Madoff se burló de los ricos
29 Junio 2009
Madoff no está en la cárcel por rico, sino por haberse atrevido a robar a ricos. Para evitar la pena de prisión, no basta con apoderarse de sumas ingentes de dinero –si quieres atracar un banco impunemente, cómprate uno–, hay que tomar la precaución de saquear a quienes carecen de pujanza colectiva para imponer un castigo. Madoff ni siquiera está en la cárcel por haber robado, sino por haber demostrado que los propietarios de colosales fortunas son tan crédulos como la plebe, y no toman precauciones elementales porque piensan que su dinero les ha aportado un suplemento de inteligencia visionaria.
Le entregabas tus ahorros a Madoff y el dinero desaparecía. A simple vista, no hay ninguna diferencia con el funcionamiento de los intermediarios y agencias legales que han precipitado el cataclismo bursátil. A favor del preso, eliminaba trámites superfluos para volatilizar millones de euros. Los mayores potentados del planeta han sido burlados por un timador de boina que ni siquiera llevaba boina. Madoff está en la cárcel por la ausencia de épica, por haber vulgarizado el robo a gran escala. Su agravante es la facilidad con la que robó a los ricos, desde su confortable anonimato.
Madoff no ha adquirido el rango de celebridad por sus manejos, sino por la identidad deslumbrante de los multimillonarios a quienes ha robado. Los desplumados no confiaban en el inversor encarcelado, sino que depositaban una fe ciega en sí mismos. Pensaban que ni un diablo pobre se atrevería a robarles, y les ha robado un pobre diablo. Acudieron a la estafa en rebaño, como adolescentes en busca del último accesorio de diseño. Jamás se cercioraron sobre los mecanismos que justificaban la cadencia natural de sus réditos, y que el mago les aseguró que no podrían entender. Les afanaba sus fortunas y les llamaba ignorantes, tal vez la cárcel no sea el lugar idóneo para un populista de la talla de Chávez. Un rico sólo es tonto por dinero, y Madoff rendía el diez por ciento. Por tanto, descubrió el porcentaje a partir del cual puedes insultar a una persona sin que se ofenda.
Parados del mundo, divertíos
25 Junio 2009
No conozco a un solo trabajador que no tema perder su empleo. El miedo no figura entre las recetas de una vida sana, y a los asustados hay que sumar a quienes simplemente odian su trabajo. En conjunto, la felicidad no tiene excesivo acomodo en el mercado laboral. Se supone que el paro empeora la situación, delineando un territorio homogéneamente destructivo. La lobreguez depresiva favorece a los empleadores y al Estado, porque apacigua a quienes podrían plantearse una insurrección, una vez que se les ha privado de un derecho y un deber constitucionales. Sin embargo, hay un movimiento que se opone a tomarse el despido por la tremenda. En inglés les llaman funemployed, apuntando a la diversión (fun) de los desempleados (unemployed).
Ya que no podemos combatir el paro, amortigüemos como mínimo sus secuelas psicológicas. Cuatro millones de desempleados aportan un repertorio de peripecias dramáticas, por lo que los funemployed se reclutan entre personas sin cargas familiares ni hipotecarias –hasta El Pocero reconoce hoy que la hipoteca es el equivalente español a la pena de muerte–. Se remansan en un paréntesis incierto, y se niegan a la desesperación. Algunos conquistaron el paro con una generosa indemnización. En esta fase de transición hacia el caos o la recuperación económica, practican un mileurismo con tiempo libre.
Parados del mundo, divertíos. Los funemployed no apelan a la frivolidad, sino que reniegan de la tristeza porque saben que no se están perdiendo nada. Persiguen las gangas viajeras, vuelven a estudiar, captan mejor el espíritu de los tiempos que los workaholics. En su actitud no hay despreocupación, sino absorción total en el presente. Su insumisión pasiva es más útil y descansada que la insurgencia. Integran el único colectivo que ha entendido la magnitud de la crisis, y que percibe la precariedad de los parches improvisados para contrarrestarla. Apuestan a un futuro económico que no escindirá el mundo en ganadores y perdedores, a falta de saber si habrá ganadores.
Acabad con el Palacio, ya
24 Junio 2009
Necesita Mallorca un nuevo hotel de cinco estrellas, cuando los vigentes sortean una crisis sin precedentes? Si responde usted afirmativamente, pase a las páginas de deportes y no enrede, que aquí estamos remodelando la isla. ¿Necesita Mallorca un Palacio de Congresos, cuando las instituciones y empresas usuarias de esos complejos han suprimido los ágapes colectivos? Si responde usted afirmativamente, pase a las páginas de contactos, porque no pretenderá saber más que Fluxá, Hidalgo, Barceló y Sampol juntos, ya que todos ellos se han desenganchado sucesivamente del proyecto palaciego y congresual.
Si un nuevo hotel de lujo y un Palacio de Congresos son absurdos por separado, al conjuntarlos se migra de los quimérico a lo estrafalario, pese a lo cual continúan las obras que arruinarán para siempre la fachada marítima de Palma. Cuando los empresarios implicados huyeron del proyecto, Cort experimentó la proverbial sensación de orfandad, muy pronto sustituida por la tozudez burocrática en el mantenimiento de fantasmagorías. Excepcionalmente, reclamaremos pasividad a la administración. No sigan. Gracias al pánico de los hoteleros, disponemos de una oportunidad única para aliviar una zona sin porvenir.
No hay que acabar el Palacio, sino acabar con el Palacio. Ni el ego de un arquitecto justifica ya la construcción de ese mamotreto estéril. Por otra parte, si el autor del proyecto –no nos referimos a los autores reales u obreros, sino al artista– ha sabido diseñar el complejo, le sobra capacitación para crear un parque verde que sea el orgullo del solar más cotizado de Balears. Por no hablar del concomitante ahorro en hormigón. La alternativa para Cort y el Govern consiste en ceder la propiedad del conjunto al acreditado fondo de inversiones luxemburgués Westealyourmoney Plc Inc. De hacerlo así, en dos años reescribiremos este artículo, con las arcas públicas aligeradas en varias decenas de millones de euros. Devuelvan el Palacio de Congresos a los ciudadanos, antes de que sea demasiado tarde. Y demasiado caro.
Acabad con el Palacio, ya
Necesita Mallorca un nuevo hotel de cinco estrellas, cuando los vigentes sortean una crisis sin precedentes? Si responde usted afirmativamente, pase a las páginas de deportes y no enrede, que aquí estamos remodelando la isla. ¿Necesita Mallorca un Palacio de Congresos, cuando las instituciones y empresas usuarias de esos complejos han suprimido los ágapes colectivos? Si responde usted afirmativamente, pase a las páginas de contactos, porque no pretenderá saber más que Fluxá, Hidalgo, Barceló y Sampol juntos, ya que todos ellos se han desenganchado sucesivamente del proyecto palaciego y congresual.
Si un nuevo hotel de lujo y un Palacio de Congresos son absurdos por separado, al conjuntarlos se migra de los quimérico a lo estrafalario, pese a lo cual continúan las obras que arruinarán para siempre la fachada marítima de Palma. Cuando los empresarios implicados huyeron del proyecto, Cort experimentó la proverbial sensación de orfandad, muy pronto sustituida por la tozudez burocrática en el mantenimiento de fantasmagorías. Excepcionalmente, reclamaremos pasividad a la administración. No sigan. Gracias al pánico de los hoteleros, disponemos de una oportunidad única para aliviar una zona sin porvenir.
No hay que acabar el Palacio, sino acabar con el Palacio. Ni el ego de un arquitecto justifica ya la construcción de ese mamotreto estéril. Por otra parte, si el autor del proyecto –no nos referimos a los autores reales u obreros, sino al artista– ha sabido diseñar el complejo, le sobra capacitación para crear un parque verde que sea el orgullo del solar más cotizado de Balears. Por no hablar del concomitante ahorro en hormigón. La alternativa para Cort y el Govern consiste en ceder la propiedad del conjunto al acreditado fondo de inversiones luxemburgués Westealyourmoney Plc Inc. De hacerlo así, en dos años reescribiremos este artículo, con las arcas públicas aligeradas en varias decenas de millones de euros. Devuelvan el Palacio de Congresos a los ciudadanos, antes de que sea demasiado tarde. Y demasiado caro.
Rafael Nadal, una rebajita
22 Junio 2009
El infierno es tener 23 años y que te digan “con lo que tú has sido”. La precocidad se le ha vuelto en contra a Rafael Nadal, el ciudadano de Balears que más dinero ingresó por su actividad en 2008. Para premiar ese récord, el Govern Antich le entregó… más dinero. En concreto, nueve millones de euros repartidos en tres años –seis para él, tres en gastos–. El tenista nos cuesta un millón y medio de pesetas al día, equivalente a trescientos parados. Es una suma bien empleada, porque su labor promocional ya nos ha librado del siempre engorroso turismo francés, después de que su tío llamara “estúpido” al público de Roland Garros.
Nadal le cuesta a Balears lo mismo que a Nike, la generosidad de Antich le llevó a abonar incluso las fotos que el tenista se hizo junto a su candidato Matas en la campaña electoral. Sin embargo, la pronta eliminación en París y la ausencia de Wimbledon nos autorizan a suplicarle al campeón una rebajita en sus emolumentos públicos, sin que el descuento le arrebate su título de funcionario mejor pagado de la comunidad. Estamos seguros de que somos redundantes, porque los abogados del desprendido Govern ya debieron prever la contingencia de una lesión, que disminuyera el impacto mediático del mallorquín más famoso de todos los tiempos.
Nadal puede replicar que se ha batido durante meses en nombre de Balears y que, si hemos de dejar de pagar a los presidents, consellers y asesores que no justifican mínimamente su sueldo, el presupuesto de la Comunidad se reducirá a quinientos euros. La confusión surge aquí de pensar que los altos cargos cobran por no trabajar, cuando cobran para no trabajar. Tampoco podemos descartar que el tenista demande a su primo Miquel Nadal, dado que el contacto con el conseller de Turismo –que amenazaba con visitar Wimbledon– ha repercutido catastróficamente en su carrera deportiva. A la espera de rebajas, nos mantendremos en que el dolor del campeón no es muscular, sino psicológico. Para sobreponerse, deberá derrotar a su entorno.
Perder haciendo trampas
19 Junio 2009
La clave de la competición no reside en ganar, sino en hacer trampas que redondeen la exhibición de poder. La victoria cruda sólo obedece a nuestros méritos –nadie nos persuadirá de lo contrario, y en esa fe ciega radica la esencia de los campeones–, pero engañar al rival engendra su humillación inapelable. Este placer adicional se halla en la raíz de la corrupción política, donde el enriquecimiento personal es un factor secundario respecto del éxtasis de burlarse de los conciudadanos ignorantes.
Quienes no van a ganar Roland Garros –y ya notarán que hablo en tercera persona–, participan sin embargo del placer secreto de copiar en el examen que iban a aprobar de todos modos. Sin menospreciar la excitación aneja al riesgo de ser descubierto. Aquí enlazamos con la enseñanza de las elecciones iraníes, bajo nuestra acreditada tesis del pucherazo innecesario. Es probable que el ultraconservador Ahmadineyad ganara los comicios contra el conservador Moussavi, aunque por un margen inferior al abismo decretado por los ayatolás. La plaga de analistas políticos insiste en que pretendían evitar la enojosa segunda vuelta y desalojar a los periodistas de Teherán. Nosotros sabemos que los clérigos precisaban hacer trampas. Con ello no solo engañaban a la mitad de iraníes que votaron a su pelele, sino también a la otra mitad que le votaron en contra para ser recontados a favor.
La teocracia iraní funciona como la Conferencia Episcopal. El cielo que tienen ganado les supondría una frustración, si no consiguen además el infierno para sus detractores. Ahmadineyad perseguía el poder absoluto de que hablábamos, para trasladar el mensaje de que el voto a su favor carece de escapatoria. Al excederse, ha arruinado su victoria y se arriesga a perder haciendo trampas. Pese a este traspiés, los tramposos son más excitantes que los campeones, véanse los delanteros que exageran sus caídas en el área –y no me refiero solo a Cristiano Ronaldo–. En la última variante, no nos enredaremos en quienes se niegan a hacer trampas aunque les cueste la derrota. Este es un artículo de ganadores.
Salir del almario, ese crimen
18 Junio 2009
La coherencia está muy sobrevalorada, pero debemos aceptarla como una protección darwiniana contra la caprichosa autenticidad, ese crimen. Si fuéramos nosotros mismos, y aunque sólo nos entregáramos a esa sinceridad descerebrada en horario laboral, propiciaríamos la extinción acelerada de la humanidad. Pese a ello, toda alma acaba por sucumbir al impulso irresistible de salir del almario. Ese arranque ingenuo pero nocivo suele coincidir en los varones con la cincuentena. En las mujeres florece a los cuarenta, dada su proverbial precocidad.
Cuando tu mejor amigo esboza un marcial “a mi edad ya no tengo por qué callarme”, ha llegado el momento de cambiar de compañía. De no adoptar esta precaución higiénica, te verás sometido a una dieta sonrojante de pronunciamientos definitivos, de salidas de tono y de ridículos en público. Sacar el alma a pasear sin bozal es un riesgo para los viandantes, porque convierte a un ser civilizado en un gañán que se cree propietario de su ego. Todavía recuerdo a mi empresario favorito, con la camisa abierta hasta el ombligo y las cadenas enzarzadas en su pelambrera pectoral, después de haber prendido fuego a la corbata que había anudado a la cintura de su amante. Somos menos interesantes que el rol que nos hemos fabricado con esmero a lo largo de décadas.
Santa Teresa de Jesús pregonaba “cada alma, en su almario”, pero su admonición cayó en los oídos sordos de adultos convencidos de que su autenticidad es más rica que su simulación. Esta tentación crea tantas víctimas como la convicción de que las veinteañeras sienten debilidad por vejestorios que les doblan la edad. En cuanto adquiere conciencia de su transitoriedad, el ser humano empieza a avergonzar a sus semejantes. Al sufrir su empeño por vivir cada día como si fuera el último, suspiras para que se cumpla su deseo. Si la vida es una impostura, y hasta Calderón acude aquí raudo en mi ayuda, deberíamos acometerla envueltos en un elegante fingimiento, y no abdicar a mitad de camino.
Salteadores de tumbas
15 Junio 2009
Del mallorquín se aprovecha todo, y su muerte es un incidente que no debe interrumpir el saqueo de sus bienes a cargo de los príncipes de la corrupción política. La Funeraria palmesana pagaba billetes de avión a los familiares de sus gestores, adelantaba dinero a sus directivos que sólo cobraban seis mil euros mensuales, o encomendaba a brigadas públicas el adecentamiento de las pocilgas particulares de sus responsables. Esa actitud ofrece un ejemplo encomiable de la rentabilidad de los cadáveres, en ese momento en que ni un candidato conseguiría venderle un coche usado al ciudadano fallecido.
La corrupción debe continuar, y la muerte no tiene derecho a inmiscuirse en la aportación más brillante de Mallorca a las ciencias políticas. No debe embargarnos la repulsa ante la profanación del tránsito ligado al origen de la religiosidad, porque nuestros salteadores de tumbas se embolsarían la colecta dominical de la parroquia sin que les temblara el pulso. Hay que restarle énfasis a la explotación en provecho propio de tumbas y ataúdes. Desde aquí mismo nos negamos a que la necrofilia concurse como agravante, en las actividades de los funerarios. Hubieran tenido el mismo comportamiento en cualquier otra empresa pública, sería injusto que debieran renunciar a su cuota del botín por el solo hecho de administrar una actividad sensible.
La corrupción del PP balear atendía a todas las etapas de la existencia o de la inexistencia –ahí está el solemne precedente de Bon Sosec–, sin discriminaciones que hoy nos obligarían al reproche. La juventud era asaltada en Turisme Jove, los enfermos en Son Espases, las porciones más musculadas de la sociedad serían estafadas en el Palma Arena, y de la violación de las tumbas en la Funeraria no escaparía ningún ciudadano. Los mallorquines son unos privilegiados, el primer pueblo que goza de la tranquilidad de que no ha habido ni una sola etapa de su vida en la que no haya sido robado por sus gobernantes. La alcaldesa Cirer no se enteraba de nada, aunque rezaba intensamente por los muertos desvalidos y desvalijados.
Ronaldo tiene un desprecio
11 Junio 2009
Cristiano Ronaldo no tiene un precio, sino un desprecio. Con su fichaje por 94 escasos millones, Florentino Pérez y sus Poceros de lujo asociados han coronado una imagen más repugnante que las fotografías de las entretenidas de Berlusconi. Admitiendo que el Real Madrid simboliza al estado,
un país en ruinas ficha con más avidez que Abramovich en los años de criminal borrachera bursátil. Si el gobierno autoriza ese insulto a los cuatro millones de parados, sin investigar fiscalmente hasta el tuétano a todas las instituciones involucradas, merece el mismo respeto que la dictadura de Kazajastán.
Los inmobiliarios que han hundido la economía española se mofan abiertamente de los ciudadanos a quienes han estrangulado con hipotecas abusivas. La ficción de que el fútbol genera el dinero pagado por Ronaldo suma la burla a la afrenta, los 94 millones garantizan únicamente la renegociación de deudas, vedada a los contribuyentes. Los bancos que financian la operación de alto riesgo –pendiente de un tobillo– niegan créditos a sus clientes débiles, imponen comisiones esclavistas, castigan el mínimo atraso en la satisfacción de compromisos. Por no hablar de las ayudas públicas en curso para sanearlos.
Hace tiempo que abdicamos de la moral, pero hay que regenerar la capacidad de sentir asco. Ronaldo ni siquiera es el mejor jugador del mundo. Fracasó en la Champions y en la selección, sólo asegura la goleada al Numancia. La mitad de los diez fichajes más caros del mundo se saldaron con estrepitosos fracasos, empezando por el traspaso de otro Ronaldo al Madrid. En lo icónico, ni punto de comparación entre Zidane y el portugués, que encarna los peores valores del narcisismo deportivo descerebrado. Empezamos a vislumbrar en qué consiste la “refundación capitalista” prometida por Sarkozy, para acabar con el “ladrillo descontrolado” que denunció Zapatero. Ojalá esta fantochada de nuevos ricos, con el dinero de nuevos pobres, genere la rabia suficiente para que los ladrillazos cambien de sentido por una vez.
Dausset como mallorquín
10 Junio 2009
El auténtico nacionalista elige a su nación para morir, porque el lugar de nacimiento nos viene impuesto salvo en el caso de Aznar, que lo escogió cuidadosamente. De ahí que el Nobel francés Jean Dausset sea mallorquín con más fuerza que la mayoría de nativos, porque asumió la isla como destino hace veinte años. Recuerda a Robert Graves, también en la forma comprometida de afrontar su nacionalismo. La entrevista a todo extranjero por asimilar debe incluir una pregunta nada ociosa, “¿por qué Mallorca?”. El médico no lo dudó. “Porque era maravillosa”, y su esposa fijó el tiempo pretérito en “antes de que la destruyerais”. Y de inmediato, un pronunciamiento cívico del científico. “Estoy contra el nuevo trazado de la carretera Deià-Sóller, porque basta con acondicionarla, y el proyecto puede arruinar uno de los paisajes más bellos del mundo.”
Los obituarios de Dausset, cuyos descubrimientos han salvado la vida a millones de pacientes transplantados, han sido parcos en esa vertiente activista del investigador filamentoso como una hebra de ADN. La responsabilidad de “llevar la carga del mundo sobre las espaldas” lo distinguía, con más fuerza que sus hallazgos, de los intelectuales que practican el nacionalismo de nacimiento, siempre tan subvencionado. A principios de los noventa, el médico francés –considerado uno de los intelectuales más relevantes de Francia– se sumaba a la diseñadora Katharine Hamnett o a la cantante Annie Lennox, para impedir atrocidades que los indígenas reputábamos aceptables.
Los seres vulgares nos conformamos con no equivocarnos, Dausset y demás genios del siglo XX aspiran a acertar. En aquel lejano 1993, el Nobel contaba 76 años y estaba embarcado en la medicina predictiva, en calcular nuestra fecha de caducidad por imperativo genético –”claro que la mente está en los genes, ¿dónde quiere usted que esté?”–. En su caso, la estimación vital se hallaba “en los 92 años”. Pues bien, Jean Dausset ha muerto en Mallorca a los 92 años.
Zapatero, ya no hay amor
9 Junio 2009
En nuestro inevitable psicoanálisis postelectoral, las europeas quintaesencian el distanciamiento entre el presidente del Gobierno y quienes le siguen votando. Zapatero amenaza a los ciudadanos con el hombre-lobo Rajoy, una fiera tan apacible que los matará de aburrimiento decimonónico. Simultáneamente, los ciudadanos amenazan a Zapatero con Rajoy, el vértigo de la pérdida del poder a manos de un rival sin sustancia. En ambos casos sobresale el rol contemplativo del presidente popular, líder de la derecha a regañadientes. El tercero en discordia se siente como Federer, ganando una final en la que Nadal no participa.
En nuestro inevitable sexoanálisis postelectoral, los ciudadanos quieren que Zapatero sufra un ataque de celos. Para desencadenarlo, simulan un idilio con un incauto que pasaba por ahí, el cual se siente halagado. Simétricamente, las europeas clausuran la apasionada historia romántica entre el presidente del Gobierno y sus votantes. Pronto se hablarán únicamente a través de sus abogados. El desgaste de la convivencia ha conducido a los síntomas de las parejas estables, que ya sólo discuten de números. Se soportan mínimamente, pero tampoco tienen demasiado interés en la ruptura estrepitosa. Todos los matrimonios acaban siendo de conveniencia, si duran lo suficiente.
En nuestro inevitable socioanálisis postelectoral, Rajoy se siente resarcido al descubrir apoyos con los que no contaba –y con los que no cuenta, pero tampoco vamos a robarle la ilusión–, en tanto que Zapatero se ufana de que recuperará a su voluntad y merced a sus dotes hipnóticas los sentimientos con los que contaba –y con los que tampoco cuenta, pero no conviene contradecir a los presidentes, muy embravecidos a partir de su quinto año en el poder–. El líder socialista volverá a ser votado por quienes han jugueteado con la relación embarcándose en lances intrascendentes, pero el amor ha desaparecido para siempre. En estos casos, el gobernante es el último en enterarse.
El ‘blues’ del Airbus
5 Junio 2009
Cómo se atreve la naturaleza a contrariarnos, enviando al fondo del océano un avión entero, el producto más depurado de nuestra ciencia. El blues del Airbus nos abruma con la tristeza de que hemos fallado y les hemos fallado. Aceptamos la extinción, pero no la falibilidad. Por orgullo volamos a diario –pereced de envidia, dioses pedestres–, la utilidad del transporte vendría después. Para erradicar los fallos humanos, construimos la primera generación de aviones más inteligentes que sus pilotos, hasta el punto de que pueden desobedecerlos con resultados mortíferos.
Pensábamos en nuestra soberbia que no habría otro accidente así, con nuestras máquinas hipertecnificadas y durante la fase más apacible del vuelo. Aceptaremos una tormenta como explicación, pero nunca como excusa. En la era del GPS, nos ha avergonzado que los aviones con dos centenares de pasajeros atraviesen el Atlántico dejados de la mano del hombre, en un hueco de miles de kilómetros de aislamiento que es el único rincón del planeta no cartografiado permanentemente. No importa. Siempre que insultamos a los seres humanos, y nos sobran los motivos, olvidamos que su terquedad les ayuda a extraer milagros de las catástrofes, el acerado imperativo “fracasa mejor” de Beckett.
Cuando el blues del Airbús se abate sobre nosotros, no sucumbimos a la redundante tentación del atentado por nuestra incorregible afición a las conspiraciones. En realidad, nos negamos a aceptar que la tragedia venga firmada por la naturaleza –los “actos de Dios” del derecho sajón–. Sólo un hombre puede derrotar a otro. El día siguiente al fallecimiento de dos centenares de personas en un rincón ciego del Atlántico, volé entre un mar de periódicos que aleteaban desplegados por el avión. En ellos, el pasaje analizaba los datos de la tragedia aérea, desde la precaución y el dolor responsable. Rezábamos una plegaria, no necesariamente laica, de respaldo a la ingeniería. Volveremos a intentarlo, las leyes de la física no nos destruirán tan fácilmente.
Se vota más no votando
3 Junio 2009
Si el PSOE gana las europeas, continúa Zapatero. Si vence el PP, continúa Zapatero. Popper dictaminó que los ciudadanos utilizan el mecanismo electoral para desembarazarse de gobiernos engorrosos. Por tanto, los comicios del próximo domingo quedan desactivados. Ahí radica la primera invitación a la abstención, pero tenemos más. Si gana el PP, sigue Rajoy. Si pierde el PP, se marcha Rajoy. Opera en esta cláusula un fenómeno de perversión ideológica que han detectado las encuestas. Los votantes socialistas desean mayoritariamente que Rajoy se quede, por lo que no contribuirán a su hundimiento votando en demasía al PSOE. Los sondeos también confirman que un porcentaje notable de votos conservadores desean acabar con Rajoy. No llegarán al extremo de apoyar la lista socialista, pero el abstencionismo es un excelente recurso para cumplir su objetivo. Segunda invitación para desentenderse de la cita dominical.
Las europeas equivalen a la Copa del Rey, un excelente consuelo para equipos que nunca ganarán una Liga. Se les agradece la combatividad, pero ansiamos que la campaña finalice antes de que el frailuno Mayor Oreja descarrile hacia un partido confesional, y antes de que López Aguilar se convierta en una estatua de sal. Por primera vez, la abstención resuelve más problemas que la participación, incluso para quienes confiamos antes en el poder de nuestro voto que en la influencia de nuestros artículos. No pregonamos una indiferencia nihilista, se trata de votar menos para votar mejor.
Por una vez, se vota más no votando. Si necesita otra invitación, pensemos en Europa para distanciarnos de los asuntos abordados durante la campaña. La Unión sólo mejorará cuando sea globalmente rechazada. Cualquier tibieza, que en el último minuto nos arrastre a mejorar los porcentajes de asistencia, será interpretada como un claudicación del escepticismo continental. De modo que duerma a pierna suelta el domingo, lanzando un brindis al sol con su papeleta sin usar. De este modo, mi voto sibilino multiplicará su importancia.
Nadal, en primera persona
1 Junio 2009
La eliminación de Rafael Nadal en el torneo parisino de su propiedad no refleja su juego sino la situación personal que está viviendo, más dura que cualquier superficie y suficiente para descentrar al primer atleta superdotado del siglo XXI. Ninguna fuerza de la naturaleza podía despegarlo de la victoria. Acunado en el tenis y en la sed de victoria, ha descubierto que hay algo más cruel que golpearse a 200 kilómetros por hora con otra ser humano. “La manada, al acecho”, titulaba el domingo el Sunday Times, dando por sentado a continuación que el mallorquín se desembarazaría de un sueco anónimo. Los ingleses ignoraban que la reducción de distancias con sus contrincantes se debía al enemigo interior, el único que consiguió derrotar a Aquiles.
El domingo vimos a Nadal en primera persona, con la cabeza en otra parte porque intentaba ahuyentar una preocupación más íntima, la carcoma ideal para corroer a un mito forjado en el esquema de clan. El cuerpo nada puede contra el dolor del alma, y el tetracampeón de París tenía que disimular su pena delante de miles de espectadores, bajo la apariencia de que sólo estaba perdiendo un partido de tenis.
Con 23 años a cumplir mañana mismo, Nadal ha sido entrenado para contrarrestar cualquier imprevisto en la pista, pero no para conquistar al mundo sin la fuente de su energía. En París no se dirimía el domingo una cuestión física, sino la capacidad de respuesta cuando el entorno parece derrumbarse. Sin atender a esa cuestión previa, la humillación fue tan radical que parecía aceptable sacrificar uno de los cuatro triunfos anteriores, a cambio de ahorrarse esa lancinante salida de la pista. Al campeón le queda el consuelo de que obliga a sus rivales a alcanzar un nivel de juego que jamás hubieran sospechado. Ha aprendido a tiempo que más puñaladas da la vida, la primera lección del deporte de élite. Para sobreponerse, el número uno del mundo cuenta por fortuna con su tío Toni Nadal, la persona que todos querríamos al lado cuando nos sucede algo así.
