben pensar que te has equivocado al deletrear realmadrid.com. Y tienes que aceptar, claro. Las autorizaciones encadenadas recuerdan al protocolo de una relación sexualmente correcta, en la que cada avance debe ser consultado previamente con la otra parte, para desobedecerla a continuación. Necesitaba el antídoto a tanta aceptación, y lo hallé en la tecla más inesperada.
El noventa por ciento de los correos electrónicos que envío son fundamentales para sus destinatarios, pero el noventa por ciento de los correos que recibo son idiotas. Además, estoy seguro de que a cada uno de ustedes les sucede lo mismo, lo cual demuestra que un diez por ciento de individuos le está arruinando la vida al resto de la humanidad. Como primera línea de defensa, no respondo jamás a un SMS o correo no personalizado. Sin embargo, el estoicismo me resultaba insatisfactorio, porque dejaba impune la agresión. Quería contraatacar, me molestaba tener una mejilla de más.
Me sentí inferior hasta que me descubrieron la función “Devolver”, que remite el correo no deseado a quien nunca debió enviarlo. Una vez instalada entre mis utensilios, aprieto esa tecla con más frecuencia que la letra “a”. Al retornar la basura informática, experimento un sentimiento de maldad plena que sólo los fumadores furtivos acertarán a comprender. He llegado al punto en que me siento frustrado, si los ochenta correos diarios que me dirigen son simples declaraciones de amor. Suspiro por recibir informaciones superfluas que jamás se me ocurriría consultar –novedades editoriales, relaciones de chistes indigestos, ONGs de rapiña–, para estamparlas en la cara de los impertinentes. Mientras pulso “Devolver”, tarareo el Return to sender de Elvis, a fin de que su sufrimiento sea completo. He descubierto el poder.


Más escopetas para los jueces
19 Febrero 2009

Foucault nunca hubiera imaginado una huelga de jueces ni de registradores de la propiedad, por lo que tendremos que interpretarla a nuestra manera. Apoyo la reclamación a Bermejo de que se amplíen las plantillas judiciales con acceso a cacerías junto a ministros, para que no se limite la escopeta al magistrado de siempre. Me escuece en cambio la extrapolación de que la rebelión togada sería tan incomprensible como un paro de ministros o de diputados, emparentados por contraposición a profesiones de probada utilidad. Verbigracia, los transportistas.
El eco de la primera huelga judicial con aviso previo confirma que nadie notaría un paro de jueces, ministros o diputados, salvo que lo anticiparan profusamente. Los proletarios citados alcanzan su cargo tras durísimos procesos de elección o selección. Sin embargo, los gremios que ejercen un poder casi infinito sobre la vida, la honra y la hacienda de individuos concretos -jueces, médicos, profesores- suspiran por ejercer un influjo casi imperceptible sobre masas infinitas -privilegio de los grandes comunicadores y de Leo Messi-. Amputarse la superficialidad genera una lacerante frustración. Por eso las ministras necesitan posar en Vogue, los diputados matan ciervos y los jueces juegan a obreros. Foucault no insistió lo suficiente en que, ante fenómenos incomprensibles, hay que analizar la tentación exhibicionista. La velocidad de la justicia se mide en eras geológicas, sus ejecutores han sucumbido al fulgor del instante, a la excitación de que la antipatía que generan no se limite a sus condenados. Sin esta premisa, una huelga de jueces es tan incomprensible como el anuncio de que la Conferencia Episcopal ha adquirido el arma nuclear. El paro transcurrió en un ambiente hostil, porque no hay un solo empleado privado en todo Occidente que tenga garantizado un mes de trabajo. A esa zozobra se une el reproche de que los contribuyentes no miman a sus jueces. En el ocaso del capitalismo, trabajar es una actividad de alto riesgo. Los jueces en huelga no saben lo que se pierden.


Fiscalía autosostenible
18 Febrero 2009

Convencer al PP de la utilidad de los fiscales anticorrupción desde una perspectiva ética es tan estéril como persuadir a una vaca de que se haga carnívora. O como aleccionar a los cargos del anterior Govern para que mantuvieran las manos fuera de la caja. Por fortuna, la derecha nunca ha sido ajena a los criterios de rentabilidad –véase el mismo Govern de antes–. La recuperación del dinero público robado por sus supuestos gestores, porque la presunción sólo cubre la forma en que ejercían sus cargos y no su edificante dedicación al saqueo, permite que la fiscalía sea una de las escasas iniciativas actuales con beneficios económicos. No es insostenible, como aúllan Estarás y Arenas, sino autosostenible. Funciona mejor que Hacienda, para la recuperación de caudales previamente despistados por los políticos. Con el dinero sobrante, podrán sufragarse parques eólicos o lo que sea que construya la izquierda en vez de autopistas.
Para mantener el ritmo de lo sustraído durante el Govern Matas y aledaños –viajes a familiares de funerarios muy vivos–, la fiscalía debería multiplicar su plantilla. Hay cargos que justifican un fiscal para ellos solos, en la seguridad de que la inversión se amortizará con creces. La corrupción industrial del PP aliviaría la lacra del desempleo. Escandalizarse, como hacen con cierta envidia los jerarcas de la derecha todavía no investigados, de que las actuaciones se centren contra su partido, entra en la lógica de preguntarse por qué no se persigue a Bin Laden en Mallorca.
Arenas denuncia el ensañamiento de la fiscalía y, a continuación, se niega a certificar la inocencia de Matas –por citar a un líder providencial incorruptible hasta su último átomo–. Los corruptos han aprendido el protocolo y, el mismo día en que son citados, confiesan y amplían disciplinadamente su declaración a las sustracciones de las que todavía no han sido acusados. Comparecen en Anticorrupción con un cheque por el importe desviado. Se les debería aplicar un descuento por pronto pago. Sólo la vergüenza robada es irrecuperable.


Antich sigue a su Manera
13 Febrero 2009

En plena crisis, Madrid ha acogido a dos nuevos inmigrantes, Francesc Antich y Carles Manera. Fueron a buscar dinero, ya será mucho que encuentren trabajo. Su aprendizaje de la mendicidad debió empezar por una ciudad más facilita, tal vez Segovia. Esperemos que no se extraviaran, porque la capital es muy grande. Por si acaso, marchaban provistos de un plano y una brújula, para distinguir si caminaban Castellana arriba o abajo.
La llegada a Madrid de los dos mallorquines más combativos después de Rafael Nadal no pasó desapercibida. Un estremecimiento recorrió el espinazo de ministros que se enclaustraron con doble cerrojo. Al llegar al ministerio de Bermejo, un ujier con entorchados de almirante desanimó a Antich y Manera, porque “el ministro está cazando con Garzón”. En Industria, Sebastián le replicó al propio que le anunció la llegada de los pedigüeños mallorquines:
–Dales una bombilla de bajo consumo y que se larguen.
–¿Una bombilla para cada uno?
–Una para los dos y gracias.
No les recibió ni Joan Mesquida. Por fin encontraron a una ministra desprevenida y sin competencia, Bibiana Aído. “¿De dónde habéis dicho que sois?”, les preguntó al verlos. Al anunciarle que habían volado desde Palma, les halagó. “Es una isla maravillosa, yo siempre veraneo en Las Palmas”. Antich llevaba a Manera para que tradujera sus palabras a números, por lo que no pasaban del 3. La benjamina de Zapatero concluyó que “Balears y las mujeres españolas comparten los problemas de desigualdad”, así que aprovechó para sacarles unos millones. La durísima negociación con el Gobierno concluyó cuando Antich pegó un puñetazo sobre la mesa –del conserje de la caseta de acceso a la carretera que lleva a La Moncloa–, y lanzó su ultimátum, “por lo menos, dadnos algo para el billete de vuelta”. Con objeto de aplacarlos, les regalaron dos entradas para el musical Mamma Mia!. Omitieron indicarles que ya no se representa. Madrid nunca olvidará a Antich. Nosotros también.


Antoni Pastor, qué raro
12 Febrero 2009

Cuando bromeábamos que la renovación postraumática del PP balear se había limitado a embalsamar a Rodríguez, no imaginábamos que el lifting radical de la derecha consistiría en reincorporar al asesor de Eugenio Hidalgo, con el mismo cargo. No les molestaríamos con las miserias de ese partido, si no fuera por la emergencia de una figura inesperada y singular, Antoni Pastor. Su biografía le condenaba al vasallaje, pero vuelve a confirmar la extraña habilidad de Rosa Estarás para enemistarse con sus mejores amigos.
Una década atrás, Pastor se hallaba probablemente en Argentina. No hace falta consultar las fechas, viajaba constantemente a ese país con fondos públicos, en el seno de Operación Mapau. Desde allí tranquilizó a Matas sobre las inmejorables perspectivas en Formentera. Sabemos de quién estamos hablando, pero hasta Obama tiene derecho a cambiar. En medio del escándalo, el alcalde de Manacor encajó con deportividad, mientras su partido enfilaba hacia la histeria. Su reto a la muy innovadora presidencia del PP -la única diferencia entre Matas y Estarás es un palacete- resalta por modélica en nuestro ámbito provincial. Le robaron la presidencia mallorquina de su partido, pero en el congreso exhibió las virtudes que orlaban a Pere Rotger, antes de erigirse en recogepelotas de la presidenta accidental.
Los mallorquines queremos votar al PP sin que nos obliguen a ser españoles. Guiado por Jaume Font, el alcalde de Manacor guiña la posibilidad de una derecha mallorquina, frente al españolísimo Delgado y su himno diario. Tal vez hemos rebajado nuestras exigencias, o sólo pretendemos igualar la humorada de reinstaurar a Rodríguez frente a Fiol, pero Pastor ha pautado su oposición desde una diligencia insospechada. Le ha llegado el momento de actuar o quedarse de gallardón, el instante decisivo de Cartier-Bresson. Como todos los textos en torno al PP, este articulo sólo es válido mientras no se sustancien nuevas imputaciones. Nadie quiere figurar como cómplice por apología en un sumario de Garzón.


Benjamin Button, otro tonto
9 Febrero 2009

Benjamin Button es la secuela de Forrest Gump que me hizo aplaudir a Madoff, porque el guionista de ambas ha dilapidado sus ingresos en el fraude piramidal. De hecho, la lista de damnificados del broker neoyorquino obliga a recalificarlo como benefactor de la humanidad. Ni un solo tonto planetario –a saber, tontos que presumen de inteligentes– dejó de invertir en su empresa sin fondos. En la película que nos ocupa, mucho escribir que “puedes hacer lo que quieres con tu vida” y mucha ceremoniosa invitación a la aventura, para colocar después los ahorros al diez por ciento que garantizaba escrupulosamente el estafador. “Resignación”, ¿no predica eso por boca de Brad Pitt en la superproducción?
El espectador de Benjamin Button padece idéntico martirio a su tonto protagonista. La insoportable película se alarga hasta el extremo de que abandonas la sala varias décadas más viejo. Simultáneamente, te sientes tratado como un niño. De nuevo, efluvios de Forrest Gump, el tonto primordial. Hasta el doblaje funciona en paralelo, han recuperado la maleta de objetos encontrados para resolver los callejones sin salida, y completan la mortificación con la innovación de una doble voz en off. Una película empeñada en demostrar que todos hubiéramos sucumbido a la tentación de Madoff, y quién puede negarle esa evidencia al guionista.
El Hollywood pueril ha aplastado la idea de invertir la flecha del tiempo, desarrollada por Scott Fitzgerald en Benjamin Button. El cine para tontos precoces –y yo he pagado por ver las dos entregas de Forrest Gump– resucita la taquilla, obtendrá sin duda el Oscar al mejor maquillaje y ha logrado por fin que Cate Blanchett parezca una actriz mediocre. En ninguna escena funciona la química con Brad Pitt, se diría que su partenaire le recrimina continuamente que haya preferido a Angelina Jolie. En fin, el cine con cerebro sobrevive en Frost contra Nixon, probablemente la película mejor interpretada del siglo. Recauda diez veces menos que las tonterías.


Mi medio millón anual
5 Febrero 2009

Si para complacer a Obama tengo que recortar mis pretensiones salariales por debajo del medio millón de dólares que él ha impuesto a los ejecutivos de instituciones subvencionadas, hecho. Mi capitalismo también tiene un límite. El sobrante de mi remuneración anual pueden invertirlo en bombardear Irán o en alguna otra empresa humanitaria. La implantación del salario máximo interprofesional –pendiente de su aprobación por los sindicatos– demuestra que el mundo se dirige desde el extremo opuesto hacia un comunismo a la china, con un banco central que tolera microclimas de libre mercado y sólo aplasta a los disidentes.
Me niego a asumir la contención salarial como una amputación, supone en realidad un estímulo para participar por fin de la revolución en curso. No te preguntes qué puede hacer Obama por ti, pregúntate por qué creíste que un hombre en vísperas de la cincuentena puede cambiar el sentido de su existencia y de la tuya. La mayoría de trabajadores no sólo piensan que merecen ganar medio millón de dólares per annum, sino que están convencidos de que llegará el día en que los ingresen. Deberán asumir la frustración de sus anhelos con la deportividad que yo aplico a mi recorte.
La hostilidad al salario máximo se centra en que “no podremos contratar a los mejores”. En efecto, hundir a los gigantes financieros requiere a superdotados, y medio millón no paga sus desvelos, como sabe todo aquél que ha intentado dilapidar miles de millones en un día. Además, un banquero subvencionado por las esforzadas clases medias redecoró su despacho con una papelera de más de mil euros, un comportamiento bizarro aunque fomente el empleo en el sector de fabricantes de papeleras de más de mil euros. Ya sabemos que resulta imposible imaginar comportamientos tan mezquinos en España, pero es mejor prevenir que currar. Por tanto, procede establecer un tope salarial autóctono, a resultas del cual ningún trabajador cobrará más que Raúl o Xavi, sendos paladines de acrisolada laboriosidad y ajustada remuneración.


Menudo ego, los actores
4 Febrero 2009

La perspectiva sobre la ceremonia de los Goyas se modifica, de haber soportado previamente las películas participantes. Esta perversión sólo afecta a la mitad de la audiencia televisiva de la gala, porque se obró el prodigio de que la suma de espectadores de los cuatro títulos más destacados –dos millones y medio– fuera inferior al público congregado ante el electrodoméstico, y tres veces menor que la sátira improvisada por Zapatero, No tengo respuesta para usted. El éxito en pantalla pequeña del cine que nadie ha visto en salas se debe a una presentadora de teleserie, cuyo nombre preferiría olvidar.
Dado el rechazo masivo a sus películas, cabría imaginar que actores y cineastas esbozarían una autocrítica, y se disculparían al recoger sus premios. Ni hablar. Abroncaron a los espectadores y al Gobierno que les representa, acusándoles de piratear sus películas –aunque un mantero senegalés con dignidad profesional no se atrevería a vender La conjura de El Escorial ni Sangre de mayo–. Si un ministro reclama tres minutos en prime time dominical para vender sus carencias, el programador le negará ese privilegio. En cambio, el ganador del Goya al mejor cortometraje de semificción en blanco y negro con actores mamíferos dispone de barra libre, para detallar el honor que tuvo su madre al parirlo. Su monserga dura más que su corto, cuya proyección nos evita por fortuna.
Del cine español de 2008 sobrevivirán Sólo quiero caminar y Los crímenes de Oxford –ni los académicos se atrevieron a premiar Los girasoles ciegos–, magra productividad para hablar de industria. En alguna de las cintas presentadas, una denuncia a Consumo obligaría a retornar el precio de la entrada. Pese a ello, los artistas aleccionaban a una audiencia a la que ni entretienen. Menudo ego, los actores. Tocados por los dioses, el Goya apenas recompensa su genialidad intrínseca. Lástima que la crisis económica haya llegado con un año de retraso, porque su puntualidad hubiera evitado que se rodaran algunas de las películas a concurso.


Nadal gana sin llorar
3 Febrero 2009

Todas las victorias deportivas son idénticas, pero cada atleta pierde de manera distinta. Salvo que la derrota no figure en su repertorio, y entonces Roger Federer rompe a llorar. De impotencia, pero también por la liberación de desprenderse de la agobiante condición de favorito. Las lágrimas suizas son tan inesperadas como un reloj de cuco que atrasa, pero ilustran sobre el cambio decisivo en la trayectoria de Nadal. Se puede perder por incomparecencia y vencer por comparecencia. En la semifinal y la final de Australia -un único partido de diez horas-, el mallorquín confirmó que su mera presencia impacta más que sus golpes.
Nadal también gana por pasiva y sin llorar, ahí van los datos. Verdasco pierde las semifinales con una doble falta, desenlace insólito y psicológico tras cinco sets rocosos. Federer arruina el tercer set de la final, clave en el partido, con otra doble falta en el tie break. Ambos se autoeliminaron. En cuanto se adelantaban en el marcador, les invadía el pánico ante el vértigo de la victoria, y retrocedían. No querían vencer, sólo resistir. Al mallorquín le bastaba con alimentar su magnetismo. “Dejarse la piel”, “pundonoroso”, son pamemas para aspirantes. Nadal es un campeón porque el rival siempre sufre -y llora- más que él.
Federer le arrancó dos sets a Nadal, suficientes para desarbolarlo en un torneo de formato reducido. Sin embargo, cuando lanzamos una moneda al aire un número suficiente de veces, las caras y las cruces se igualan. Del mismo modo, un partido infinito entre ambos lo ganaría el mallorquín por sesenta a cuarenta. La final australiana pareció más ajustada porque el campeón se enfrentaba a la pareja Verdasco/Federer. Empezar con el partido ganado concede la ventaja de que la carga de la prueba emocional recae sobre el antagonista. Quienes llevan años predicándome que el suizo es un jugador más depurado que Nadal, olvidan que no estamos hablando de perfección técnica, sino de convicción irracional. La victoria es un estado de ánimo, que diría Zapatero. Otro que gana por pasiva. Y sin llorar.