Polanski sí prescribe
30 Septiembre 2009
La solidaridad con Polanski de los cineastas –directores de cine que se creen superiores a sus espectadores– se entiende mejor al repasar la lista de delitos que necesitan hacerse perdonar, en forma de torturas infligidas a la audiencia desde una pantalla. En el caso de Woody Allen, actúa directamente en defensa propia. El peregrino argumento de que no se debe detener a criminales en festivales de cine crea una nueva zona de impunidad, a la altura de los gobiernos autonómicos acosados por la corrupción. Aplaudimos sin embargo el olvido de los cargos que pesan contra el autor de La semilla del diablo, a cambio únicamente de que también prescriban todos los crímenes cometidos antes de 1977, fecha de la violación que pesa contra el detenido en Zúrich.
Gracias a su súbito descubrimiento de las virtudes de la prescripción, los cineastas abajo firmantes y sus secuelas dejarán de martirizarnos con la persecución penal de memorias históricas y de nazis nonagenarios –la madre de Polanski murió en Auschwitz, lo cual no garantiza inmunidad a su hijo–. No dudamos de que el director polaco es cuando menos un ciudadano tan entrañable como los sacerdotes condenados por abusos a menores, a quienes debe extenderse sin duda el perdón urbi et orbi de Hollywood.
Polanski demandó a publicaciones que hablaban de su vida privada, pero su abogado persigue ahora el respaldo de la prensa para sacar de la cárcel a un “artista reconocido en el mundo”. El reconocimiento mediático le redime, pero resulta más peligrosa la hipótesis de abaratar los hechos, como hace la actriz Whoopi Goldberg al esgrimir que el creador de la monumental Chinatown –y de la soporífera El pianista– no cometió una “violación-violación” sino una “violación-light”. La distinción debería animar un encendido debate en foros feministas. El código penal sólo condena a los marginados, todo perdón resulta escaso para una persona “reconocida”. Y si este axioma falla, aplíquese el Tribunal Constitucional. El arte es inmoral por definición, pero no siempre sirve de excusa.
Zapatero e hijas
28 Septiembre 2009
A raíz del escándalo de Monica Lewinsky, y durante dos años, Chelsea Clinton prohibió a su padre que la visitara en la universidad, porque se avergonzaba de que sus amigas la vieran junto a él. Hoy, la hija de Bill Clinton se plantea continuar la carrera política de sus padres, avalada por ellos. El daño no fue irreparable, y la vida en la Casa Blanca habrá significado un excelente trampolín laboral para la joven. Por supuesto, a ningún norteamericano se le ocurriría ni siquiera discutir si el hijo de un presidente es un personaje público. En España se le ha concedido a Zapatero la privacidad de su familia, pero se excede al reclamar secreto cuando él mismo exhibe a sus hijas. Ese proceder se conoce como censura.
En un alarde de soberbia, Zapatero considera que no fue invitado a intimar con los Obama como presidente de un gobierno al que hay que pedir sangre fresca para Afganistán, sino como el importantísimo señor privado Zapatero e hijas. Al viajar en una delegación oficial y con cargo a los presupuestos, las jóvenes también representan a España –es su única vía de acceso a Obama– en el Metropolitan neoyorquino, por lo que están obligadas a cumplir escrupulosamente con el protocolo, en vestuario y comportamiento. Sin olvidar el detalle de que una de ellas tiene 16 años. Busquen a una persona de esa edad que se considere a sí misma una niña o una menor.
Si Zapatero deja hoy La Moncloa, en tres meses ningún medio sacará en portada una foto de su familia. Al recurrir a sus hijas como escudo humano, persigue garantizar su propia inviolabilidad. Sólo hay un paso entre la protección de su entorno y la prohibición de críticas a su gestión, dado que alterarían la paz familiar por lo que también implicarían una agresión irreparable a las menores. La boda del Escorial define la deriva imperial de Aznar con más fidelidad que el caso Gürtel, la histeria en torno a dos jóvenes sobreprotegidas retrata, con mayor precisión que la política económica, el momento en que un presidente se desliga de la realidad circundante.
¿Se escribe Google o Gogle?
23 Septiembre 2009
Para distinguirme de los columnistas anodinos, iba a empezar con una cita de Wittgenstein, ¿o se escribe Witgenstein, o Wittgenstin? No se preocupen, puedo comprobarlo sin bajarme del ordenador, y Google –no Gogle, también lo he verificado– me confirma que he escrito en el orden correcto las letras del filósofo austriaco. Perdón, era ciudadano británico aunque nacido en Viena, lo acabo de averiguar en britannica.com. Sé que soy un pedante, ¿o será petulante? Accedo al rae.es en otra ventana de la pantalla y el diccionario de la Academia me reafirma en la pedantería frente a la petulancia.
Ya habrán percibido que esta columna triunfal –¿o se dice triunfante?, ambas formas son válidas, según mi Google– será el texto más depurado, perfeccionado y contrastado de la historia del periodismo. Gracias a los recursos en red, mi artículo ritual sobre Michael Jackson distinguía con perspicacia entre los Jackson Four y los Jackson Five, después de apelar a la página web de la Motown. Estuve a punto de bautizar erróneamente como Germaine Jackson a uno de los hermanos, porque así lo atestiguan diez mil páginas de Google. Por suerte, verifiqué que más de un millón lo llaman Jermaine Jackson, por lo que podemos decir que ha adquirido este nombre democráticamente. Por cierto, participó en un Gran Hermano en Inglaterra. Lo acabo de corroborar en la Wikipedia. Bien pensado, esa enciclopedia alberga demasiada información trivial. Sí, con uve.
Desde que escribimos con un único cerebro, todo texto se refiere a otra cosa. Este fenómeno se advierte en las reacciones electrónicas que suscita, donde la mayor emoción radica en si llamarán nazi a su autor en el tercer comentario, o aguardarán hasta el quinto, sin haberlo leído en ambos casos. Menos ciencia infusa que difusa, la red desarrolla nuestra inseguridad hasta el infinito –no confundir con la eternidad, acabo de buscarlo–. Un sistema hueco, pero irrefutable. En ese cóctel radica el vigor de internet. Aparte de sus vídeos pornos (porno admite plural, según wordmagicsoft.com).
La selección de Zapatero
21 Septiembre 2009
España era la única selección que podía ganar el Eurobásket, y estuvo a punto de perderlo antes de coronarse en una de las finales deportivas más bellas de los últimos tiempos. Zapatero es el único presidente del Gobierno factible, mientras el PP no acometa la renovación en profundidad que viene demorando desde hace un lustro. Sin embargo, el líder socialista aparece tambaleante, a riesgo de tropezar y caer derrotado frente a sí mismo. La única incógnita es por qué ahora, y no un millón de parados antes. La atracción de la competición se debe a que da opciones a lo inesperado. Por eso, y aunque las noticias sobre el hundimiento del primer ministro español están notablemente exageradas, él puede otorgarles verosimilitud, como estuvo a punto de ocurrirle a los seleccionados de baloncesto.
España disputó su peor partido contra Inglaterra. El choque equivalía a un Zapatero-Rajoy, pero la victoria agónica en ambos casos suscitaba más incógnitas sobre el ganador que sobre el derrotado. La selección y el presidente del Gobierno se vieron arrastrados por el vértigo de corregir a sus críticos, antes de enmendarse a sí mismos. Los demás siempre están equivocados, salvo que ellos decidan el resultado. La parábola políticodeportiva se bifurca al admitir que España reúne al mejor equipo de baloncesto imaginable fuera de Estados Unidos. En cambio, el consejo de ministros es una selección manifiestamente mejorable, incluso en el ámbito del PSOE.
Todos los presidentes del Gobierno han abandonado La Moncloa siendo las personas más odiadas por sus conciudadanos –incluso los hoy inmortalizados Suárez y González–. Zapatero parecía impermeabilizado por su talante, pero olvidó una regla básica del Eurobásket. España ganó el oro en defensa, porque la condición de favorito no se exhibe, se protege. El inquilino de La Moncloa pensó que podía desempeñar sus funciones desguarnecido y ha recibido un estrepitoso tapón, el lance más humillante en la política y el baloncesto. La crisis no es irreversible, salvo que él así lo decida.
El poder no da autoridad
17 Septiembre 2009
He visto agentes de policía rebosantes de autoridad y coroneles que sólo infundían lástima. Formado en aulas donde el gamberrismo era la asignatura esencial, detectábamos desde el primer día de clase al profesor que se haría acreedor a la consideración de los congregados, con independencia de su rango y edad. Por eso, cuando se promueve la elevación de los docentes a la categoría de autoridades públicas, me pregunto por qué lo llaman amor si quieren decir poder. El Estado sólo confiere la certeza legal de que la propia voluntad se impondrá coactivamente a otras. Los profesores únicamente verán garantizada su capacidad de amedrentamiento. Para acentuar su posición, se les puede obligar a impartir sus lecciones armados.
Nos adentramos en el debate entre la auctoritas, que se gana uno mismo y que legitima el consenso social, y la potestas aneja al desempeño de un cargo. El poder no da autoridad, a menudo la quita o cuando menos entorpece su reconocimiento. La corrupción masiva y el nepotismo aceleran la disociación entre dos cualidades que convergían en tiempos de la divinidad. Al entregar la gestión de la violencia al Estado, parece razonable que se proteja a policías y jueces de agresiones que el código penal transmuta en atentados. Al fin y al cabo, su actividad se centra en la porción de la ciudadanía que desafía a las convenciones estatales desde la delincuencia. ¿Se quiere concebir el aula como una confrontación entre un policía docente y una veintena de criminales en potencia? Antaño, el crimen era el destino de quienes no iban a clase.
Se aspira a compensar la sequía de autoridad con un exceso de autoridades, porque después de los docentes vendrá el sector sanitario, y así hasta el autoritarismo rampante. La pretensión de que todos los profesores merecen respeto en todas las circunstancias, es tan descabellada como suponer que los periodistas merecen esa reputación en una sola ocasión. Nos falta la apelación a La clase, tan habitual en quienes no la han visto. Esa película sólo demuestra que la clase no enseña nada.
Beatles, no hay quien pueda
16 Septiembre 2009
Nietzsche no le perdonaba a Wágner que anulara su facultad de discernimiento, porque “no logro comportarme con frialdad crítica frente a esa música”. No vamos a rebajar a los Beatles a la insignificancia wagneriana, pero un planeta superpoblado de herederos del superhéroe nietzscheano se topa con la misma perplejidad al analizar al cuarteto de Liverpool. El mundo lleva medio siglo intentando asfixiarlos y descomponiendo sus canciones, para acabar imitándolos con descaro. Ha llegado el momento de rendirse a la evidencia y entonar el Let it be.
Los Beatles se emanciparon de sus seguidores, en cada una de sus canciones y en la mejor de ellas que escapa al colectivo, titulada Imagine. Su música rechaza la intelectualización, renuncia a la culpa y a la expiación. Admitieron la rebelión juvenil como una molesta adherencia. Fueron más famosos que Jesucristo, pero la constatación no resuelve el problema de cómo fraguaron la ascensión a los cielos. Malcolm Gladwell establece en Fueras de serie que la clave de su divinización radica en los miles de horas tocando en locales cavernosos de Liverpool y Hamburgo. Tendemos a menospreciar la conexión entre el genio y la perseverancia.
Los Beatles, la imbatible energía del revoltijo. Literalmente, porque Paul McCartney se despierta una mañana con la melodía de Yesterday a cuestas, salvo que la superpone a las palabras “huevos revueltos”. Y de aquel “scrambled eggs, cómo me gustan mis scrambled eggs”, nace la canción bajo cuyo influjo han creído enamorarse millones de personas. Por tanto, menosprecio del poema. El arrinconamiento de las palabras impide tergiversar el contenido. Fueron unos visionarios porque advirtieron que la música del conjunto –hoy llamado “la masa”– domina y oculta el discurso del líder. Por desembocar en el mismo Nietzsche del principio, los Beatles labraron con su música “el verdadero lenguaje universal, que se entiende en todas partes”. De ahí que sigamos escuchando, con independencia de nuestra voluntad.
La dinastía Pajín
14 Septiembre 2009
En una ejecución política sin precedentes ni compasión, la concejala Maite Iraola ha acabado con la fulgurante carrera de su hija, Leire Pajín. Cuando firmaba la moción de censura de Benidorm, tenía que saber por fuerza que no escenificaba una disonancia interna del PSOE, sino que desacreditaba a la secretaria de Organización –el título redondea el sarcasmo– que lleva su sangre, aunque el cemento una más que los genes. De paso, exteriorizaba la patología que puede dar al traste con la democracia contemporánea, su deriva dinástica. Si el parentesco como criterio preferente de encumbramiento sería tolerable en la derecha que pregona valores familiares, abochorna su proliferación en partidos de izquierda que deberían defender la meritocracia a rajatabla.
Si Pajín madre perteneciera a cualquier otro partido, las desavenencias con Pajín hija se circunscribirían a la intimidad familiar y al cotilleo intrascendente. Cuando al vínculo genético se le suma la dependencia jerárquica desde salarios y cargos públicos, se disparan las alarmas. Los propios socialistas estimulan las sospechas de una componenda con la concejal tránsfuga. Cabe incluso barajar la hipótesis de que la concejala de Benidorm reproduzca la estampa bíblica de Abraham sacrificando a su propia hija en provecho del PSOE, porque se ha mostrado sobradamente falta de preparación para su cometido en la estructura del partido.
Corea del Norte es el único país donde tienen sentido las dinastías políticas. Los Castro, los Kirchner o los Clinton –ya se habla de las posibilidades de Chelsea– se limitan a parodiar el modelo norcoreano. El privilegio de la consanguinidad se refugia bajo el paraguas de la libertad, aunque los políticos confían únicamente en sus familiares porque han dejado de hacerlo en el resto de los ciudadanos. Siempre innovadora en las figuras de transición democrática, España podría ofrecer el primer caso de nepotismo en que un partido destituye a una alto cargo para sustituirla por su madre, que ha demostrado mayor contundencia en el desempeño de sus funciones.
Escarrer, en calzón corto
10 Septiembre 2009
La publicidad se basa en la exageración, por lo que no debería sorprendernos que una empresa se anuncie en las proximidades de la región genital de los futbolistas. Aquí nos absorberá el hecho histórico de que, al fichar por el Real Mallorca, Gabriel Escarrer se convierte en el primer gran empresario que aparece en público sosteniendo el equivalente a unos calzoncillos, con la posible excepción de Ralph Lauren. Para rematar su audacia, y al igual que hacen los ronaldos, se debió exigir al hotelero que se desprendiera de su traje –uno de los más exquisitos que hemos contemplado en los últimos tiempos–, vistiera el calzón corto donde ha inscrito su Melià con eñe, y peloteara por el césped. No estoy seguro de que se hubiera negado, dado que su fanatismo mallorquinista alcanza para presenciar los encuentros del segundo equipo del club.
Seguramente nadie se atrevió a pedírselo, por lo que Escarrer abandonó Son Moix sin despojarse del traje y sin estrenar los calzones que sufraga. Compartimos su decepción. Hemos contemplado a futbolistas con menos talento que el hotelero en los recientes onces titulares mallorquinistas, aunque entendemos que la comisión del fichaje justificara su contratación. El solo nombre de Melià infundirá pánico en los adversarios del Mallorca y le reportará al equipo unos veinte puntos en un primer análisis, pero tampoco cabe descartar que las lesiones obliguen a Manzano a recuperar a Escarrer, que verá así cumplido su sueño.
Escarrer ha abonado cuarenta millones de pesetas por marcar el paquete publicitario y alojar a los futbolistas en sus hoteles. Por unos euros más, se hubiera podido quedar con el club entero. Es decir, ha pagado para no comprar el Mallorca. Al alejarse de la propiedad como del diablo, los hoteleros demuestran su sabiduría futbolística. Prefieren tutear a Fidel Castro antes que relacionarse con un traficante de jugadores. En consecuencia, compran el Mallorca los pobres que no tienen ni una marca que colgar de los pantalones. Nunca entenderemos el dinero, por eso no lo tenemos.
Sexo en la calle
9 Septiembre 2009
Nadie olvida la primera vez que asistió a una sesión de sexo en plena calle. Sin participar en ella, quiero decir. Dado que los practicantes no son profesionales del porno, su ejecución en público del mayor misterio y arte del universo deja bastante que desear. La estética debería incluirse entre los argumentos encaminados a rebatir la prostitución callejera, tan jaleada hoy que cualquier día se incorporará a la lista de disciplinas olímpicas. Hay algunas más grotescas que la cópula tarifada bajo los soportales, pero no especificaremos para no ofender a los practicantes del deporte más antiguo del mundo.
Al contemplar el sexo en la calle, se moviliza nuestra idealización de los comportamientos ajenos, y pensamos que eso no debe ser exactamente lo que hacen el actor a quien todos envidiamos y su espléndida novia. Obligado por las constricciones de la vía pública a desfilar junto a una pareja sumida en la ardorosa refriega, me limité a apuntar educadamente:
–¿Está usted bien, señorita?
La aludida apreció mi cortesía, pero gemía en extranjero porque el incómodo intercambio se inscribía en su programa de iniciación turística, y no le dejaría más huella que una ligera contractura por las inconveniencias del duro suelo.
En cuanto los ayuntamientos oyen la palabra “prostitución”, se escudan en que no pueden resolver la condición humana y el alivio de la concupiscencia. Nadie les exige esa inmensidad. Nos cuesta más aceptar el alquiler de los cuerpos ajenos que la hipoteca de nuestras mentes pero, al rebajar la polémica a sexo en la calle, abandonamos la insondable moral y nos refugiamos en la urbanidad salvadora, el único criterio que puede mantener a siete mil millones de habitantes sobre el planeta. En aras de la convivencia, la autoridad ha de limitarse a resguardar los espacios públicos de la prostitución urbanística a gran escala, e incluso del ruido y la furia de sus modestas escaramuzas sexuales. La regularización del comercio corporal se la dejamos a su santo patrono, el ínclito Berlusconi.
Internet no ha llegado
7 Septiembre 2009
Si comparas a internet con otras actividades, demuestras que todavía no ha llegado. La red se sigue identificando con cachivaches como un imponente diccionario o con el archivo universal, síntomas de que nos falta un trecho para integrarnos en ella. No nos hemos enterado. Una realidad nueva no se impone hasta que se cancela el uso de términos arcaicos para describirla. La revolución consiste en la eliminación de los precursores. Verbigracia, nadie sube a un coche pensando en opciones no motorizadas para cubrir un trayecto. Al contrario, el automóvil suprime la distancia, con lo cual deja de ser vehículo para convertirse en destino.
De la misma forma que los transportes motorizados eliminan la geografía física –si estás a dos horas de Londres, la conviertes en una ciudad vecina–, los motores de internet han de liquidar la geografía mental. Un objetivo más modesto no justificaría la estruendosa fanfarria en torno a la red. Para cumplir esa misión omnívora, ha de apropiarse de todas las referencias, formatos y relaciones. No puede limitarse a actuar como sucedáneo, aunque sus propios creadores adolecen de originalidad y se encelan en un bricolaje de conceptos anteriores. Por eso siguen hablando de página, película, viaje, amor. Este procedimiento de segunda mano destaca por su lentitud y da lugar a productos deprimentes, según demostró el Creador al utilizarlo para fabricar seres humanos.
Para abandonar la prehistoria de la red es preciso admitir nuestra primitiva condición. Internet casi ha conseguido ya que la marcha atrás sea inverosímil –cualquier actividad desarrollada al margen de ella adquiere un matiz sospechoso–, pero no ha decidido aún si su rumbo la encamina hacia la anarquía o hacia la dictadura más férrea jamás contemplada. Se le exige que convierta la experiencia personal en dogma universal, pero su exaltación requerirá que cualquier residuo de la actualidad nos parezca tan trasnochado como un viaje en la desaparecida diligencia. A falta de saber si, en esta ocasión, la diligencia somos nosotros.
Exportar corruptos
4 Septiembre 2009
He vivido treinta años a cien metros del Palma Arena y de Can Domenge. No saqué de ahí más que un puñado de colillas y la estampa de una tierra desolada, el desierto ideal para rodar un ensaimada western. Imaginen mi asombro al contemplar cómo un puñado de intrépidos políticos ha extraído miles de millones de pesetas de esos parajes. Y sin riesgo alguno, porque en mis tiempos destellaban las navajas. El Consell Inmobiliario de Mallorca estafó a la ciudadanía con sus pisos de autor, el PP en su conjunto saqueó a la comunidad con el robódromo que ha adquirido renombre internacional. En mi calidad de conocedor en profundidad del terreno, los perpetradores de estos negocios no merecen ser tachados de presuntos criminales, sino de absolutos genios.
Mallorca no debe castigar a sus corruptos, sino enorgullecerse de ellos, homenajearlos y exportarlos. Trasladando a Afganistán a los diseñadores de los vecinos Can Domenge y Palma Arena, civilizarían el país asiático con el mismo sello que nuestros hoteleros han imprimido en el Caribe. Un fenómeno que le coloca a los ciudadanos un velódromo inservible donde se evaporan diez mil millones, engañaría con facilidad a los señores de la guerra. Los talibán se afeitarían las barbas ante los responsables del Consell Inmobiliario que vendían suelo público a mitad de precio, sin inmutarse cuando fueron desenmascarados porque operaban con absoluto descaro.
La legalidad era una engorrosa nimiedad en Can Domenge y en el Palma Arena. Los implicados no tomaron en consideración la notable reducción en el censo de jueces y fiscales especializados en absolver a políticos mallorquines. En Afganistán ni siquiera hay un sistema judicial, por lo que nuestros altos cargos exportados podrían desentenderse de las repercusiones de sus actos como en la Mallorca clásica –otra semejanza con los hoteleros–. Por estricta solidaridad, Kabul se merece una corrupción de altura europea, y los rentabilizadores de un erial palmesano le venderían una catedral a Bin Laden. Mejor no damos más ideas.
Palma-bici, otro velódromo
Tradicionalmente, en Mallorca era más difícil encontrar una bicicleta que un político honrado. Aina Calvo intenta corregir esa disfunción por el vértice más sencillo, multiplicando los circuitos para máquinas de dos ruedas sin dejar de gobernar con Nadal. Cort no ha aportado los doctos informes que abonan la nueva denominación de Palma-bici, antes Ciudad Rodríguez, una fantasía que seguramente surgió del minucioso examen de un reportaje de Discovery Channel. Aun admitiendo que ninguna tortura es exagerada para los pecados de los palmesanos, la expansión del velódromo Palma Arena a toda la población bordea la bufonada.
La política del cerril-bici sirve al menos para que en ese tartán busquen refugio los peatones acosados por los ciclistas, que seguirán campando a sus anchas por las aceras. Una sola bicicleta puede importunar en un trayecto mínimo a un centenar de viandantes que, en aras de la igualdad de fuerzas, deberían tener derecho a disparar a su agresor. La única esperanza consiste en promocionar a los depredadores skateboarders, para que se exterminen mutuamente con los descendientes de Atila sobre dos ruedas. La medida de Calvo es más ridícula que progresista, al margen de la sinonimia entre ambos términos. La factura ecológica del absurdo hotel y palacio de Congresos de la fachada marítima supera al ahorro en tráfico rodado por las Avenidas.
Da la impresión de que Calvo no sabe para qué fue elegida, una perplejidad compartida por sus conciudadanos. Sus misiones épicas deberían ceñirse a limpiar Palma –si hay alguien en Emaya fuera de la cuota residual de UM– y en silenciar la ciudad, aunque la Policía Local ya ha proclamado su incompetencia al respecto. La alcaldesa ni siquiera ha tenido la valentía de peatonizar por las bravas, para no pisar callos de socialistas ilustres. Dado que ha invalidado una tercera parte de los carriles de la principal arteria urbana, seguro que ese mismo porcentaje de los trayectos oficiales de concejales y altos cargos de Cort se llevará a cabo en bicicleta. ¿O no?
ETA nos debe
2 Septiembre 2009
Por extraño que parezca, hay miles de turistas que se gastan más de 500 euros diarios per cápita en Mallorca. A la mañana siguiente de la segunda tanda de atentados de ETA, su flujo –contratado con una creciente inmediatez– se ralentizó hasta el límite de la parálisis. Aunque ya estamos habituados, el sector hotelero ha vuelto a engañarnos, esta vez porque no era turísticamente correcto admitir las secuelas económicas del terror. Se embozó la realidad en una verdad a medias, no ha habido cancelaciones. En efecto, casi nadie anuló, pero el lujo se contrajo instantáneamente. Algunos cifran la derrota en un treinta por ciento, otros la elevan al cincuenta. Una novedad, ahora hemos de pagar también las facturas etarras.
A un mallorquín –si queda alguno por ahí–, la independencia de Euskadi le preocupa tanto como la emancipación de los uzbekos, por utilizar el euskera. Nos concentraremos por tanto en la realidad económica, que debe anteponerse a cualquier reflexión étnica. Mallorca aporta dinero al País Vasco para que sea más rico que Mallorca, como lo oyen. Entre los beneficiarios del expolio figuran los allegados de los etarras que actuaron en la isla, así como los dilectos que “condenan todas las violencias” pero admiten todos los dineros. También se incluye entre los agraciados a los miembros de la eufemística Casa Vasca, que han provocado estupefacción al no experimentar el mínimo contagio de la isla que habitan.
Este otoño, decenas de trabajadores del turismo de calidad perderán su empleo porque una pandilla de tarados bien alimentados tenía que dar sentido a su existencia ociosa colocando bombas. ETA confirma que la historia de Mallorca no consiste en ser atacada por los oprimidos, sino por los privilegiados de países muy independientes, que la destrozan con procedimientos cada vez más imaginativos. Las islas enseñan a olvidar para sobrevivir. Aunque sea por dinero, hay que despreocuparse momentáneamente de la supervivencia para recuperar la memoria. Me niego a condonar esa deuda.
