Centenarios en alcohol
27 Marzo 2009
Francisco Ayala, el escritor famoso por haber alcanzado los 103 años, demuestra en una entrevista con Juan Cruz más lucidez que cualquier miembro del gobierno de Zapatero. Nos centraremos en algunos detalles de su dieta. “Tiene sobre la mesa una botella de whisky”, brinda a mediodía con esa bebida, cena “dos whiskies y una manzana”, atribuye su longevidad al whisky y a la miel, bebe más de una copa de vino durante la comida. Según los telepredicadores de la moral sanitaria, entraría en la definición de adicto al alcohol, con perdón. Sin embargo, ninguno de esos inquisidores va a alcanzar su elocuencia ni su edad.
Sigamos, porque el arquitecto Oscar Niemeyer fuma productos cubanos a los 102 años. Esa desfachatez no sólo obligaría a que ya estuviera muerto, sino que justificaría que le dispararan por la calle, para cumplir con las inexorables estadísticas sanitarias sobre uso del tabaco. Ya sabemos que los epidemiólogos miden tendencias y probabilidades, y que la misma singularización de los supervivientes demuestra su excepcionalidad. Más modestos que los gurús científicos, aquí sólo queremos desacreditar la primera pregunta que formulamos los periodistas a los campeones de la longevidad, cuál es su secreto. La única respuesta aceptable sería:
-Estoy vivo gracias a que hago las mismas cosas que han llevado a otros a la tumba con treinta años menos que yo.
Esta evidencia sería sacrílega, porque demostraría que se puede escapar del rebaño, aunque sea por azar. Para no ser tachados de herejes, coincidiremos con los fanáticos de la regulación en que, si siguen bebiendo y fumando, ni Ayala ni Niemeyer llegarán a los 150 años. Aplaudimos sin embargo la resistencia de ambos a la pasión por interferir en las vidas ajenas. En el universo de la seguridad, las medidas preventivas evitan sucesos que no iban a producirse, y a menudo que ni siquiera podían ocurrir. Y quede claro que en los científicos no ofende su encomiable pretensión de curar, sino su pretensión de saber.
