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Llauger, la Mallorca civilizada
11 Marzo 2009

Cuando intento imaginar qué cosa sería una Mallorca sin corrupción ética ni estética, surge espontáneamente el nombre de Miquel Angel Llauger, el doctor ingeniero que viene de morirse. La incongruencia de glosar a un jefe de Carreteras en todas sus variantes se corrige por los postulados racionales que le animaron. Pronto fueron arrollados por políticos corruptos y pasto de los constructores sin fronteras, que festejan hoy el primer medio siglo de balearización inmisericorde. El fallecido desmiente la ausencia de una burguesía mallorquina ilustrada, y la autocrítica le llevó a concluir que una Marilyn Monroe con tres pechos también sería un monstruo. Su postura no sirvió de ejemplo ni para sus colegas de profesión, porque el colegio ingenieril acudió dócil a socorrer el mamotreto de Son Espases.
Llauger representa el genoma de UCD frente a la jerarquía del PP, donde la seña de identidad no se caracteriza tanto por el saqueo monetario como por el desprecio absoluto hacia la isla. En una imagen proverbial, Balears sólo sirve de residencia veraniega hasta para los presidentes de Balears. Cuando un Tribunal Supremo madrileño nos ha de recordar que Mallorca tiene una cultura y un paisaje indefensos, por fuerza debía irritar un ingeniero que se avergonzaba de Magaluf y consideraba que “el GOB ha prestado un servicio impagable a nuestra sociedad”. De ahí que la derecha medieval se arrojara sobre él con especial saña. Era peor que un rojo descamisado, era un traidor a su clase.
El mallorquín civilizado no prevaleció ante la barbarie suicida, a punto de convertir la isla en un campo de concentración. Vi vacilar a Llauger en el juicio del Túnel de Sóller, pero por qué una sociedad debería exigir el heroísmo que no practica. Su discurso se radicalizaba conforme se multiplicaban las amenazas contra una Mallorca agobiada. Al final ganaron los monstruos, por aplastante mayoría. El ingeniero paulino mantenía que, después de la muerte, “habrá unos cielos nuevos y una tierra nueva”. Es casi la única esperanza.