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Kennedi
31 Agosto 2009

A su muerte, Edward Kennedy ha recibido el tratamiento completo de Lady Di, afinado previamente en el fallecimiento de Versace. Cuatro presidentes y un funeral, sólo faltaba Elton John, sustituido pero no mejorado por Plácido Domingo. El único asistente irreprochable era Jack Nicholson, la versión cinematográfica del finado. Los memoriales fúnebres del senador eran indistinguibles de los cachivaches amontonados para conmemorar a Michael Jackson. No faltaba ni el proverbial oso de peluche, se consiguió camuflar el error imperdonable de que el fallecimiento del político no admitiera una teoría de la conspiración, aunque siempre se puede esgrimir que la enfermedad le fue provocada por la gestión de Bush. Hasta Zapatero habrá hurgado en su biografía, en busca de algún rasgo que lo emparente con el último Kennedi. Se vuelve a incurrir en la infamia de alabar a una persona cuando ya no puede defenderse.
Kennedi es el arquetipo del hombre que nos perdona sus pecados. Campeón de todos los excesos, Berlusconi era un aprendiz a su lado, ya me imagino el desfile de velinas cantando las proezas amatorias del egócrata italiano, si un día se le ocurre morirse. El senador desaparecido fabricaba presidentes porque él no podía serlo, puesto que tendría una mano junto al botón nuclear mientras la otra empuñaba una botella de whisky. En España no ha monopolizado las portadas hasta su muerte, en un nuevo ejemplo de la orgía de necroperiodismo en curso.
Los norteamericanos son puritanos en lo privado y conservadores en lo social. Kennedi combatió ambos clisés con igual denuedo, aunque su apellido le garantizaba una persecución judicial atenuada, si abandonaba tras un accidente de tráfico compartido a la mujer agonizante que podía comprometer su carrera. Consolidó el mito de su dinastía, sin renunciar a uno solo de sus privilegios. No demuestra la ejemplaridad de la familia, sino su supervivencia a las mayores atrocidades de sus miembros. La vida de Edward Kennedi me parece envidiable, por eso precisamente no puede ser ejemplar.


Abrazos o besos o saludos
28 Agosto 2009

La literatura a través de internet debía significar el fin de los protocolos que encorsetan la comunicación humana. Sin embargo, bajo la apariencia de la confraternización universal late un clasismo que se sustancia en las despedidas, cuando el autor del correo electrónico ha de decidir si debe abrazar, besar o únicamente saludar al destinatario de su mensaje. De hecho, el gélido “un saludo” suena más desagradable que un estornudo en tiempos de gripe A. Cada día perdemos colectivamente miles de horas en la indecisión sobre el grado de pegajosidad que nos liga a nuestro corresponsal. La etiqueta difusa sobresale ya como el mayor lastre para la productividad laboral.
Nos faltan referentes, porque un abrazo puede significar un beso, y un beso puede no significar nada. Se trata de hallar una expresión de afecto que comprometa al receptor y nos permita una evasiva –”para mí, un beso es un formulismo, beso habitualmente a perros y gatos”–. Escribo folios infinitos sin demasiado respeto por la coherencia lógica o sintáctica, pero me atasco al dirimir si es apropiado concluir con “beso a usted cada uno de los dedos de sus pies, larga y dedicadamente”. En ese momento, comprendo a Oscar Wilde, agotado porque había invertido el día entero en colocar una coma, y al final la había suprimido.
“Beso” no es lo mismo que “un beso”, ni que “besos” o “un besito”. No se recomienda despedirse con “un mordisquito”, ni alterar bruscamente el protocolo impuesto por la costumbre. Nunca me recuperé del trauma de la mujer que eliminó el “beso” que clausuraba sus SMS, para sustituirlo por un escueto punto final. Un truco infalible consiste en imaginar qué diría tu pareja –real o ficticia– si viera cómo te despides de una persona, y obrar en consecuencia. El conflicto se enreda en áreas cosmopolitas, con despedidas políglotas. Nunca olvidaré el primer “warm regards” que recibí, convencido para mi error y el horror de la emisora de que “recuerdos calientes” ha de estar destinado a alguien con el que sólo compartirías una cama.


Cambiar de cara
27 Agosto 2009

La respuesta al interrogante ¿qué cambiarías de tu cara? no coincidiría con la contestación a ¿cambiarías de cara?, pregunta casi idéntica ya que barajamos la identidad como atributo facial. Sin embargo, las alteraciones parciales y sucesivas del rostro poseen la virtud de hacerlo irreconocible por acumulación, dolorosamente en los ejemplos de Meg Ryan o Faye Dunaway. En estos casos, el rejuvenecimiento más o menos verosímil precede al cariño que pudiera dispensarse al rostro avejentado. Cambiar de cara no se contempla como una hipótesis excesivamente drástica, frente al mal absoluto de la edad.
Las torturas descritas en el párrafo anterior se suavizan con el adjetivo estético, hasta el punto de que la clase médica discute todavía su adscripción a la actividad asistencial. Un transplante de cara es una reconstrucción extrema que escapa a cualquier frivolidad. La participación de decenas de doctores lo equipara a un viaje a la Luna en el terreno de la ingeniería aeroespacial. Sin embargo, y contando con el éxito de la operación, quizás se exageran los imponderables del reencuentro con uno mismo a través de un rostro cambiado, tensión excelentemente descrita en la transfiguración del criminal interpretado por Humphrey Bogart en La senda tenebrosa. El rostro del actor no aparece en pantalla hasta que le retiran los vendajes de la operación con la que modifica su identidad.
El éxito del nuevo rostro –voluntario o forzoso– radica en su aceptación por el entorno, que compensará los desajustes psicológicos. Nos reconoceremos desde el momento en que nuestra metamorfosis satisfaga a otros. A lo largo de décadas de existencia, una persona ha experimentado, bien que de modo gradual, revoluciones corporales más allá del alcance de un bisturí. Por ello, la exaltación de la destreza científica debe ir acompañada por una relativización de los datos difundidos sobre los usuarios sucesivos de una cara o de un corazón. Además, estos problemas son pueriles por comparación con la polémica que desatará el primer transplante de cerebro.


El baratísimo Palma Arena
24 Agosto 2009

Enterremos el tópico del Palma Arena como obra faraónica. Si descontamos las cantidades distraídas, se trata del velódromo más barato del planeta en proporción a la cifra realmente dedicada a su construcción. Así ha quedado. La perfecta imagen de un contenedor, antes de ser vaciado por el camión de la basura. Oscar Wilde nos recordaría que el crimen de los arquitectos no consistiría en embolsarse más de 1.500 millones de pesetas por la vigilancia de las obras, sino en firmar esa abominación arquitectónica. La estética antes que la ética.
El Palma Arena es tan grotesco que, antes incluso de esposar a los culpables, cabría demandarles un mínimo de sutileza. Los casos de corrupción se caracterizan y desconciertan por su complejidad. Sociedades mampara, testaferros, un elaborado paper trail documental. El velódromo es el robo a gran escala –y a gran escalo– más sencillo de la historia, los participantes han bordeado lo magistral en el noble arte de llevarse el dinero a casa por el camino más corto. Especialistas de Afganistán, Irak y Nigeria se desplazarán a Mallorca, para importar a sus países las técnicas de desvío de cantidades astronómicas sin apenas papeleo.
Convencidos como estamos de que Matas ignoraba los manejos de su cuñado en tormo al Palma Arena –ya es casualidad que el president encargara el velódromo a los mismos arquitectos a quienes su familiar encomendaba la sede del PP, habiendo centenares de colegiados–, la imputación de su entorno al completo dificulta su defensa. El fugitivo siempre puede argumentar que sabía lo que sucedía, pero que le habían amenazado de muerte si lo desvelaba. De nuevo, una conspiración de altos cargos del Govern en su contra, como en Operación Mapau o Bitel. Una mayoría de votantes del PP repudian la actitud de Matas ante la corrupción, pero un porcentaje importante no le perdona que perdiera las elecciones, y considera que la derrota se debe a que sobrepasó la porción de tiempo que un gobernante balear está autorizado a invertir en la solución de su futuro.


Catany, juez antiestrella
20 Agosto 2009

Supe del magistrado Joan Catany, a quien no conozco, gracias al primer caso Bitel, donde desafió por dos veces al Supremo para solicitar la imputación de Jaume Matas en el espionaje a la oposición llevado a cabo desde su despacho. Gracias al férreo respaldo de la fiscalía aznarista, a la aquiescencia de los jueces conservadores y a la pereza de los progresistas, el ex president ni siquiera tuvo que declarar como testigo. La encerrona no desalentó al juez que, al frente de la sala Segunda de la Audiencia de Palma, ordenó que prosiguiera la instrucción y consiguió al menos que el caso llegara a juicio. Después vendría la doble sentencia a Rabasco y Lluc Tomàs –alcalde de Llucmajor, donde nació y vive el magistrado– y, sobre todo, la condena sin precedentes a Eugenio Hidalgo y compañía. Por primera vez, la ley se aplicaba en Balears en contra de los poderosos.
Por tanto, Catany ha solicitado el regreso o descenso a un juzgado de Instrucción, mientras la jefa de abogados de Matas en el gobierno autonómico más corrupto de España ocupa una de las descansadas plazas del Tribunal Superior, que jamás ha emitido condena contra los aforados a quienes juzga, mayoritariamente del PP. No busque una paradoja, esto se entendía por justicia antes de que el áspero y valiente juez de Llucmajor cambiara la historia de Mallorca sin proponérselo –tras su retirada, podemos afirmarlo tranquilamente–. Con su entereza y arropado por los miembros de la sala, devolvió la dignidad a una sociedad escandalizada por sus políticos, más allá incluso de ideologías irreconciliables.
Los magistrados defensores del PP acumulan fortunas y prebendas. Catany, el juez antiestrella, no pretende ni obtendrá conferencias bien pagadas en Estados Unidos. Tampoco recibirá medallas y honores oficiales, porque progresistas y conservadores las reservan para los destructores del paisaje, los artistas del ball de bot y los pintorzuelos para alemanes. Quienes han servido en exclusiva a la Mallorca decente quedan relegados a los rincones. Este es uno de ellos.


El avión que no despegó
19 Agosto 2009

El piloto que posó su avión inutilizado sobre el río Hudson, consiguiendo que el pasaje saliera de la aventura ileso, le había comentado poco antes a su esposa que la mayoría de profesionales de la aviación no vivían una experiencia crítica durante toda su carrera. A un año del accidente de Spanair con 154 muertos –aquí el aparato se precipitó sobre un riachuelo–, la reflexión del comandante estadounidense compendia el espíritu de las profesiones que se desarrollan entre la vida y la muerte, cómo estar preparado para algo que nunca va a ocurrir. En las palabras del ejemplar informe de la comisión de investigación del accidente, “los pilotos no proporcionan una defensa suficiente contra los errores”. Peor aún, están envueltos de un despliegue tecnológico tan apabullante que les convence de que su papel es redundante. No se resignan al papel de meros verificadores previsto en los protocolos, y los factores enunciados convergen excepcionalmente en la tragedia de Barajas.
Las personas sin religión se privan del consuelo de culpar a Dios de las catástrofes que les afectan. Es así como el error humano –”las evidentes limitaciones humanas” descritas por la comisión– conduce al horror humano. Antes de estrellarse, los pilotos habían tomado una precaución de meticulosidad extrema, ante una medición de temperatura dudosa. A continuación, pasan con excesiva premura sobre la lista de parámetros del vuelo, con lo cual las alas se quedan sin configurar. Para que el desenlace demuestre nuestra esclavitud absoluta del azar, en la revisión previa se desconectó la alarma que pudo salvarles la vida.
Obsesión con lo adjetivo y descuido en lo primordial, no se le puede exigir congruencia absoluta al ser humano. El informe técnico destaca en cambio por su coherencia, pero 154 muertos después. Volamos como los hombres primitivos, pero con la diferencia de que confiamos más en nuestras máquinas que en nuestros cerebros. Spanair año uno también demuestra que un exceso de comprobaciones de seguridad daña la seguridad, ese ambiguo concepto que sólo se mide por sus fallos.


¿Para qué sirve el 092?
17 Agosto 2009

La Policía Local se queja de que no le han informado de las operaciones puestas en marcha a raíz de los atentados de ETA. Mi pregunta es, ¿para qué?, cuando el 092 se declara incapaz de resolver cuestiones más elementales. El pasado viernes por la noche, una manada de mamíferos antropomorfos mantiene despierta a una barriada entera de Palma con el estruendo inenarrable de una fiesta particular. En el teléfono citado reconocen que “hemos recibido muchísimas llamadas”. La pregunta surge inmediata:
–¿Y no pueden enviar a alguien para que bajen el volumen?
–Este servicio está cubierto, ya hemos enviado una unidad.
–Pero la música sigue.
–Hemos ido y hacen caso omiso, no podemos hacer más.
–¿No pueden volver?
–Nosotros no podemos entrar en una casa. (Entraron en una mezquita para perseguir a un motorista sin casco).
–Pueden llamar a la puerta y sugerirles que bajen la música.
–Ya le he dicho que el servicio está cubierto. Elaboramos un informe y si quieren ustedes algo más, formulen una denuncia.
Es decir, el 092 le recomienda que monte usted el estrépito que le apetezca, siempre que viva en un barrio distinto al de la alcaldesa y de los responsables de la Policía Local. Reciba amablemente a la patrulla, y continúe como si tal cosa. La música cesó, a las cinco de la madrugada, pero podría seguir bombardeando hasta ahora mismo sin problemas.
Gracias al 092, una pandilla de sinvergüenzas no sólo agrede a centenares de vecinos, sino que se burla de la ciudad entera por la inoperancia de sus autoridades. Además, en las estadísticas falseadas que presenta Cort, la humillación aparecerá como una queja atendida. El comportamiento únicamente se justifica si pretenden liberar a los palmesanos de Aina Calvo, y demás políticos que fían su continuidad al Palma Arena. En cuanto a los atentados de ETA, si les parece, los dejaremos para policías de verdad.


Esposados al Palma Arena
14 Agosto 2009

En su última cruzada democrática, el PP denuncia el esposamiento de violadores, delincuentes políticos y narcotraficantes, por considerar que los grilletes podrían embellecer la imagen de estos peligrosos criminales. En la visión angelical de Rajoy y Estarás, la población se apiada de sus fechorías al verlos maniatados, lo cual proyectaría incluso un halo metálico de inocencia sobre sus figuras. Debo ser el único votante popular inmune a esa dulcificación. Atribúyanlo a mi insensibilidad de espectador de cine de catástrofes y entusiasta de Con Air, pero las esposas no mejoran mi concepto de ninguna persona. Coincido en que hay que tratar a los profesionales citados con más decencia que ellos a nosotros, pero lamento disentir de Javier Palma Arenas para quien, al engrilletar a sus muchachos, se transforman de presuntos corruptos en luchadores antifranquistas. No me parecen más inofensivos encadenados que desatados.
Si hay que pedir perdón al PP, sea. No implica un gran sobresalto, me he pasado la vida haciéndolo. Incluso coincido con Rajoy en que resulta intolerable que los jueces, fiscales y policías persigan a los ladrones. Sin embargo, no me negará el simbolismo del esposamiento de personas que presuntamente metieron en la caja la encadenada mano –derecha, por supuesto–, actuando en comandita. Si sus gestas de altos cargos fueron cometidas públicamente, por qué habría que limitar la publicidad a la repercusión de sus comportamientos, aún admitiendo que el PP se desenvuelve mejor en la oscuridad.
Los presuntos corruptos se esposaron al Palma Arena voluntariamente, y ninguno hizo gestos de desengancharse del ubérrimo proyecto mientras hubo dinero a repartir. De sustanciarse las pesquisas sobre la desaparición de diez mil millones de pesetas en el velódromo, los esposados han hecho más daño que la suma de las personas alojadas en los calabozos policiales durante todo el año. Por tanto, los delincuentes menores deberían sublevarse, y negarse a compartir encierro y traslado con los acusados de haber robado a todos los ciudadanos a la vez.


Cohen no sabe cuándo volverá
12 Agosto 2009

Leonard Cohen pertenece a la selecta estirpe –Dylan y él, en mi caso– de los artistas en quienes depositamos nuestro estado de ánimo. El canadiense te hace sentir, en la literalidad de que modula tu termostato emocional y dibuja tu percepción de la realidad. La alianza presupone una entrega previa del oyente. El cantante volvió a perfilar ese embaucamiento el martes, cuando montó en Palma su circo ambulante de la depresión. Frente a las rebeliones tan grandilocuentes como estériles, el punto de partida de Cohen es la rendición universal. Una vez en el punto más bajo imaginable, estalla la diversión con potencia multiplicada.
Leonard Cohen es lo más próximo a una religión que se permiten las almas poco marciales. En una carta al Rolling Stone, una lectora norteamericana aseguraba que quería escuchar su música cuando le tocara despedirse de este mundo. Esta mujer no quería morir, sino resucitar, porque el artista compone canciones de muerte que dan vida. En ellas demuestra que el diálogo con la trascendencia está entablado, aunque nadie responda ni escuche. En este capítulo, en Palma sobresalió la mejor versión entre todas las grabadas de Like a bird on the wire. Más allá de su letra incandescente –“como el niño que nace muerto,/ como la bestia con sus cuernos/ he destrozado a todo aquél que me tendió la mano”–, al improvisar la última estrofa se dirigió por primera vez a la causa última de su filosofía. “Toda esta ansia era para ti”. El destinatario no estaba presente.
La mediana asistencia al concierto de Leonard Cohen en Palma es un excelente síntoma, los mallorquines nos resistimos a que nos distraigan de lo trivial con cuestiones fundamentales. Si la situación empeora, habrá algún arrepentimiento. No por el excelente espectáculo musical, que nunca será premisa sino gratificación suplementaria para un entusiasta del poeta. Me refiero más bien a su comentario, “no sé cuándo volveremos a pasar por aquí, así que lo daremos todo”. Se refería a Mallorca, pero también a la vida, si alguien acierta a distinguirlas.


Reuniones contra ETA
10 Agosto 2009

Ahora que nos vamos acostumbrando a la cadencia de los atentados de ETA, sabemos que
a continuación se sucederán las reuniones de altos mandos, altos políticos y altos jerifaltes empresariales. Quedan muy vistosas en el telediario, pero adolecen de efectos concretos contra el terror, aparte de ser francamente superfluas en tiempos de artilugios electrónicos de comunicación instantánea y constante. En estas cumbres se concluye que las bombas atentan contra la actividad turística. ¿Una campaña contra el turismo en Can Pere Antoni, la Plaza Mayor y las Avenidas? O los terroristas o sus perseguidores necesitan un cursillo de actualización geográfica mallorquina.
Cabe esperar que la investigación de los atentados circule por cauces más contemporáneos que la decimonónica fiebre de reuniones. Esos encuentros se cierran con la protocolaria petición a la ciudadanía de “normalidad”, donde esta cualidad debe entenderse como la continuidad en sus cargos de los reunidos, que no sólo fueron incapaces de prever la cadena de atentados, sino que negaron la ronda de explosiones cuando se produjo. Otro efecto colateral de las reuniones es la denuncia de los excesos en la cobertura mediática de artefactos de poca monta. En realidad, debieran agradecer que la pirotecnia en sí misma distraiga de la inoperancia de los altos cargos instalados en su normalidad.
Después de dos semanas de actuaciones continuas de ETA en Mallorca, la única pista propalada por internet ha sido falsa. En su origen se encuentra un alto mando de las fuerzas del orden, que según sus superiores actuó “con buena intención”, seguramente después de la reunión preceptiva. Cuando nos sugieren bombas programadas “con un año de antelación”, nos reclaman quizás un exceso de credulidad. El desastroso desconcierto veraniego se saldará con un puñado de destituciones otoñales, que no compensarán la frustración si no se detiene a los terroristas. Luchemos por un tiempo en que la intranquilidad sólo sea provocada por quienes colocan bombas.


Oro a la corrupción
6 Agosto 2009

Mallorca es la única nación del mundo en cuyo Parlament constan como gastos oficiales las consumiciones en un prostíbulo, la única en que un concejal saqueó la tarjeta de crédito pública en otro prostíbulo –privado, conviene precisarlo–, la única en que un director general de un gobierno autonómico ha sido detenido en su despacho –público, procede aclararlo–, la única en que un medalla de oro olímpico ha sido arrestado por presunta corrupción en una institución deportiva, quizás porque quería vivir como un rey. El Guinness de los récords y los Oscars se le han quedado pequeños a la isla, que merece los mayores entorchados a la corrupción. Basta de premiar a Irak y Afganistán, cuando en las costas mallorquinas se piratea mejor que en Somalia.
En una carta al Govern Matas, la entonces ministra Magdalena Alvarez planteaba que “ustedes sabrán por qué las carreteras siempre les cuestan el doble de lo presupuestado”. Este enigma ha sido resuelto por los incansables fiscales Carrau y Horrach –si su productividad fuera la media mallorquina, no habría crisis–. En los casos de corrupción desentrañados y por venir, los encausados deberían refugiarse en el atenuante de que sólo robaron la mitad de lo que podían haber sustraído. Sin olvidar jamás la maldición de Corea. Quienes plantaron en su geografía esteparia Can Domenge y el Palma Arena, pagarán por ello.
Sólo un planeta injusto se atrevería a arrebatar a Mallorca la medalla de oro de la corrupción. Cuando un periodista amigo se queja –“me he quedado sin agenda, tengo a todos mis amigos en la cárcel”–, yo también conozco a los detenidos Jorge Moisés y Miguel Romero más allá de lo epidérmico. Unidos a Durán y Pepote, formaban el clan de los simpáticos, el primer caso de presunta corrupción en que los protagonistas son menos atrabiliarios que sus manejos. Esperamos que la investigación no se detenga en ellos, por lo menos hasta que se entrometa Conde Pumpido. La isla sin Justicia ha pasado a ser la isla donde sólo funciona la Justicia.


Otro regalo para Camps
3 Agosto 2009

Luis Eduardo Aute cantó Entre amigos, y Francisco Camps gobierna de la misma manera. El obsequioso Alvaro Pérez –presunto cabecilla de una trama corrupta– es su “amiguito del alma” en la intimidad, aunque públicamente lo negó tres veces. En cuanto al presidente de la comunidad valenciana y del Tribunal Superior de ese ámbito, son “mucho más que amigos”. La paradoja reside en que la amistad con el primero hace inocentes los regalos que de él recibe, en tanto que la vinculación con el segundo no le libera de un juicio imparcial. Que lo es sin duda pero, si cupiera alguna, quedaría absorbida por la amistosa relación.
Camps acaba de recibir su regalo de verano, porque el auto del Tribunal Superior le complace y le da descanso, dos connotaciones que el diccionario asocia a ese concepto. El político popular puede regalarse los oídos con un extenso texto que se reduce a su folio 58. Allí se realiza una muy peculiar disección del cohecho pasivo impropio, que desaparece de los códigos en tanto que nunca más habrá dádiva si no hay contrapartida. Minucias jurídicas, el presidente valenciano tendrá un verano regalado porque su poetización de la amistad del alma debía ser forzosamente recompensada. También puede recibir obsequios de cualquier magnitud de empresas beneficiadas por su gobierno –corruptas o no–, siempre que pueda asignarlas al cariño y no  al interés.
Es probable –según el instructor Flors– que Camps mintiera ante el Tribunal Superior de su comunidad. Pese a ello, pretende salir de la aventura de la ropa que se probaba y obligaba a enmendar sin repudio penal ni político. Los trajes le han salido gratis, y de eso se trataba. Es un revolucionario, porque ha desarrollado la fraternidad contemplada por la Revolución Francesa más allá del sueño confraternizador de sus autores. La economía enseña que no hay almuerzos gratuitos y que, si nadie regala nada, una trama corrupta todavía menos. Excepto al presidente valenciano, el político más regalado.