El optimismo rebelde
30 Diciembre 2009
Hace exactamente un año, me enfrentaba yo a la rutina de que otra mujer hubiera decidido que su mejor manera de encarar una “vida nueva” era propinarme la proverbial patada. En ese momento recibí un sms de Luis Sánchez Merlo –uno de los personajes clave de la transición, secretario general de la Presidencia con Calvo Sotelo y vayan a Google si necesitan más–. Muy mal debía estar la situación global para que su mensaje navideño destilara pesimismo, un estado de ánimo inhabitual en el político y gestor que siempre encuentra una salida. Hundido en mi hilarante desesperación, le respondí algo parecido a esto, “la rebeldía es ahora el optimismo”.
Un año más tarde, Sánchez Merlo recibe el premio marqués de Villalobar de la cámara de comercio de Bélgica y Luxemburgo, por su aportación a la construcción europea. El acto se celebra en el madrileño hotel Palace, con sus ministros, su aristocracia y le tout Madrid. Y aquí viene lo bueno, el galardonado desgrana aquel sms de un corazón destrozado, “la rebeldía es ahora el optimismo”. Lo cincela, lo ahonda, le otorga las prestaciones de una arenga todoterreno, hasta el punto de que la revista tiempo titula a dos páginas “El hombre que sigue hablando de rebeldía”, y que el conferenciante recibe parabienes públicos de Luis María Anson.
Es la primera vez que regalo una frase sin exprimirla antes en un artículo, es más frecuente que las sustraiga al vuelo –Oscar Wilde comenta “me gustaría que ese comentario fuera mío”, y le replica un amigo, “no te preocupes, Oscar, ya lo será”–. No puedo desperdiciar una idea ni aunque haya sido mejor explorada por otro. Máxime cuando, para restañar las heridas de aquella mujer que ha vuelto a fumar, leí a Nietzsche proclamar “optimismo, con el fin de restablecerse y luego poder volver a ser pesimistas alguna vez”. Comparto pues con ustedes la pésima nueva de que recurrimos a recetas usadas, porque seguimos al borde del abismo. La óptima noticia será que de aquí a un año podamos insistir en la prédica de que “la rebeldía ahora es el optimismo”. Porque la clave de ese lema es el “ahora”.
La crisis del aeropuerto
28 Diciembre 2009
No faltaré a mi balance de la crisis económica. Para medir su impacto, no he visitado los hoteles ni los grandes almacenes, sino que me he desplazado a Son Sant Joan. Una vez allí, no me he centrado en la ocupación de los aviones ni en la clientela de las tiendas de lujo. A lo largo de los meses de campaña turística, examiné dos mesas sencillas, ubicadas en la antesala de los controles de pasajeros. Gracias a la dictadura de la Unión Europea, allí se depositan los recipientes con líquidos que está prohibido embarcar, por si el hidrógeno y el oxígeno del agua entraran en combustión espontánea para crear una bomba isotónica.
En principio, las mesas indicadas deberían estar llenas de latas y botellas, pero deshabitadas. Y no. En ellas se congregaban –o mejor, se apiñaban– los turistas, apurando hasta la última gota de sus aguas minerales y sus toros rojos. Era el bar más concurrido del aeropuerto, los viajeros se despedían de sus bebidas con más tristeza que de sus familiares. Demoraban el embarque para dilatar la fruición. Si han visto algún reportaje de siesta de sobremesa sobre los campos de refugiados de Sudán, me entenderán.
Me parece que no logro transmitirles la avidez reinante en torno a las mesas repletas. Los turistas nada incluido iban a pasarse horas sin ingerir líquidos, ni en las instalaciones aeroportuarias ni en el avión de bajo coste. No pronunciaban palabra, para no anticipar la sed. Tampoco pensaban gastar un euro en las tiendas que se sienten obligadas a avisar mediante carteles de que puede comprarse en ellas, como si ese incentivo fuera necesario en un mercadillo urbano. Dos mesas rudimentarias con líquidos calientes. Turismo de calidad, sin duda. Cualquier euro gastado en Mallorca les parece un euro de más. Las vacaciones como ejercicio de supremo estoicismo, rechazando a cada paso las tentaciones de la industria del ocio. Como todo puede empeorar, de momento sólo bebían de los envases que ellos mismos habían llevado hasta el aeropuerto. Si la crisis perdura, el año que viene no serán tan remilgados.
El adulterio en crisis
24 Diciembre 2009
Las agencias de detectives privados son uno de los sectores en que el impacto de la crisis no ha sido demasiado explorado. Los empresarios del ramo se lamentan de que ha disminuido apreciablemente el número de vigilancias por infidelidad conyugal. Constatado el hecho, sólo caben dos explicaciones. O el adulterio ha perdido vigencia en favor de pasiones más baratas, o el tercer vértice del triángulo se despreocupa de los enredos en que se sumerja su pareja oficial. Cualquiera de estas hipótesis resulta dañina para los practicantes del sexo furtivo, que pierde emoción si la persona burlada no está dispuesta a partirle los palos de golf a su esposo en la cabeza, al más puro estilo Tiger Woods y señora.
La indiferencia del engañado anula el engaño, baste recordar que había parejas adúlteras que se esmeraban en sus contorsiones en una habitación de hotel, para mejorar la calidad de las imágenes detectivescas. El adulterio se ha contagiado de la crisis, aunque rocíes tu abrigo con Chanel y dejes rastros de carmín en las regiones más inviolables de tu cuerpo. El trámite de conformidad por silencio detectivesco minará la subsistencia del mayor estabilizante de la convivencia conyugal. Una pareja está rota cuando uno de sus miembros pronuncia la frase letal “ni siquiera te interesa saber si te engaño”, y el aludido continúa mirando la televisión, ahora digital terrestre.
La austeridad sexual merece una consideración más atenta en los tratados de los expertos en el descalabro económico. Por lo que nos cuentan los grandes investigadores de la falibilidad humana que llamamos detectives, el hundimiento de las bolsas ha castigado con más fuerza a las uniones ilícitas. En tiempos de zozobra, las personas se refugian en los valores estables, con el matrimonio como asidero de emergencia. Las estadísticas aseguran que los divorcios también se han estancado. Aunque se insista en que los cónyuges no se separan porque no se lo pueden pagar, el miedo une más que el amor, por no hablar de que son las dos cruces de la misma moneda.
El horóscopo de Camus
23 Diciembre 2009
Puedes amar a Camus y mantener la concordia con el vecindario. En cambio, no puedes apuntarte a la “consonancia terrestre” de Nietzsche sin incendiar la mayoría de edificios que te rodean. Por lo tanto, reverdezcamos pacíficamente al filósofo menorquín –lo era su madre analfabeta–, cuando se cumple medio siglo de su muerte en un accidente de automóvil, camino de París. Además de sus enseres y del manuscrito de su novela El primer hombre, el secreto mejor guardado de su equipaje era un horóscopo que le vaticinaba el éxito profesional. El pronóstico falleció con su destinatario, estrellado contra un árbol.
O Camus creía en los horóscopos, o los necesitaba para creer que el hombre podía torcer el azar predictivo. Perdió ese desafío a muerte, aunque un fatalista añadiría que había cumplido su misión. Hay un artículo de Camus para cada día del año. O de la vida, según el tiempo que nos adjudique el horóscopo. El mensaje camusiano es simple, lo peor ya ha pasado. Su héroe se manifiesta en el detective Philip Marlowe, imposible de comprar porque no tiene nada que vender. En cambio, el mito nietzscheano necesita un vientre de tableta de chocolate y biceps a juego.
Camus muere cuando regresaba de una reconciliación navideña con su esposa. En París le aguardaban tres mujeres, a quienes había escrito otras tantas cartas promisorias –el correo electrónico hubiera simplificado su ajetreada vida sentimental–. También había decidido dejar de escribir, en contra de la predicción de gloria que le acompañaba. Desobedeció a su horóscopo. Estas rebeldías imprudentes andan muy penadas por el azar. Hay que extraer una enseñanza de cada percance en la vida del filósofo que mejor nos anticipó. Entiendo que los horóscopos son la única medicina cuya falsedad notoria aumenta su efectividad. El árbol contra Camus nos obliga a cumplir a rajatabla las prescripciones astrológicas. O tal vez nos indica que seremos inmortales si nos atrevemos a ignorarlas. Claro que eso no lo logró ni Camus.
El precio justo del regalo
21 Diciembre 2009
Si regala usted una camisa de cien euros –ninguno de mis lectores hace regalos por debajo de esa cifra–, pero el perceptor cree que la prenda cuesta 60 euros, entonces él ha recibido un regalo de 60 euros. En cuanto a usted, ha arrojado cuarenta euros a la basura, algo que hoy no puede permitirse ni un Alberto. Si multiplica ese índice de satisfacción, inferior al que usted merece, por los 25 obsequios al año que efectúa de media un ciudadano occidental, el desfase dispara las señales de alarma. Sin embargo, este artículo no es una apelación a la tacañería que desdeñamos, sino a la exactitud que encarecemos literalmente.
La singularidad del regalo se debe a que el aprecio –que viene de precio– lo hace un tercero, obligado por los convencionalismos a no rechistar. Es decir, se anula la efigie del consumidor en perpetua actitud de protesta. Un sartenazo en plena cabeza al donante de una sartén todavía por desembalar, o un estrangulamiento con la corbata fresca, mejorarían paulatina y darwinianamente el ajuste de la calidad al coste de los obsequios. Por desgracia, el receptor está condenado por reglas atávicas a la maldita sonrisa inescrutable, ya sea que haya recibido un exprimidor de naranjas o un Ferrari.
Al fondo, alguien apela al valor sentimental. Vamos a destrozarle, colocándonos en la posición del obsequiado. ¿Qué es lo primero que usted piensa cuando recibe un presente? Su utilidad, su color, si cabrá en el armario,… Seamos sinceros, usted hace un cálculo apresurado del precio. Aparquemos pues los sentimientos, dado que “artículo de regalo” significa simplemente que es más caro que el mismo objeto destinado al uso cotidiano. Por tanto, hemos llegado a la solución, ofrecer dinero al contado para que el receptor lo malgaste como quiera y se haga responsable de su depreciación. Por desgracia, cien euros al contado parecen sólo sesenta, porque el perceptor se siente humillado al reinterpretar la relación en términos pecuniarios. Un mercantilismo que el divorcio se encargará de certificar, por otra parte.
Un día para ti
18 Diciembre 2009
Ella me devuelve la llamada tres días después, porque “ayer miré los mensajes atrasados”. Le recuerdo que eso nos abre un agujero negro de dos días vacíos, me rebate que “es un tiempo que me he dedicado a mí misma, sin interferencias”. La envidio profundamente, pero no podría imitarla porque dejar de vivir a remolque de los acontecimientos produce vértigo. La plenitud tecnológica nos ha facilitado la complicación de la existencia, hemos aprendido a pasar 24 horas diarias huyendo de nosotros mismos. El mejor regalo que podrían hacerte sería un día para ti, pero necesitarían dos correos y llamadas para anunciártelo, otra media docena para interrumpir la jornada y saber cómo te desenvuelves a solas, y una tercera tanda para felicitarte por haber culminado la arriesgada experiencia.
Ha pasado una eternidad desde que escuché a alguien presumir de que “tengo ganas de hacer lo que estoy haciendo ahora, y lo que haré después”. La sobrecarga voluntaria nos obliga a vivir a contrapié, con los compromisos perfectamente ordenados para conducirnos al desastre. Los adminículos que deberían garantizarnos una confortable soledad –ordenador y móvil– han infectado nuestro egoísmo de sujeciones tribales. Somos solidarios forzosos, comunicando continuamente. El silencio es un abismo insoportable entre dos llamadas, con angustia creciente si la segunda se retrasa. El agónico “¿hacemos algo?” se traduce por “no sabemos qué hacer”.
Nunca estás a solas. Los genios –y no estoy señalando– han desaparecido por falta de concentración. Si te atreves, regálate un día para ti, en que tomes por una vez las riendas de tu peripecia. Sería tan beneficioso como un ayuno pero, nada más escuchar la propuesta, ya estás buscando una excusa porque te falta la respiración. Por ejemplo, qué será de tu compromiso inaplazable con las diez personas que te llaman a diario para preguntarte “¿estás ahí?” (Durante la confección de este artículo, he sido interrumpido cada dos minutos. Sí, ya sé que se nota).
Matas al baño turco
17 Diciembre 2009
La noticia de que el palacete de James Matas contenía un único baño turco –como cualquier vivienda de protección oficial– puede transmitir desánimo a quienes lo imaginaban envuelto en lujo asiático. Sólo la degradación moral que se ha adueñado de la prensa explica que se escamotee el verdadero titular, “Media docena de cuartos de baño del palacete carecen de baño turco, aunque todos tienen escobillas de 350 euros”. Nos hallamos sin duda ante el president más higiénico de la historia, incluso futura, de Balears. Es el Michael Jackson mallorquín, el hombre que nunca se contagiará de la gripe A.
Cuando pensábamos que nada podía empeorar nuestro juicio político sobre Matas, el veredicto doméstico ha sido más demoledor que sus andanzas en el poder o en Moscú. El baño turco no debe considerarse un aditamento superfluo, sino una experiencia esencial para endurecer el ánimo de un líder espartano. Aparte de que un president bien sudado afronta con mayor eficacia su abnegada labor. Por ello, se puede plantear legítimamente si hubiera sido más adecuado instalar las saunas en la zona presidencial del Consolat de la Mar, una vez que el juzgado está investigando si todo salía de los mismos bolsillos. Claro que si a Antich le hubieran dicho que tenía un turco en su despacho, lo hubiera nombrado conseller. De Turismo.
Matas al baño turco –de Louis Vuitton, porque su esposa y alto cargo de Esperanza Aguirre no aceptaría otra marca– explica la liquidez infinita del ex president y el acaloramiento de su discurso durante la pasada legislatura. Los analistas más avezados nos obsesionábamos en desentrañar las raíces de tanta fogosidad, cuando se trataba de una simple descompensación térmica. El palacete de los billetes de 500 euros esconde todavía numerosos secretos, pero enseña sobre todo que ser un nuevo rico de nada sirve, si no puedes exhibirlo. En su fachada de San Felio debería lucir el lema heráldico ciceroniano “Turpitudo peius est quam dolor”, donde turpitudo no es torpeza, como le aclarará su profesor de latín.
Es la población, estúpido
11 Diciembre 2009
El error más frecuente consiste en culpar al ser humano –hombre o varón– de todo lo que sucede en el universo. O como mínimo, en el planeta. El monopolio del Mal introduce cierta excitación en el tedium vitae. Los vaivenes meteorológicos poseen la difusión y arbitrariedad necesarias para satisfacer a los tribunales más exigentes. En la discusión sobre el cambio climático, sorprende el énfasis en las exiguas dimensiones de un mundo que conserva su tamaño desde hace millones de años. Sin embargo, no se sugiere una moderación del crecimiento demográfico, la fuente de cualquier mal de raíz humana con impacto planetario. Es la población, estúpido, que diría Bill Clinton.
Admitamos que tampoco a Noé le hicieron caso, cuando pronosticó una subida del nivel del mar. En las actuales guerras contra el cambio climático y contra el terror, se desconoce el enemigo. Al amparo de esa ambigüedad, se nos obliga a admitir que las causas del problema son correctas y, en un salto cualitativo que no le perdonaríamos a un guionista de Hollywood, que el desastre en curso tiene remedio. Rebajad los niveles de dióxido de carbono y regresaréis al paraíso. Mientras tanto, introducid otros mil millones de personas en el planeta.
La reversibilidad del cambio climático tiene cierto interés, cuando se nos exigirán seis euros por litro de gasolina, sin contar con la caída del PIB porque habrá que cercenar el turismo por avión. En su primera coalición con el ecologismo, los colosos empresariales –las energías alternativas y las convencionales son comercializadas por los mismos grupos– han aceptado las tesis de una situación preapocalíptica cuando han comprobado que les saldría rentable. Para redondear el negocio, anuncian que se puede controlar el termostato global a fin de que la temperatura sólo suba dos grados, cuando son incapaces de predecir el tiempo con una semana de antelación. Por supuesto, no incluyen ninguna cautela demográfica, porque su modelo exige un número creciente de consumidores. ¿O he escrito esclavos?
No podrán salir a la calle
10 Diciembre 2009
El acuerdo en torno a la corrupción que van a sellar PSOE, UM y Bloc permitirá que todos los gobernantes actuales de Balears conserven sus puestos. De momento, no se exigirá la intimidad con tareas corruptas para acceder a un cargo, según contempla el código ético del PP. Por tanto, el Pacto de Progreso redacta un documento procorrupción, con su comisión de seguimiento y su comisión de seguimiento de la comisión de seguimiento. En eso consiste la auténtica Operación Maquillaje. El continuismo obligará a mejorar la seguridad de los políticos afectados, que no podrán salir a la calle sin jugarse el físico. Por falta de tiempo, no todos los encausados han ahorrado tanto como el imputado Matas, que ha podido exiliarse con sus billetes de 500 euros.
Los semiprogresistas que hayan de resignarse a vivir en Mallorca, deberán ejercer con casco. Si se quejan de la dureza de la prensa, esperen a que les llegue el momento de enfrentarse a la ciudadanía. ¿Alguien se imagina a José María Rodríguez, Miquel Nadal o Maria Antònia Munar haciendo campaña electoral con sus currícula? Por una vez, la indignación de la opinión pública supera a la publicada. Los gobernantes no lo perciben porque las labores de recaudación les absorben demasiada energía.
Una de las ocurrencias del código antiético auspiciado por Antich es la necesidad de medidas cautelares judiciales para imponer la dimisión. También aquí se burlan de la feligresía. Munar, Nadal y Grimalt declaran la semana que viene ante un juez de instrucción que, dada su calidad de aforados –el primer escalón de la corrupción–, no puede imponerles fianza, ni retirarles el pasaporte ni encarcelarlos. Dado que la justicia funciona a la velocidad del Pacto de Progreso, y que cualquier medida coactiva contra los citados ha de ser dictada por el Tribunal Superior, nos colocamos en las autonómicas de 2011. En resumen, conviene que impriman el documento procorrupción en un material ignífugo y blindado. Cuando menos, les protegerá de la violencia que están incubando.
Voy al cine sin pagar
Voy al cine. No compro una entrada en taquilla, en el ejercicio del derecho humano a protestar por los elevados precios. Cuando me para el portero porque no llevo entrada, le conmino a que me franquee el paso, porque está infringiendo mi derecho humano a desplazarme libremente por un espacio público, y mi libertad de reunión constitucional. Accedo así a la sala, sin pagar. Al entrar, cuento el número de imbéciles que han abonado siete euros. Seguramente son millonarios que ignoran sus derechos humanos.
Me siento en la butaca, saco mi cámara y grabo la película en vídeo, dado que tengo el derecho humano a la creación artística. Después comercializo la copia en internet, por mi derecho humano a ganarme la vida y a la transmisión del conocimiento. No fue una experiencia aislada. Cada día voy a un cine distinto, gratis total, en aplicación del derecho humano a recibir una formación audiovisual. El único problema es compartir la sesión con los imbéciles que pagan siete euros, me dan un asco. En algunos cines me ponen trabas para entrar, así que exijo una reunión con la ministra de Cultura y con Zapatero, alegando mi derecho humano a acceder a mis representantes electos. Tanto González-Sinde como el presidente se desviven por entrevistarse conmigo, en uno de los huecos que les dejan los familiares de un súbdito español que se fue a hacer submarinismo entre tiburones y fue devorado por un escualo, debido a lo cual hemos de romper relaciones con una docena de países.
Requiero a Zapatero y su ministra una subvención, para compensar mi gasto de desplazamiento a los cines. Asienten. También les denuncio que en alguna sala se han negado a darme palomitas gratis, violando mi derecho humano a la alimentación. Toman nota. Asimismo, les recrimino los modos dictatoriales de los porteros, que intentan frenarme sin disponer de una orden judicial, abortando mi inalienable derecho humano a la integridad física. ¿Verdad que mi comportamiento resulta ejemplar? Pues así funcionan los piratas de internet.
Se llama Navidad
3 Diciembre 2009
Desde que somos tan laicos, nos pasamos el día hablando de religión. La jerarquía eclesiástica promueve el crucifijo en lugares públicos, no sólo como advertencia a Jesucristo por si se le ocurre regresar, sino para disuadir a imitadores con el destino que les aguarda si propagan el mensaje evangélico. En el bando opuesto tenemos a los gobernantes que no han entendido la claridad meridiana del referéndum suizo sobre los minaretes. No retiran los símbolos cristianos para tranquilizar a la corriente laicista, sino para congraciarse con los islamistas, a quienes la religión no hace precisamente mejores. Por desgracia para ellos, sólo podemos juzgar una fe por sus practicantes. Me costaría decidir mi convicción sacra, aunque seguramente tiene forma de mujer.
He contemplado esas mudanzas del mobiliario religioso con indiferencia, hasta que me despertó la iniciativa catalana de suprimir las “vacaciones de Navidad”, para denominarlas “de invierno”. De nuevo el énfasis laicista por suprimir todas las religiones sin burka, el paso siguiente de los beatos progresistas consistirá en prohibir el consumo desaforado en estas fechas, y en reemplazarlo por arrebatos de austera espiritualidad. Quieren privarnos de la tregua desenfrenada en el sometimiento a los pecados capitales, durante la que se liberaba incluso la lujuria, si no recuerdo mal. Entre un obispo y un laico, la elección se está poniendo muy difícil.
Carezco de sentimientos, pero aprecio la Navidad aunque sea sinónimo de El Corte Inglés. Si es una denominación intolerable porque se remonta al franquismo, habrá que cambiar también los nombres de los meses. Menos caridad laica y más comprar, que esa sobrecarga de buenas voluntades progresistas no se refleja en el PIB. En aras de la tecnodivinidad nos quieren prohibir las tres religiones de culto –libros, periódicos, ir al cine–, pero ahora han sobrepasado un límite emocional. El año se divide en fiestas navideñas y en un inmenso vacío. Ya sea en la versión bíblica o de Monty Python, la Navidad no se toca.
El reestreno de Buils
Francesc Buils alcanzó cierta notoriedad cuando UM lo desalojó a patadas de la conselleria de Turismo. Dados los estándares del partido privado, muy grave debió ser su comportamiento para ser recompensado con la expulsión. El conseller pidió perdón y lloró, en un ejercicio público de autocrítica digno de las purgas estalinistas. Los descubrimientos sobre la corrupción de UM han cursado con la secuela, inesperada y no por ello más deseable, de su regreso como portavoz –costó encontrar a alguien que no estuviera imputado–. En ideólogo, ha denunciado “una clara maniobra” antinacionalista del Estado español, que se traduciría en la persecución judicial contra sus inmaculados correligionarios. Ante todo, que nadie le pregunte qué es un Estado.
Hasta la fecha, los innumerables imputados no han sido acusados de nacionalistas, sólo de ladrones. Entre otras cosas, porque nadie confundiría a UM con un partido nacionalista. Buils únicamente puede hablar del Estado weberiano al dictado de Maria Antònia Munar, la cual debió sugerirle que suprimiera una frase que el ex conseller tenía preparada, sobre los objetos volantes no identificados que vio sobrevolando el palacio de la Audiencia. Aseguró que sus sospechas sobre el crimen de Estado contra UM se cimentaban en unas declaraciones de Aleix Vidal Quadras, aunque todos recordamos pronunciamientos de Belén Esteban en el mismo sentido. Para reafirmar la indisoluble unidad del partido, Buils estaba auxiliado por Matías Barón, responsable de Acción Jurídica y de abrirle a Munar la puerta del coche oficial en los juzgados.
Las cuatro radios y televisiones públicas de Balears fueron concebidas y desarrolladas para saciar a dos caciques locales. La sorpresa radica en que dirigentes de UM reclamaran su tajada, en lo que el ex conseller rehabilitado considera “pequeños problemas administrativos”. A raíz de los escándalos de corrupción que se enseñorean de sus respectivos partidos, retornan al palenque José María Rodríguez y Buils, en una indudable maniobra del Estado contra Mallorca.
